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En libertadJano García

Todo lo que está mal

Y así, rechazando a la élite natural para sustituirla por personajes sacados de una rotonda, de prostíbulos para homosexuales, de mercadillos ambulantes y de lodazales nocturnos, un país se va por el sumidero abrazando todo lo que está mal en el mundo

Los últimos días han sido un buen termómetro para comprender hasta qué punto el debate en España está completamente hundido en el fango más insalubre. Por un lado, la polémica de la tipa llamada Sarah Santaolla, o como se escriba. Por otro lado, Yolanda Díaz y Sánchez. Uno contempla que el discurso político y social gira en torno a estos personajes y uno no puede tomárselo en serio. Quizá por un mero sistema de defensa para no acabar colgándose de un pino ante la barbarie, pero ¿qué hacer si no?

Sarah Santaolalla

Sarah Santaolalla

Entrar en el debate planteado estos días supondría una pérdida de tiempo. Una dice que le han insultado por no sé qué de sus pechos y su intelecto y, los otros, han vuelto a la carga diciendo que subir los sueldos por ley es una bendición y que los empresarios deberían pagar más dinero a sus trabajadores. Supongamos que tuviéramos que explicar a alguien por qué ambas cuestiones son absurdas y falsas. La realidad, es que si no lo han entendido ya no lo van a entender nunca, por lo que simplemente supondría una pérdida de tiempo. No obstante, ambas polémicas sí dejan algo interesante. ¿Por qué un discurso para deficientes tiene éxito? ¿Por qué cada vez los representantes políticos y mediáticos son cada vez más cutres, feos, indeseables, cretinos, vulgares y estúpidos? Las razones son dos: la envidia y el ejercicio antielitista de la masa.

La participación directa de la masa a la hora de escoger a los gobernantes y su progresiva transformación en clases dirigentes es uno de los grandes cambios de las naciones occidentales. Bajo el paraguas de la colectividad se genera lo que Gustave Le Bon calificó como 'la ley psicológica de las masas'. Supongamos que colocamos a un tipo con un cociente intelectual de 150 puntos. Aleatoriamente vamos sumando individuos con cocientes intelectuales dispares y realizamos una media una vez alcanzamos los cien miembros. Inevitablemente, la media será inferior a la que poseía el individuo aislado. La masa no acumula el talento, sino la mediocridad, y por ello la masa adquiere, por una cuestión numérica, un comportamiento errático. Por eso, la élite no tiene espacio en un mundo en el que uno ve a un soberano idiota y exclama: ¡Mira, como nosotros!

La envidia obedece, en gran medida, a este asunto. La envidia, explicaba el genial Gonzalo Fernández de la Mora, posee una característica muy particular y es que los envidiosos nunca se declaran como tal y no tienen más remedio que esconderla y encubrirla. ¿De qué manera? De mil formas, aunque la preferida siempre suele ser 'la justicia social'. ¡Expropien al rico! ¡Que paguen más! ¡Distribuyan la riqueza! ¡Instauren un nuevo impuesto! ¡Que repartan sus ingresos! Todas estas afirmaciones obedecen a la envidia, pero la masa las disfraza de justicia. Nunca nadie afirmó: «¡Que los ricos paguen más, que nos dan envidia!». El funesto coro de los envidiosos ha hallado en la democracia moderna su gran herramienta para poder llevar a cabo las más injustas de las acciones frente al exitoso. Este sentimiento ha sido explotado por los demagogos, que han encontrado en la envidia de la masa una gran arma a la hora de alcanzar el poder en democracia.

Y así, rechazando a la élite natural para sustituirla por personajes sacados de una rotonda, de prostíbulos para homosexuales, de mercadillos ambulantes y de lodazales nocturnos, un país se va por el sumidero abrazando todo lo que está mal en el mundo.

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