Fundado en 1910

17 de abril de 2024

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Legislar la memoria es dictar el olvido

¿Legislar? ¿La memoria? Se hace preciso estar muy loco o ser infinitamente cínico para siquiera plantearlo

Actualizada 01:30

Un narrador, el origen de cuyo viaje queda desleído en años nebulosos del imperio romano, arriba al arrumbado escombro de una ciudad que nadie habita en el desierto. Allí, un senil troglodita comparece: es el último de los suyos. No sabe hablar, no escucha: las palabras del viajero las acoge como el granizo nocturno o el susurrar de la arena en el viento. El narrador sabe que el tímido troglodita nada entiende. Tampoco estorba. Mantiene la mirada gacha del perro que ha recuperado a su amo. Y, como tal, éste lo adopta y le da nombre literario: «Argos», aquel anciano perro que en Ítaca había de reconocer a Ulises antes de que su viejo corazón estallase de contento. Y, como aquel viejo perro de leyenda, el troglodita aúlla su felicidad al oír la voz que pone para él lugar y orden en un mundo vacío. Y, en una de esas noches heladas del desierto, arrancado al sueño por el inaudito milagro de una lluvia torrencial sobre la arena, el viajero sorprende a un Argos perdido en la visión cegadora de la luna llena. Lo llama a gritos, tal vez para guarecerse del inmisericorde aguacero: «¡Argos, Argos!».
Y se produce el milagro. Borges –a quien ya el lector habrá reconocido como transcriptor de la fábula– cierra la escena: «Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: ‘Argos, perro de Ulises’. Y después, también sin mirarme: ‘Este perro tirado en el estiércol’.» El viajero reconoce, en el dificultoso griego que el troglodita ha usado, lo leído hace mucho. Pregunta, con asombro, al semihombre si es que ha leído alguna vez la Odisea. No parece entender, primero, la pregunta. Responde luego, trabajosamente, en el mismo griego oxidado: «Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé». Mil cien años después, Homero no recuerda a Homero. Aunque lo afecta aún el ritmo acentual de un hexámetro dactílico. No su significado.
Nada en el tiempo preserva la memoria que no sea el escombro de un olvido. Y, de ese olvido, extraer esquirlas de verdad ocupa la paciente –y tan técnica– tarea del arqueólogo. Jamás –jamás– la tosca urgencia del político entenderá eso. Si, al menos, entendiera –o, al menos, sospechara– que al poner sus torpes manos sobre ese fragilísimo monumento, va a trocarlo, sin remedio, en polvo…
En uno de esos glaciales fogonazos de inteligencia geométrica que engarzan el laberinto de su obra, compadece Baruch de Spinoza a las mentes ineptas, que «tienen por costumbre explicar las cosas naturales, recurriendo a la memoria para recordar algo semejante a lo que está acostumbrado a imaginar sin asombro; porque el vulgo cree comprender suficientemente una cosa cuando no se asombra de ella». En la memoria se urde la niebla sentimental que acuna en ecos del pasado la aceptación del presente. ¿Miente la memoria? No: la memoria dice los verdaderos sentimientos de quien, sin ni siquiera sospecharlo, está inventando un pasado a la medida exacta de sus deseos actuales. Es la verdad, pues, del que habla. Y la mentira de lo que, para sentirse verdadero, necesita estar diciendo. Acto escénico, en el cual el autor acaba por fundirse con lo que al papel de su personaje cuadra. Puede llamársele también locura. Cuando no es cinismo. La conclusión spinoziana abre el horizonte moderno de la cautela ante lo evocado: porque, si la memoria es una «concatenación de afecciones del cuerpo humano», cada cual habrá necesariamente de asociar sus resonancias valorativas «según se haya acostumbrado a unir y concatenar las imágenes de las cosas de una u otra manera».
La memoria es asociación de afectos. No de conocimientos ni razones. Ni a la razón le ponen cura los afectos, ni consuela afecto alguno a la razón. Cada función tiene su campo operativo. Y trastrocar esos campos sólo puede llevar al naufragio de la inteligencia. Que es, en definitiva, la mejor garantía del naufragio humano.
¿Legislar? ¿La memoria? Se hace preciso estar muy loco o ser infinitamente cínico para siquiera plantearlo. Sepa, al menos, quien lo intente, que después de esa pantalla hay sólo abismo.
Sí, legislar la memoria es dictar el olvido. A la medida.
Comentarios

Más de Gabriel Albiac

  • Aparta de mí…

  • Ellos gobiernan. Yo les escupo a la cara

  • La podredumbre

  • La guerra que viene

  • España, protectorado catalán

  • Últimas opiniones

    tracking