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Hace unos días Byung-Chul Han recibía en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. Filósofo, profesor, alemán de origen surcoreano y católico, se doctoró en Filosofía en la Universidad de Friburgo con una tesis sobre Martin Heidegger. Combina la espiritualidad cristiana con la oriental. No puede extrañar el extraordinario éxito de sus libros. Son breves, claros, muy bien escritos y abordan problemas fundamentales. Podría sorprender acaso por contener una impugnación de nuestro tiempo, pero en una dirección opuesta al movimiento cultural dominante. No en vano comenzó su discurso invocando la condición socrática del filósofo como tábano que despierta las conciencias.

Han combate los que considera los tres mayores monstruos de la civilización actual: el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. La ilimitada libertad que promete el neoliberalismo (creo que se refiere al consumismo absoluto y al entendimiento de la sociedad como un mercado) no es más que una ilusión. La obscenidad de la mera producción nos esclaviza. No hay prohibiciones, ni mandatos, ni una sociedad disciplinaria. La permisividad es casi absoluta. La explotación no viene de fuera sino de dentro. Es una explotación perpetrada por uno mismo, y su opresión es mayor que la que procedería del imperativo del deber impuesto por otros. Somos el esclavo que arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo, creyendo que así se libera.

La digitalización podría producir grandes bienes si se considerara un medio, pero no cuando se convierte en fin y nos esclaviza. Nos hemos convertido en esclavos de los smartphones. No son nuestro producto, sino nosotros productos de ellos. Las redes sociales en lugar de ser instrumentos de cooperación y entendimiento, se convierten en medios de la mentira, el insulto y la violencia.

Algo parecido puede decirse de la inteligencia artificial, que de suyo podría ser un gran bien, pero termina por convertirnos en esclavos de nuestra propia creación. Una técnica sin ética solo puede conducir al desastre. Existe una creciente pérdida del respeto y una erosión de lo social y de lo político y la democracia.

En definitiva, se trata de una denuncia contra la sociedad actual. «Nos degradamos hasta transformarnos en paquetes de datos, en ganado de datos que se deja vigilar y dirigir. Nos volvemos dependientes de las sustancias digitales. Así, somos adictos a estímulos que arrasan nuestra atención, La consecuencia es la sociedad de la adicción. Aunque estamos convencidos de que somos libres, en el fondo nos movemos, tambaleantes, de una adicción a otra».

Es también una sociedad paliativa. El consumo y el placer anestesian a los seres humanos. Han reproduce este texto de Nietzsche:

«Un poco de veneno de aquí y de allá para procurarse sueños agradables. Y muchos venenos para morir agradablemente […] Hay un pequeño placer para el día y un pequeño placer para la noche; pero se respeta la salud. «Nosotros hemos inventado la felicidad», exclaman los últimos hombres y guiñan el ojo».

Una sociedad sin alma, desalmada, sin espíritu. El aspecto más profundo y radical de la crítica de Han se encuentra en su crítica del rechazo de Dios y la pérdida de la espiritualidad. En este sentido, puede leerse su último y excelente libro Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. La religión ha sido sustituida por la idolatría. Este estado de cosas no es tanto la consecuencia del ateísmo como su causa. Si vivimos ajetreados en busca de dinero, éxito, placer y consumo, no tenemos tiempo para Dios. Si vivimos sometidos a la prisa y al ruido, no podemos escuchar a Dios, que solo habla en el silencio. El problema del ateísmo es un problema de atención. Y las vidas se vacían. Como escribió la extraordinaria pensadora francesa, «el objetivo de la vida humana es crear una arquitectura en el alma».