Balcón del PSOE
Clímax socialista en Sa Pobla
Las redes sociales no tardaron en hacerse eco del clímax socialista -con fotos incluidas- lo que dio paso a un alud de comentarios, la mayoría tan groseros y desafortunados que no puedo compartir
Mi pueblo vivió unas fiestas de Sant Antoni a la altura de lo que cabía esperar en estos tiempos. Más de trece mil personas se concentraron en la Plaza Mayor y aledaños. No se llegó a las quince mil que marcan el tope permitido por los vigilantes de nuestra seguridad. Hubo sorpresas, al menos para mí, que a estas alturas de la vida sigo anclado -me lo dice mi psiquiatra- en mi ingenuidad crónica.
Me chocó un poco, la verdad, que la señora Armengol decidiese honrar a los poblers con su augusta presencia. Tengo por seguro que de no ostentar el rango de tercera autoridad del Estado Español la inquera no hubiese venido. Lo hizo -no me cabe ninguna duda de ello- para tratar de eclipsar, personal e institucionalmente, a la presidenta Prohens, lo que no quiere decir que -protocolos aparte- lo consiguiese.
Sin embargo, se produjo un hecho que ha caído muy mal en amplios sectores de la población. Vino en ocurrir que los escasos fieles de Francina (el PSIB es minoritario en la villa y gobierna únicamente por el empeño del alcalde Ferragut -mejor dicho, por el de algún rudo capitoste que le maneja tras cortinas- de no permitir que el PP, hoy como ayer, acaricie siquiera una brizna de poder), que sufrieron una especie de transfiguración ante la cercanía física de su amada lideresa.
Pletóricos de entusiasmo, como el apóstol Pedro en la cima del Tabor, abrieron de par en par los ventanales de su local, sito en la plaza, e iniciaron un despliegue de banderas rojas que convirtió el lugar en un remedo de una tribuna deportiva durante una final de Champions. Lo hicieron, además, en uno de los momentos más emotivos de la fiesta: cuando el desfile de las autoridades, con el clamater como figura central, se dirige solemnemente a la iglesia parroquial para asistir a las Completes al compás de una música que todos los poblers llevamos en el corazón. Para más inri, todo el mundo pudo ver que los que agitaban frenéticamente las banderas, gritando, además, como locos, eran nada menos que tiernos infantes -adolescentes, a lo sumo- quienes, en modo alguno, pudieron hacer lo que hacían por propia iniciativa.
Abrieron de par en par los ventanales de su local e iniciaron un despliegue de banderas rojas que convirtió el lugar en un remedo de una tribuna deportiva durante una final de 'Champions'
Las redes sociales, por supuesto, no tardaron en hacerse eco del clímax socialista -con fotos incluidas- lo que dio paso a un alud de comentarios, la mayoría tan groseros y desafortunados que no puedo compartir. Pero estaba claro: para los santantonians de honda raigambre -yo no llego a tanto, lo confieso- aquello fue una especie de profanación. Mezclar la política partidista con el sentimiento de la fiesta -un «algo» épico-local, que ninguna mixtificación globalizadora consigue, de momento y por fortuna, borrar- utilizando, además, a menores de edad para promover la algarabía, dice muy poco de la prudencia y sensibilidad que debería ser norma de conducta de nuestros socialistas obreros y españoles. Ya lo creo que sí.
Y creo, además, que semejante disparate solo puede entenderse en el escenario de crispación política que invade ahora mismo todas las manifestaciones de nuestra vida cotidiana. Y que, por supuesto, la airada y numerosa reacción en redes sociales, es palmaria del hartazgo que la gente, antaño serena y comedida, siente por la política y los políticos.