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Desde la almenaAna Samboal

Degradación

Durante más de dos años, mientras el país entero estaba ilegalmente encerrado, acobardado y amedrentado, de luto, la parejita vivió a lo grande su particular aventura

Da la impresión de que el mundo en que vivimos se asoma a un abismo cada pocas horas. Al tiempo que la humanidad abre fronteras en el espacio, amenaza su supervivencia sobre la Tierra. La batalla de las naciones por ganar el futuro, asegurándose el aprovisionamiento de recursos naturales, ha hecho saltar por los aires todos los paradigmas de seguridad, resquebraja y replantea las alianzas que hasta ayer creíamos sólidas. Y en ese trance, el del cambio de era acelerado al que asistimos atónitos, España bracea evitando ahogarse en sus miserias: las del caso Mascarillas o las de la Kitchen, ¡qué más da!, es la degradación que nos interpela a todos.

Ante el más alto tribunal del país, una mujer declara, con naturalidad y desparpajo, que le pagaban el piso de lujo en el que vivía, su teléfono móvil, sus facturas, sus caprichos o sus viajes. Admite ante el juez que nunca se molestó en preguntar quién firmaba las transferencias. ¿Para qué? Sabía que al final de ese cabo estaba su pareja, un todopoderoso ministro. Porque esa vivienda, a la que muy pocas personas tienen acceso, era su nidito (llamarlo nidito de amor, como lo hizo, es hacer al amor pequeño). Ella firmó un contrato de trabajo para el que se consideraba sobradamente preparada, pero jamás se le pasó por la cabeza desempeñar el empleo por el que recibía un salario mensual. Se lo recomendó su novio, no había más fin que cotizar a la Seguridad Social. Y de endosar al contribuyente la calderilla, los gastos del día a día. En cualquier persona con un mínimo de ética, provocaría al menos cierta desazón. Ella, sin embargo, protestaba cuando su supervisora le exigía que fichara. No parece arrepentida. Lo tenía claro: quería ser odontóloga y, entretanto, vivía de él y sus influencias.

Durante más de dos años, mientras el país entero estaba ilegalmente encerrado, acobardado y amedrentado, de luto, la parejita vivió a lo grande su particular aventura. Y lo que sobrecoge no es lo que hicieron, sino que no se molestaran en ocultarlo. En las empresas callaban, porque era la «sobrina» del ministro. En el ministerio donde se organizaban los viajes, en los aviones en los que se desplazaron y en los hoteles en los que tomaron fotos callaron, porque la privacidad es sagrada y para qué meterse en líos indagando en las vidas ajenas de gente con tanto ascendente. En el partido debieron saber, porque en los partidos todo se sabe. Y también hicieron la vista gorda. El país estaba bajo sus pies y ellos, en su borrachera hedonista, soberbios, debieron pensar que estaban muy por encima del resto de los mortales. No andaban muy desencaminados, cuánto habrá de lo que no tendremos noticia o no llegaremos nunca a saber. De no ser por los teléfonos que el pieza de Koldo se descuidó, no nos habríamos enterado de nada.

Las andanzas de Ábalos no sólo le retratan a él. Muestran también la indigencia moral de todos los que supieron y callaron. De sus compañeros de partido, sí, pero también de todos esos funcionarios que tienen un puesto vitalicio no sólo por haber ganado una oposición, sino también para que se sientan libres a la hora de defender los intereses del Estado antes que las veleidades caprichosas e ilegales del político de turno. Y la misma regla moral puede aplicarse a los seis comisarios de policía, procesados por la Kitchen, que se sientan ante los jueces de la Audiencia Nacional. Los ciudadanos pueden equivocarse con un político, pero eso tiene remedio, porque pueden echarle a los cuatro años. Los que no pueden romper su compromiso son los que pasan un proceso de selección para convertirse en servidores públicos. Y algunos han fallado.

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