Valiente y lo de ahora
Es notable todo lo que podía conseguir aquella gente a base de cuatro cosas: trabajo, trabajo, trabajo y ahorro
Cae tanta agua sobre la Meseta que incluso el Manzanares, un caudal de clase media-baja, toma hechuras de gran río. Diluvia sobre Madrid como si fuese Galicia, el córner atlántico donde las borrascas dejan su tarjeta de visita. Y tanto llover me trae cierta morriña de mi tierra y de sus personajes del mundo de ayer. Así que pido venia para un poco de costumbrismo.
Nuestro primo Valiente, que había nacido en Puerto del Son, allá en las tierras bravas del Barbanza, no resultaba exactamente una eminencia, pero nadie lo apeaba de sus férreas convicciones. Era cativo de talla, fibroso, enjuto de rostro, nervioso y de expresivos ojos claros. Sin el menor atisbo de duda, contaba que una ocasión, allá en el Son de su infancia, su familia le había rebanado el gaznate a la gallina equivocada, pues era otra la que debía acabar en la olla. Pero por fortuna alguien reaccionó y reparó el error: tomó el cuello seccionado, «lo pegó con esparadrapo» al cuerpo del ave decapitada «y en seguida la pita se espabiló y empezó a caminar tan pancha». Era Valiente, sin saberlo, un fan del realismo mágico.
«Valiente», que descansa desde hace años en la paz de Dios, era el mote del llamado por bautismo José Blanco Oujo. El apodo se lo habían puesto sus compañeros siendo un joven marinero, porque destacaba por su arrojo temerario en los cascajos de madera que zarandeaban los temporales del Gran Sol. Valiente salía a cubierta cuando nadie se atrevía, era el primero en arrojarse sobre el copo… No conocía el miedo, ni tampoco el concepto de peligro.
Mi padre se convirtió en los mares grises de Irlanda en el mejor patrón de pesca gallego de su generación y eso le permitió convertirse en armador. Tras la estela de su éxito fueron trasladándose a La Coruña una retahíla de parientes, gentes del mar del Sur de Galicia. El trabajo era tremendo. Pero a cambio todos consiguieron prosperar, armar unas vidas buenas. El ascensor social funcionó como nunca en la España de los sesenta y setenta y aquellos marineros se convirtieron en propietarios de sus pisos y muchos de sus hijos acabaron estudiando en la universidad, algo inédito en sus familias.
Andando el tiempo, cuando mi padre compró sus barcos, le ofreció a Valiente algo mejor que los golpes de mar: un tranquilo trabajo en tierra como «chabolero», denominación de los mozos del puerto que cuidaban los aparejos y hacían recados para los pesqueros.
De niños, mi madre nos llevaba de noche al muelle para recibir a mi padre cuando llegaba de marea. Tras 18 días en el Gran Sol nos resultaba muy emocionante volver a verlo y abrazarlo cuando saltaba a tierra por la borda, con una sonrisa ancha, recién duchado y afeitado y oliendo a lavanda. Valiente pensaba que desempeñaba un papel clave a la hora de indicarle al barco el lugar dónde debía atracar. Para ello sacaba un trapo y comenzaba a sacudirlo con una sensacional energía. Un esfuerzo tan pugnaz como baladí, pues la tela que empleaba era negra y en la noche cerrada no se veía un pijo. Por supuesto resultaba imposible convencerlo de que su esfuerzo era absurdo.
Valiente estaba casado con Lela, a la que todo el mundo llamaba así menos él, que siempre se dirigía a ella con el ceremonioso «Manuela». Tenían un hijo y Lela traía también un sueldo a casa, como limpiadora. Guardaba ella un curioso parecido con la Reina de Inglaterra en su edad mediana, por lo que algunos la apodábamos secretamente como «Lela de Windsor». Mostraba una paciencia épica con las obsesiones de Valiente, que entre otras fijaciones era un maníaco del vinagre. «Manuela, ¡esto no tiene vinagre!», se quejaba en gallego con tono irritado y gesto severo, cuando lo cierto es que el plato atufaba al condimento a kilómetros. Solo cuando había casi más vinagre que comida se daba por satisfecho.
Valiente solía circular por el puerto de La Coruña empujando un carro donde llevaba las redes. Unos amigos de mi padre le gastaron una coña cabroncilla, aunque hilarante en su hora. Le tiraron unas fotos desde lejos y las metieron en una supuesta carta de Tráfico, con membrete y todo, donde le comunicaban una sanción por «exceso de velocidad» y por «circular sin carnet de carro», tal y como atestiguaban las imágenes.
El siguiente paso fue conseguirle el susodicho «Carnet de Carro», palabras que aparecían enmarcadas dentro del mapa nacional y con la palabra España en mayúsculas debajo. Cuando iba por el puerto, sus superiores le preguntaban: «Valiente, ¿llevas el carnet?». Y él lo mostraba con orgullo. Mi padre, con buen criterio, consideró que aquella coña había llegado demasiado lejos, así que un día le dijo: «Valiente, haz favor y dame el carnet, que hay que renovarlo». Nunca se lo devolvió y puso así fin al escarnio.
Digamos que Valiente no descollaba exactamente por su intelecto y Lela, tampoco. Sin embargo, acabaron siendo propietarios de dos pisos en La Coruña y de media casa en su pueblo, y su hijo estudió Magisterio. ¿Cómo lo hicieron? Lo lograron con la cuádruple fórmula que emplearon tantos españoles de entonces: trabajo, trabajo, trabajo y ahorro.
Llámenme lo que quieran –insensible, carca, carente de empatía–, pero se me fuga una sonrisa irónica cada vez que escucho a chavales de ahora argumentando que no pueden tener hijos «porque la economía no nos los permite».
La España que disfrutamos se levanta sobre los hombros de aquellas generaciones estoicas, millones de Valientes y Lelas que simplemente hicieron lo que había que hacer: sacar adelante a sus familias, batiéndose contra la adversidad sin los pucheritos de la estéril subcultura de la queja.