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El Rey ha levantado cierta polvareda al decir algo que, para sus detractores endémicos, sonaba a victoria: que el Descubrimiento de América, allí y aquí llamado la Conquista o el genocidio por los lápices menos afilados del estuche, no es para sentirse orgulloso, que hubo abusos y que todo ello genera controversias «morales y éticas».

En realidad su intervención informal, pero no casual, es más extensa y no se entiende del todo sin glosarla completa: dijo todo eso, cierto, pero recalcando que no se puede analizar el pasado con ojos del presente y recordando que los Reyes Católicos, y en especial la gran Reina Isabel, trasladaron a sus nuevas posesiones los derechos, la cultura y la civilización de España, que siempre las vio como provincias y no meras colonias ingratas.

Decir que el Rey ha suscrito la absurda leyenda negra española, que difunden allá políticos populistas y acá sus primos hermanos de extrema izquierda, es osado: lo sustantivo de sus palabras no es el preámbulo, no muy afortunado ciertamente, sino el desarrollo. Es decir, la reivindicación de Isabel y Fernando y, de algún modo, la evidencia histórica de que, entre todos los episodios imperiales conocidos en la historia, el español fue de largo uno de los más civilizados.

Ya pueden decir tonterías infames los López Obrador, Morales, Sheinbaum, Maduro y compañía que nuestra presencia en América, además de una gesta superior a la llegada a la luna, dejó un legado de progreso, educación, derecho y mestizaje que solo han arruinado ellos y otros como ellos con sus políticas extremistas, su corrupción, su indigenismo rancio, su sometimiento a mafias y guerrillas de todo tipo y su pavorosa incompetencia.

Que el Gobierno de España esté más cerca del Grupo de Puebla que de Washington o Bruselas y que en su seno habiten partidos dispuestos a llamar asesino a Cristóbal Colón y a defender la estúpida necesidad de «descolonizar» hasta el Museo del Prado para eliminar todo vestigio de aquella hazaña sí explica, sin duda, el absurdo cuidado que el Rey le pone a hablar de algo de lo que, como español y como jefe de Estado, debería enorgullecerle.

No se escucha nunca a Roma, China, Rusia, Estambul, Inglaterra o cualquiera de los emblemas de viejos imperios arrepentirse por las sombras de su historia, como tampoco consta una flagelación endémica en Estados Unidos por su evidente nacimiento desde la erradicación de los pobladores originales: todos ellos presumen de su pasado, en algunos casos entienden los excesos de aquellos tiempos pero los ubican en las costumbres de la época y siempre, sin excepción, los recuerdan para incorporarlos a un genoma nacional orgulloso y sentido.

¿Qué es eso de que España tenga que pedir disculpas o, en el mejor de los casos, orgullecerse con la boquita pequeña, entre eufemismos, en voz baja para no ofender, y todo ello mientras recibe ofensas constantes dentro y fuera desde dirigentes políticos y partidos con mala fe, incultos, ceporros y con claras intenciones dañinas?

España debería hacer del Descubrimiento, de la Reconquista y de la vuelta al mundo el emblema pedagógico de su enseñanza en las escuelas, el eje de su proyección internacional y el combustible anímico de su cohesión nacional. Con la primera se incorporó a la civilización un vasto espacio geográfico donde hoy se habla y se piensa en español. Con la segunda se frenó la implantación del islam quizá en buena parte de Europa y con la tercera se abrieron caminos culturales, comerciales y sociales que hoy sigue transitando la humanidad entera.

Que al Rey no le permitan enorgullecerse de ese legado y que, todo lo demás, el Gobierno le prefiera blandeando ante sinvergüenzas y demagogos hermanados con Sánchez y Zapatero, es una lástima. Que, por cierto, quizá don Felipe deba plantearse evitar: si es el primero de los españoles, ha de parecerlo siempre. Y cuando no pueda, no prestarse a ningún otro cambalache.