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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

La Cuba que viene

¿Hay futuro para Cuba? Por primera vez en sesenta y siete años, atisbamos que podría haberlo. Y soñamos con esa Cuba que viene. Y soñamos que, esta vez, no sea sólo un sueño

Finalmente, Cuba. Arden sedes del gansterizado Partido Comunista en la isla. Se estremece la dictadura más larga de cuantas se encabalgaron entre los siglos veinte y veintiuno. No sé si la más sanguinaria. Una de las más: de eso, no tengo duda. Si esa dictadura cae, será una fiesta mayor para todos los hombres libres.

Una partida de aguerridos analfabetos se apoderó a tiros del poder en la que era la isla más rica del planeta. 8 de enero de 1959. Fue saqueada. Hoy, en miseria, a Cuba sólo le gana Haití. Tiene su mérito. Cuando tomaron el palacio de Fulgencio Batista, ninguno de los jefes guerrilleros tenía ni pajolera pretensión ideológica. Se trataba de mandar. Sólo de eso. Y, para mandar, nada hay como el terror sin límite. A cargo de los fusilamientos masivos, Ernesto Guevara dejó bien claro que un Che argentino podía ganar en sanguinario al mejor carnicero del Caribe. Y los hermanos Castro lo admiraron. Y lo envidiaron un poco. Y lo temieron mucho. Al cabo, se libraron de él, enviándolo a hacerse matar en Bolivia. ¿Lo vendieron ellos mismos al «enemigo imperialista» para limpiar el camino? ¿Quién sabe eso? Pinta, lo que se dice pinta, ya tiene. Y, con una estampita estupendamente fotografiada por Korda, construyeron a un santo exterminador, al cual existe todavía gente lo bastante lerda para rendir culto.

Ni aun en mis más adolescentes años de entusiasmo revolucionario, allá por la segunda mitad de los sesenta, sentí hacia aquella gente más que asco. Y un horror inconfeso de que tal barbarie pudiera contagiar a otros horizontes menos salvajes. Me venía ese horror, sobre todo, de la lectura de un largo artículo del Jean Paul Sartre cuyo El ser y la nada veneraba yo entonces. Y al que sigo hoy juzgando obra mayor de la metafísica del siglo veinte. Aquel artículo «caribeño» del maestro de Saint Germain, se llamaba «Tempestad sobre el azúcar». Y narraba, con orgullo, la siguiente anécdota. En el curso de una larga conversación con 'El Comandante', que se decía dispuesto a darle al pueblo, sin excepción, todo cuanto el pueblo le pidiera, el filósofo dejaba caer una pregunta elemental. «¿Y si le pidieran la Luna?». El Caudillo, impávido, respondía: «Pues, si pidieran la Luna, tendría que dársela».

Sartre se dio por contento. Y aun por fascinado. A mí, media docena de años más tarde, leer aquello me dejó un primordial desasosiego. Karl Marx –al que los dos interlocutores invocaban– hubiera asesinado in situ al ocurrente que soltara semejante respuesta. Porque Marx puede interesar o no. Pero no era imbécil. Y sabía, como sabe cualquiera que no sea un tarado, que llamar a conseguir lo imposible es el modo más infalible de encaminar al suicidio. Colectivo. Lo cual fue exactamente el logro máximo del lunático de la Habana.

En Cuba, sin embargo, funcionaba algo. Confesémonoslo: la Policía política y los servicios de Inteligencia. Su eficacia ha desmentido, durante siete decenios, todos los lugares comunes en torno a la ineficiencia caribeña. Era infalible esa fuerza represiva. Puede que siga siéndolo aún. Pero ahora ya sin horizonte. El régimen ha muerto. Aunque el cadáver se pudra de pie. ¿Para qué sirve una red de soplones, torturadores y asesinos, cuando sus mandamases se extinguen? Es la pregunta que ha llevado a la calle a los ciudadanos cubanos. Por primera vez, en todos estos años, bajo un espíritu de esperanza no puramente ilusorio.

Los Castro y sus gánsteres de cámara mantuvieron a una Cuba al límite de la supervivencia material, parasitando a los benefactores internacionales adecuados. Cuando, no muchos meses después de enero del 59, la cosa no funcionó con los Estados Unidos, el castrismo alquilo la isla, como anclado portaaviones, a los camaradas rusos. Y pasaron a decirse «comunistas»: palabra que, la verdad, debía resultarles bastante exótica. De lo que los soviéticos tuvieron a bien ir echándoles, sobrevivieron durante medio siglo. A cambio, además, Cuba ponía soldaditos para hacerse matar en África sobre el tablero de la Guerra Fría. Después, ya sin rusos que pagaran, y como había que seguir viviendo, el portaaviones anclado se alquiló al servicio del narcotráfico y del petróleo bolivariano.

Había llegado Gorbachov. Y la Perestroika. Y un plan de voladura controlada de aquel gran basurero que hizo muro de defensa rusa desde 1948. La operación de derribo fue perfecta. Con su toque sanguinario en Rumanía, sí. Pero perfecta. Hubo una excepción: Cuba. Allí, los militares «angoleños», previstos por Moscú para llevarse por delante a los Castro, fueron liquidados cautelarmente. Y ejecutados. Ni siquiera se les concedió el honor de morir como «contrarrevolucionarios». Cargaron con la infamante etiqueta de «narcotraficantes» ante el paredón. Antes, Ochoa y sus compañeros habían sido «héroes internacionalistas» de la revolución en África.

La historia, algunas veces, nos sorprende. Y es benévola con nuestros deseos. Son pocas esas ocasiones. Y hay que mimarlas. Y apreciarlas en lo que valen. Porque asaltar sedes del Partido Comunista es, en Cuba, un acto heroico. Y porque el coste de ese heroísmo puede ser allí desmesurado.

¿Hay futuro para Cuba? Por primera vez en sesenta y siete años, atisbamos que podría haberlo. Y soñamos con esa Cuba que viene. Y soñamos que, esta vez, no sea sólo un sueño.