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El astrolabioBieito Rubido

Leopoldo Calvo-Sotelo

Demostró ser un demócrata ejerciente cuando convocó las elecciones de octubre de 1982 sabiendo que iba a perderlas, tal y como le reconoció al presidente italiano Sandro Pertini. Ya quisiéramos tener ahora un presidente con esa dignidad

En estos tiempos donde los más conspicuos analistas internacionales andan dándole vueltas a las posibles soluciones a las satrapías de la izquierda –como pueden ser Venezuela, Cuba o Irán–, sería bueno recordar la admirable Transición española. En ese proceso, esta nación llamada España pasó de un régimen autoritario a uno de libertades, merced a un buen número de políticos que supieron poner su talento, su sabiduría, su generosidad, su tiempo y su vida al servicio del bien común. Fue de «la ley a la ley» y representa una de las páginas más brillantes de nuestra historia y, seguramente, del mundo civilizado en general. Fuimos un ejemplo. Todavía hoy es un buen espejo en el que mirarse para aquellos países que quieren abordar una evolución hacia la democracia. Ahora muy especialmente, cuando se demuestra la complejidad de esos procesos. Solo hay que echar un vistazo a esos países antes señalados.

Existía un denominador común: el afán de la mayoría de vivir en concordia y en paz. En gran parte porque el franquismo dejó algo que no existía en 1936: una pujante y ancha clase media. También unas élites formadas, educadas y con la determinación de alcanzar el objetivo de que España pudiese vivir en democracia sin sobresaltos ni rencores. En ello tuvieron un papel determinante el Rey Juan Carlos, el presidente Adolfo Suárez, el extraordinario cerebro de Torcuato Fernández-Miranda y un buen número de cabezas privilegiadas y espíritus nobles que se comprometieron en esa empresa. En ese grupo de notables se encontraba Leopoldo Calvo-Sotelo, el segundo presidente del Gobierno de la democracia. Hoy se cumplen cien años de su nacimiento.

Leopoldo Calvo-Sotelo fue un lujo de presidente. Ingeniero de Caminos, sabía más poesía que cualquier profesor de literatura y gustaba de recitar poemas, incluso hacer concursos para comprobar quién podía cantar más rimas. Tocaba el piano y era políglota. Era, además, y por encima de todo, un padre ejemplar de familia numerosísima, nada menos que ocho hijos. Demostró ser un demócrata ejerciente cuando convocó las elecciones de octubre de 1982 sabiendo que iba a perderlas, tal y como le reconoció al presidente italiano Sandro Pertini. Ya quisiéramos tener ahora un presidente con esa dignidad personal y democrática.

En los veinte meses que ocupó la Moncloa, Leopoldo Calvo-Sotelo –miembro por cierto de una estirpe gallega de grandes servidores públicos– llevó a cabo tres hechos de una notable y trascendental relevancia: logró que se juzgase a los militares de la intentona del 23-F y, posteriormente, llevó la sentencia al Tribunal Supremo para que fuese finalmente un tribunal civil quien refrendase lo decidido por la corte militar. Tomó la decisión de meter a España en la OTAN, paso previo y sin el cual no entraríamos en la UE. Y finalmente, sacó adelante la LOAPA, ley que, de haberse mantenido –Felipe y Pujol perpetraron la muerte de esa norma–, nos hubiera ahorrado muchos despropósitos del metastásico proceso autonómico.

No fue Leopoldo Calvo-Sotelo un presidente más. Con el tiempo, los estudiosos de nuestra historia reciente verán la trascendencia de su gestión y el ejemplo democrático que dio en todos los órdenes. Él fue uno de esos nobles políticos que contribuyeron a que España fuese la democracia que hoy es, a pesar de Sánchez. Felipe González solía decir que hasta que no llegaron ellos nuestro país no era una democracia. Calvo-Sotelo lo corregía: «Gracias a que nosotros trajimos la democracia, Felipe González y el PSOE pudieron llegar a gobernar». No le faltaba razón. En este caso, la tenía toda.

En el centenario de su nacimiento, y para que sirva de ejemplo y contraste, merece la pena que recordemos a un prohombre de este país. La memoria no nos la pueden marcar desde el BOE. No hay ley divina, de la naturaleza ni humana que pueda imponer lo que cada uno quiere recordar. Yo hago hoy, muy gustoso, un recuerdo a quien tuve la oportunidad de conocer y admirar. Poseía, además, una fina pluma y recomiendo a quien tenga interés su libro Memoria viva de la transición. Páginas fundamentales para entender aquel tiempo.

Era también este político un hombre con acusado sentido del humor, que contrastaba con la contraimagen que muchos le levantaron al decir que no era especialmente simpático. Suele ocurrir que otros dicen de nosotros lo contrario de lo que realmente somos. Calvo-Sotelo sufrió en ese tiempo esa manía, de propios y extraños, de colgar sambenitos. A él le tocó el de antipático. Quienes lo escuchamos hablar sabemos y recordamos su destacado sentido del humor aunque, eso sí, muy gallego, con mucha retranca y no siempre entendido.

Solo me queda confiar en que entre su progenie se encuentre ya algún joven aspirante a político, para que una estirpe como esta no deje de contribuir al buen gobierno de la nación llamada España.

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