Fundado en 1910
LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Tonterías de columnistas

Carecer de sentido del ridículo te permite ironizar sobre ti mismo, algo bastante elegante. ¿Han visto a algún español ironizar sobre sí mismo? Si la respuesta es afirmativa, o ese español es británico, o ahí tienen la excepción que confirma la regla

Afronto por enésima vez una columna de lunes postelectoral. Uno escribe el día antes de que ustedes lean su artículo, como todo el mundo sabe. Pero saber no es lo mismo que sentir. Por regla general, ese desfase ocasiona una reacción en el lector, casi un reflejo condicionado: saltarse olímpicamente la pieza que omite el asunto del que todos hablan. Hay varias formas de enfrentar tal problema. Una es el truco del almendruco: el título y la primera frase, quizás incluso el primer párrafo, parece que vayan a revelar algo nuevo sobre las elecciones recientes. Pero si el columnista no esta un poco loco (ojo, la locura es recomendable en un escritor, dentro de un orden), evitará lo que obsesivamente ocupa la cabeza de los lectores: resultados. Porque los resultados no los vas a dar a boleo, pese a tu ligera locura. Con lo que el lector te suelta al empezar el segundo párrafo, a más tardar.

Si estás más loco de lo aconsejable en la profesión, por un lado te felicito —pues nos darás grandes regalos—, y por otro lo lamento. En días como éste (hablo de ayer domingo, cuando escribo y faltan horas para el cierre de los colegios electorales), te pones temerario y se te antoja que la realidad va a adaptarse a tus expectativas, o a tus temores, o a tu opinión, o a lo que sea. De algún modo crees en la magia. Ojo, puedes tener suerte y acertar. Entonces te rodeará el aura del oráculo y despertarás durante unas horas el respeto de todos: «Él posee claves arcanas…» Dependiendo de la viralidad de tu pieza, el prestigio te puede durar entre cinco horas y dos días.

Pequeño premio para semejante apuesta, pues si te equivocas, que es lo más probable salvo que seas Alfonso Guerra y estés en 1982, te espera el ridículo, una cosa que los españoles llevamos muy mal a juicio de los anglosajones cultos. No suelen decirlo como crítica, sino como rasgo sorprendente. Pese al manido consejo de Tarradellas al respecto (si bien él lo circunscribía a la política), carecer de sentido del ridículo te permite ironizar sobre ti mismo, algo bastante elegante. ¿Han visto a algún español ironizar sobre sí mismo? Si la respuesta es afirmativa, o ese español es británico, o ahí tienen la excepción que confirma la regla.

Aún hay otro problema: cualquier asunto serio sobre el que dieras en tratar iba a quedar malgastado, escrito para nada. Mira, el adicto al diario lo es también a la actualidad pura y dura. Por eso, al plantearme el asunto a tratar en esta columna, condenada a pasar sin pena ni gloria, al haber domeñado yo casi toda la locura que se necesita para llamarle artículo periodístico a una porra, he resuelto no escribir sobre nada. Bueno, casi nada: el insignificante problema, desconocido para el común de los mortales, de un columnista en esta tesitura, y la razón por la que no dedico estos párrafos a Foucault.

comentarios

Más de Juan Carlos Girauta

  • Los papeles de Epstein

  • Destápense

  • Paranoias europeas

  • La izquierda debería debatir consigo misma

  • La Desconquista

  • tracking

    Compartir

    Herramientas