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VertebralMariona Gumpert

La mochila antirrobo

Hay quien repite con suficiencia aquello de que siempre ha habido delincuencia, como si eso justificara la degradación. Como si la violencia importada, organizada, omnipresente, fuera lo mismo que las viejas reyertas de barrio.

La vida de los objetos tiene también su muerte.

La mía llegó en forma de costura rota, un día cualquiera, en la cremallera de la mochila-bolso que me había acompañado durante años. Descubrí, a través de mis hijos, que no era un objeto cualquiera: era la mochila eterna de mamá, la que sobrevivía a parques, viajes, hospitales, meriendas, olvidos. La que estaba siempre allí, como una sombra silenciosa de lo cotidiano.

Cuando los niños la vieron rendida se miraron un momento, como adivinando algo que aún no sabían nombrar.

—Oh, no, la mochila de mamá, dijo el mayor.

Se lamentaron juntos, con esa tristeza nueva que no es rabia ni miedo, sino pura melancolía.

J.M. Barrie comienza Peter Pan y Wendy diciendo que los dos años son el principio del fin para un niño. Discrepo, el primer fin verdadero es ver caer algo que creía eterno: un delantal, una mochila, una promesa muda de estabilidad.

Para sellar aquel pequeño duelo con una cicatriz amable, los llevé a buscar una nueva. Entre estanterías brillantes, nos topamos con una moda que me desconcertó: mochilas antirrobo. Normales a simple vista. El truco radica en que el bolsillo principal se esconde contra la espalda. Con este diseño no hay subterfugio que valga. Una solución ingeniosa, sí. Pero también un síntoma.

¿Qué clase de mundo necesita mochilas antirrobo? ¿Qué hemos asumido con naturalidad para que este objeto sea no sólo útil, sino que esté de moda?

Al principio pensé que estos objetos se adaptaban bien a dos realidades distintas: por un lado, a los jóvenes que sobreviven en ciudades endurecidas, atrapados entre pisos compartidos y hurtos callejeros; por otro, a quienes viajan compulsivamente a París, a Londres, a cualquier sitio, buscando en los aeropuertos la felicidad que no encuentran en casa.

Dos mundos. Dos juventudes.

Una falsa disyuntiva que duró lo que me costó ajustar las correas de mi nuevo bolso-mochila de madre. No son dos tipos de jóvenes, es sólo uno atrapado en dos escenas del mismo cansancio.

El que aprieta la mochila en el metro para proteger lo poco que tiene es el mismo que sonríe en la foto sujetando la Torre de Pisa para Instagram. No hay escapatoria verdadera. Hay respiraderos. Paréntesis. Grietas de alegría prestada en una estructura que se cae.

Los críticos de salón los llaman hedonistas. Yo no soy tan severa, comprendo la fuga. Cuando el presente se aplasta, uno necesita inventarse horizontes. A lo sumo, les censuro el criterio. ¿Saben que pertenecen a la nación que alberga la Alhambra o Toledo? Selfies repetidos, paisajes devorados sin asombro. Un gusto tan plano como la vida que intentan olvidar.

Mientras tanto, la inseguridad crece como una humedad que ya nadie nombra. La última vez que pisé Robolona —antes conocida como Barcelona—, mis anfitriones me inundaron con instrucciones para sobrevivir: no uses el móvil en la calle, no pierdas de vista tu bolso, no camines distraída. No parecía España si no un país ajeno, una ciudad rendida.

Hay quien repite con suficiencia aquello de que siempre ha habido delincuencia, como si eso justificara la degradación. Como si la violencia importada, organizada, omnipresente, fuera lo mismo que las viejas reyertas de barrio.

El último globo sonda gubernamental tantea la posibilidad de bajar la edad de votación a los 16 años. Como si muchos de esos jóvenes, rebotados y timados, no supieran ya que las promesas del sistema valen menos que una cremallera rota. Protegerse de los pequeños rateros es sencillo: una mochila especial, un bolsillo interior, una atención distraída convertida en hábito.

Lo difícil es protegerse de los ladrones de despacho.

Ábalos, con su prostíbulo portátil infiltrado en la administración.

Óscar Puente, quitándole hierro. Total, por 900 euros, qué más da.

El expolio convertido en chiste. La corrupción como paisaje. La indignidad como costumbre.

Blindamos mochilas mientras nos roban el país.

Sellamos bolsillos mientras nos vacían la dignidad.

Contra el carterista inventamos trucos.

Contra el saqueo institucional aún no hemos aprendido a defendernos.