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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Perdonen la grandeza

Es la grandeza de la lengua: la que une a Marco Aurelio con Lucrecio, con Esquilo a Hesíodo. A Luis Cernuda con Octavio Paz. Y, si alguien se empecina en lamentar eso, será que es un perfecto imbécil

La metáfora la aquilata, para admonición de cierta bella dama, un canónigo cordobés en 1582: «goza cuello, cabello, labio y frente, / antes de que lo que fue en tu edad dorada / oro, lilio, clavel, cristal luciente, / no sólo en plata o viola troncada / se vuelva, mas tú y ello juntamente, / en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». La revuelve contra el retrato –ese «engaño colorido»– de sí misma una monja de la Nueva España, entre 1681 y 1686: «éste, en quien la lisonja ha pretendido / excusar de los años los horrores, / y venciendo del tiempo los rigores, / triunfar de la vejez y del olvido… / es una necia diligencia errada, / es un afán caduco y, bien mirado, / es cadáver, es polvo, es sombra, es nada». En la estática gravedad de la lengua, un siglo apenas cuenta.

Así era de rigor. San Miguel de Neplanta en Tepelixpa y Córdoba en Andalucía eran lo mismo: lengua española, idénticamente hablada y con igual precisión escrita y silábicamente bien medida a nueve mil kilómetros de distancia. De lengua –¿es preciso decirlo?– está hecha sólo el alma humana. Un sujeto que hablaba en el mismo resonar de endecasílabos, el mismo era en cualquier geografía del imperio desde la cual se expresase. Y en cualquier oficio.

Dice, por estos tan vulgares días nuestros, el doliente ministro José Manuel Albares que «hubo dolor e injusticia [de los españoles] hacia los pueblos originarios» de lo que hoy es México. Concluye que «justo es reconocerlo y lamentarlo». Tiene razón. Y también hubo dolor en la romanización del mundo conocido. Pero a nadie, salvo a los regocijantes personajes de Monty Python, se le va a ocurrir pedirle cuentas ni lamentos a Roma por acueductos, calzadas, arquitectura inamovible, lengua universal, aún más universal derecho romano… Sin todo aquel dolor y toda aquella injusticia, seguiríamos siendo bárbaros. Y nada mata más ni peor que la barbarie. En los confines del limes, como en las tierras aztecas. La Atenas luminosa de Sófocles, de Eurípides y de Platón es la misma del rudo fratricidio en la guerra del Peloponeso. La perfección conceptual de Aristóteles o de Epicuro coincide con la expansión militar –no precisamente humanitaria– del Gran Alejandro.

Es «justo reconocer» –lo de «lamentar» ya me parece piadosa pérdida de tiempo– que la especie humana la compone un subgrupo de mamíferos predadores. Eficientísimos en lo suyo. Que es cazar. Y que, por algo que raya casi en el milagro, además de esa desagradable tarea básica, posee la maravillosa potestad de alzar, sobre su fúnebre ejercicio, los versos de Medea o de las Troyanas. O el relato grandioso de Heródoto. O la lírica belleza de la Florida del Inca.

Baruch de Spinoza, que de dolorosas confrontaciones íntimas algo se vio obligado a saber, lo cifraba en uno de esos irrevocables axiomas suyos tan glaciales: «En la naturaleza no se da ninguna cosa singular sin que se dé otra más potente y más fuerte. Dada una cosa cualquiera, se da otra más potente por la cual aquélla pueda ser destruida». El lector de Spinoza sabe, por supuesto, que «cosa» incluye «hombre». Y que vivir es combatir. Y que todo combatir es mortífero. Es lo único de verdad cierto en la especie humana. No hay encuentro que no sea choque y en el cual no yaga un conflicto: el de los amantes, exactamente igual que el de los enemigos. La historia de los hombres es la historia de las metamorfosis de sus guerras.

Al final, el «yo mismo de mi mal ministro siendo», que, hacia 1570, invoca un militar español nacido en Nápoles, acaba por transustanciarse en el «triunfante quiero ver al que me mata», del que, un siglo después, se duela una monja en su convento de la Nueva España. Es la grandeza de la lengua: la que une a Marco Aurelio con Lucrecio, con Esquilo a Hesíodo. A Luis Cernuda con Octavio Paz. Y, si alguien se empecina en lamentar eso, será que es un perfecto imbécil (Diccionario de la RAE, cuarto uso: «flaco, débil»).