No a la guerra, salvo que sea civil
El penúltimo salto del acróbata de Moncloa une a los estropicios domésticos un desguace internacional de España
A Woody Allen le pidieron en una ocasión su opinión sobre la muerte, y respondió raudo: «Estoy en contra». Le pasa igual a las guerras: nadie está a favor, nadie las disfruta, nadie las pide, nadie se hace camisetas o pancartas con el lema «Sí a la guerra». Como con la muerte, todos estamos en contra.
La cuestión es que suceden y que, cuando eso ocurre, hay que posicionarse en la realidad, incómoda y desasosegante, y a partir de ahí esperar que acaben. Si además eres presidente, puedes intentar que no comiencen y trabajar luego porque terminen pronto, solventando alguno de los problemas que las provocaron para intentar que no se repitan ni se extiendan.
Es la diferencia entre un menor de edad y un adulto, o entre un dirigente decente y un inmoral que ve en todo una oportunidad personal. Lo hizo Zapatero con el 11-M, cuando convirtió un terrible atentado yihadista en una ocasión para cargárselo a Aznar, estableciendo una relación directa entre su respaldo a América en Irak, del mismo rango militar que el envío ahora de la mejor fragata de la Armada Española, y la matanza de civiles con las bombas de unos fundamentalistas.
Y lo intenta hacer de nuevo Sánchez, borrando de su discurso toda alusión al criminal régimen de los ayatolás para reducir el conflicto a otro exceso imperialista de un tarado llamado Trump y situándose él mismo como su némesis, el Batman de este Jóker desalmado, para estimular a sus alicaídas huestes y despreciar a sus rivales domésticos: si él pierde, no será contra Feijóo y Abascal, sino contra el Emperador, y aún con esa dulce derrota, o precisamente por ella, reivindicará su derecho a seguir ostentando el control del PSOE, la jefatura de la oposición y el liderazgo progresista internacional.
Que de eso se trata: probados todos los comodines divisorios y demagógicos sin ningún éxito, Sánchez busca en el «No a la guerra» el triste as en la manga con el que tratar de mejorar un poco sus expectativas electorales y generarse un relato de supervivencia cuando las urnas desalojen su trasero de La Moncloa a puntapiés democráticos.
Claro que esta vez los estropicios saltan de los habituales dentro de España, ya terribles, y dejan maltrecho al país en la Comunidad internacional: Macron, Starmer o Meloni no han dudado de la evidente amenaza iraní ni tampoco han arremetido contra Trump, simplemente han intentado combinar sus obligaciones occidentales con unos procedimientos y unos tiempos que nos distinguen de la barbarie.
Solo desde la lealtad se pueden poner peros, que además sirven para mediar hasta con el diablo llegado el caso: Sánchez ha preferido anteponer su ostentoso rechazo a Washington, por razones domésticas y personales, al papel que España debía tener en el conflicto, enviando el mismo tipo de mensaje que acaba siempre en felicitaciones públicas de los más abyectos emisarios.
Cuando en un momento así quienes se sienten reconfortados son Irán, Hamás o los hutíes y quienes te señalan o recelan son Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia o Bruselas; sostener que estás en el lado correcto de la historia es una falta de respeto para la ciudadanía, incluida la que te sigue al fin del mundo con un ánimo pastueño que su pastor conoce y desarrolla, convencido de que son manipulables e idiotas.
Todo el mundo está en el «No a la guerra», como lo está en el «No a las Danas», «No a las pandemias», «No a los apagones» o «No a los accidentes ferroviarios». Y quien menos lo está, paradójicamente, es quien se siente al frente de esas pancartas desde el propio Gobierno: un tipo más preocupado por la soberanía de Irán que por la de España, intervenida por sus patrocinadores separatistas; encantado de generar el contexto que hace casi un siglo provocó una Guerra Civil con su dialéctica funesta de bandos irreconciliables; indiferente a la manida «legalidad internacional» por ejemplo en el Sáhara pero muy sensible a ella en Teherán y cada día más cercano a China, campeón de las libertades y los derechos humanos, como todo el mundo sabe.
Sánchez no quiere guerras, en fin, pero le ha declarado una a España y ha llenado el país de trincheras, controles fronterizos, polvorines y bandos, y ya parece estar pensando en cómo llevarse el oro al nuevo Moscú, que es Pekín.