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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

La izquierda debería debatir consigo misma

Los afectados por las regularizaciones masivas son más sensibles a los perjuicios que dichas políticas les ocasionan que a las etiquetas

El Gran Reemplazo nace más como descripción que como teoría. La expresión procede del título de una obra de Renaud Camus. En el conocimiento convencional, que anda casi siempre errado, lo observado y bautizado por el citado autor es una teoría conspirativa de extrema derecha. En realidad, Renaud Camus es de izquierdas, anticapitalista y antiliberal: «He sido siempre un hombre de izquierdas». «El identitarismo no es de derechas. Es anticapitalista, antiproductivista y antimercantil». Solo en la era woke cabe una confusión tan grande como para ubicar al autor de «El gran reemplazo» en sus antípodas ideológicas.

R. Camus es consciente de los costes que conllevan medidas como la actual regularización masiva de inmigrantes ilegales en España. Costes para los más desfavorecidos. Y ventajas para muchos empresarios (ahí está la patronal, encantada) al disponer de mano de obra semiesclava, rompiendo con un orden donde los oficios permitían vivir con dignidad. La articulación de intereses, esencia de los partidos políticos, debe juzgarse por la amplitud de aquellos. La izquierda antiwoke, pequeña pero presente, es tan consciente de la disolución que comportan las fronteras abiertas como la nueva derecha, a la que los medios insisten en calificar de extrema derecha. Que califiquen como les plazca. Los afectados por las regularizaciones masivas son más sensibles a los perjuicios que dichas políticas les ocasionan que a las etiquetas.

En especial cuando los perjuicios son tan brutales: sus salarios se reducen por fuerzas poderosas de origen demográfico; los profundos cambios demográficos resultan de decisiones políticas que van legalizando lo ilegal con una previsibilidad que hace imparable el efecto llamada; la seguridad en las calles se resiente; la nueva demanda tira hacia arriba el precio de la vivienda, etc. Todo esto lo dan por bueno los gobiernos centrados en el crecimiento del PIB a corto plazo. Mientras, desatienden la atracción de talento capaz de asegurar el Estado del Bienestar a medio y largo plazo. Así, el desmontaje del Estado del Bienestar es un efecto imparable. Lo sabe cualquiera capaz de entender que tan valioso tesoro exige fronteras reales, no fronteras sobre el papel, no fronteras caracterizadas por su absoluta permeabilidad.

Por si alguien no se había dado cuenta de la verdadera naturaleza de estos fenómenos, ahí está Podemos para practicar la única, digamos, virtud que le adorna: una cierta sinceridad. La suficiente como para declarar abiertamente por qué le han arrancado a Sánchez, el señor «Sí a Todo», la deletérea medida: «Y ahora vamos a por la nacionalidad, o a cambiar la ley, para que puedan votar, por supuesto». «Ojalá podamos barrer de fachas y racistas este país con gente migrante». La llamada extrema derecha –es decir, la defensa última del Estado de Derecho y del interés general– sabía de sobra que ese era el objetivo. La intención de voto de jóvenes y segmentos populares así lo indica. En cuanto a la izquierda, ha perdido, si la tuvo, su supuesta razón de ser: un proyecto nacional de «justicia social». Ja, ja.

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