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Desde la almenaAna Samboal

No a la guerra, otra ración de polarización

Perejil es un precedente sumamente peligroso como para olvidarlo. Y si Marruecos decide poner de nuevo en jaque nuestra soberanía, pisando suelo de Ceuta o Melilla o aguas territoriales canarias, que no es descartable, necesitamos invertir en Defensa, algo de lo que en la Moncloa no quieren ni oír hablar

No me gustaría estar en el pellejo de un presidente hoy, se llame Trump, Netanyahu, Macron o Sánchez. En sus trayectorias, hay días de rosas, pero los que vivimos hoy son de espinas. Y, aunque reconforta enormemente la explosión de alegría de los iraníes tras la intervención, la duda moral debe ser inevitable. ¿Impide una guerra más muertes de las que se hubieran producido de no haberse declarado? ¿Es posible hacer ese cálculo a priori? Pienso que esa disyuntiva no estuvo jamás sobre la mesa de los ayatolás cuando, decididos a crear un imperio islamista en Oriente, mandaron atentar a sus comandos de Hamás o Hezbolá. Quiero creer que sí ha pesado en la conciencia del presidente de los Estados Unidos, aunque sería pecar de ingenua creer que esta ofensiva se ha declarado por meras razones altruistas. Las razones geopolíticas se sustentan sobre intereses.

Acierte o se equivoque, y esperemos que sea un acierto, Trump está apoyando a su aliado, Israel. A sus socios, sean más o menos ladinos, los países árabes dispuestos a convivir con Occidente y decididos a acabar con una fuente perversa de inestabilidad e inseguridad. Trump está contraponiendo a las dictaduras frente a las democracias liberales de origen grecolatino o judeocristiano. Está asegurando materias primas y energía y cerrando puertas a China. Trump, como presidente de los Estados Unidos, está obligado a buscar el mejor futuro para su país, conjugando todas las variables en el proceso de toma de decisiones. Porque las simplezas, por bonitas que luzcan en una pancarta, son terriblemente peligrosas.

Su responsabilidad es la misma que pesa sobre Pedro Sánchez. Como ciudadano anónimo, podría colgarse la pancarta del 'No a la guerra'. Es obvio que, como candidato, posiblemente espere que contribuya a movilizar a su desengañado electorado. Pero, por más que parezca pretenderlo colocándose a la cabeza de la manifestación contra el inquilino de la Casa Blanca, ni Pedro Sánchez es Zapatero ni 2026 es 2003. Entonces, en la guerra de Irak estaba en juego el futuro de Europa. Aznar apostó por una España fuerte en el continente, con voz propia, volcada hacia el Atlántico, el origen de su imperio. Nunca sabremos a dónde nos hubiera conducido su visión. Llegó Zapatero y prefirió acoplarse a un eje franco-alemán orientado hacia al este, hacia Rusia. Sí sabemos a dónde nos ha llevado como país: ahora estamos más cerca de las peores satrapías del planeta.

Pedro Sánchez no está en la misma posición que su mentor porque su mundo no es el de entonces. Tampoco Irán es Irak. Y, como presidente que es, no puede soslayar otros muchos condicionantes, más allá del mero cálculo electoral, que no parecen haber pesado en su ánimo. De entrada, las consecuencias directas en forma de sanciones comerciales o merma de la inversión que pueda desencadenar el hecho de que España, a la que representa, niegue apoyo a sus aliados en un conflicto. El daño a la marca-país que está publicitando puede ser irreparable. Tampoco podemos obviar, a medio y largo plazo, las repercusiones que pueda tener sobre nuestra seguridad su personalísima apuesta, sin explicaciones a la opinión pública ni al parlamento, sin consenso con la oposición.

Perejil es un precedente sumamente peligroso como para olvidarlo. Y si Marruecos decide poner de nuevo en jaque nuestra soberanía, pisando suelo de Ceuta o Melilla o nuestras aguas territoriales en Canarias, que no es en absoluto descartable, necesitamos invertir en Defensa, algo de lo que en la Moncloa no quieren ni oír hablar, o contar con todo el apoyo de nuestros aliados. A su lado, podremos influir en función de nuestros intereses. Colocándonos enfrente, no somos nada.

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