Fundado en 1910

A un coherente dirigente comunista, nada le gusta más que una gran construcción. Stalin – tan admirado por el Moños-, ordenó levantar un gran edificio en Moscú, a orillas del Volga, para albergar a los mandos medios del PCUS. Le presentaron tres proyectos, de dos arquitectos rusos y uno georgiano. No se decidía, e interpretaron sus allegados que le gustaban los tres. Asumieron un riesgo. Se inició la construcción del gran monstruo con los tres proyectos simultáneos. Fueron trasladados a Moscú mil prisioneros para construirlo. Cuando finalizaron las obras, de los mil se mantenían con vida menos de trescientos. El frío, el hambre y las palizas fueron las causas de su muerte. El inmenso edificio, con los tres proyectos ensamblados, era horroroso.

Y así lo estimó Stalin, que ordenó la ejecución de los encargados de vigilar el proyecto y de los arquitectos previamente elegidos por él.

El gran monumento que desean transformar los socialistas y comunistas del Gobierno no es otro que, derruida la Santa Cruz más alta del mundo, destinar la basílica, la hospedería y el monasterio de los Padres Benedictinos a otros usos y ocurrencias. Franco eligió las grandes esculturas al pie de la cruz a un escultor de izquierdas, Juan de Ávalos. Y jamás expresó su deseo de ser inhumado bajo el suelo de la basílica. El primer paso lo constituyó la exhumación de sus restos mortales y trasladarlos al cementerio de El Pardo. Una heroica victoria socialista y comunista contra los huesos de un hombre fallecido cuarenta años atrás. Cuando derribaron una escultura ecuestre del General Franco en la Plaza del Caudillo de Valencia, Felipe González lo afeó con contundencia.

«No tiene mérito alguno derribar una escultura de bronce de Franco. Forma parte de nuestra Historia. Ninguno tuvimos cojones para descabalgarlo en vida».

El traslado de los restos del que fuera Jefe del Estado durante casi cuarenta años fue la excusa. El objetivo es la Cruz, que preside los cielos de Cuelgamuros y se adivina en los días claros desde el chalé de las Iglesias en Galapagar, para disgusto de la niñera. La niñera se muestra disconforme con la visión de lo que Tierno Galván, ateo y socialista, pero culto, definió como «el Símbolo de la Paz». Jamás retiró de la mesa de su despacho de Alcalde de Madrid el crucifijo posado sobre ella. Pero claro, entre Tierno Galván y Carmen Calvo, la Montero y la niñera, medía más largo trecho que el que separa en la Música a Mozart de Pablo Hasél. Y el objetivo es la Cruz y la expulsión de los monjes Benedictinos. El proyecto viene detrás.

Un gran centro dedicado al autogozo femenino. Es decir, a dar cursos de pajitas a las jóvenes mujeres, que por fas o por nefas, no son expertas en los mandatos de la naturaleza. Porque detrás del feminismo comunista lo que vibra y palpita es una obsesión sexual desmelenada. Cursos para alumnas de diferente condición. Lesbianas, transexuales, bisexuales, tontas del culo y alguna hetero si quedan plazas libres. El poliamor, o mejor, el poliplacer del autogozo. Como si esto fuera moderno.

El gran experto en el llamado poliamor fue el Rey Don Felipe IV, que tuvo más de cuarenta hijos naturales con el mismo número de cortesanas, aldeanas y mozas de buen ver. Torrente Ballester escribió que tenía cara de «pasmado». De pasmado nada. Tenía una expresión de abrumador cansancio, que tan magistralmente inmortalizó Velázquez en sus retratos del Rey, entre los verdes enfrentados del Monte de El Pardo con el fondo de los blancos y azules del Guadarrama. Que caray con Felipe IV. Más de cuarenta hijos y el Rey del Siglo de Oro. Lope de Vega, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Miguel de Cervantes, el Conde de Villamediana y el niño Pedrito Calderón de la Barca. Y Velázquez, claro. Y Osuna en el exilio por la envidia del Conde-Duque de Olivares, que fue un cabrón con pintas. Y en la Corte y Toledo, El Greco. Ese Rey sí que practicó el poliamor del que parece estar tan necesitada nuestra ministra del Sexo.

Solo pueden salvar a la gran Cruz del Valle de los Caídos, a su basílica y su hospedería y alojamiento de los Benedictinos, los largos trámites para conseguir el cambio de usos y la expulsión de Dios de Cuelgamuros. Si les costó más de un año desenterrar los restos mortales de un fallecido en 1975, lo que queda es más complicado, y pueden toparse con la Iglesia, si esta no se presta a humillaciones sacrílegas.

Pero el Proyecto ese ése y no otro. Espacio para el autogozo. La obsesión sexual, la inmundicia, la extrema vulgaridad. Y sólo para mujeres, como Irene manda.

  • Publicado en la web Alfonso Ussía el 13 de marzo de 2021