Elogio del coronel Balas de tantos como él
Estos servidores tranquilos, fríos y discretos están salvando la democracia del ataque de unos forajidos
La poderosa presencia del coronel Balas en el Tribunal Supremo es un canto a la esperanza. Aunque el sanchismo sea una termita invasiva de la democracia, en el testimonio de este héroe involuntario de la UCO refleja la resistencia del Estado, y de muchos de sus servidores públicos, a diluirse en un sistema fabricado a imagen y semejanza de un presidente que se comporta como un capo de la Mafia.
El agente, como su compañero Bonilla, acusado en falso por ministros incluso de fabular con un atentado contra Sánchez, hizo algo tan revolucionario en estos tiempos de lacayos y siervos como cumplir con su trabajo: investigar con calma, recopilar pruebas, ponerse a las órdenes de los jueces y testificar sobre todo ello en el momento procesal oportuno.
En realidad todo ello debiera ser rutinario, y desde luego inofensivo y sin riesgos para quien simplemente ejerza su función, pero con este cacique con ínfulas se ha convertido en un acto épico que la sociedad española debe reconocer y aplaudir por lo que se juega en el lance: sin servidores como Balas, Bonilla, Pérez de los Cobos y el puñado de jueces y fiscales inasequibles a la extorsión, la persecución y el señalamiento que el Régimen y sus altavoces perpetran con los recursos reservados a cuidar la democracia, no a degradarla.
Que noten el calor y el reconocimiento es fundamental para que no declinen, vencidos por esa ceremonia mafiosa que ponen en marcha quienes necesitan abolir el Estado de derecho para no enfrentarse a las consecuencias de sus actos y transforman a los servidores de la democracia en conspiradores sincronizados contra un presidente impecable, víctima de bulos, fango, instrucciones torticeras y siniestras campañas reaccionarias.
Para entender la relevancia de todos los Balas que siguen al pie del cañón solo hace falta compararlo con García Ortiz, el fiscal general condenado por urdir, sin duda a las órdenes de La Moncloa, una abyecta maniobra de derribo de un rival político con el que no pueden en las urnas, Isabel Díaz Ayuso.
El interfecto va a contar, probablemente, con la complicidad del teledirigido Tribunal Constitucional para anular de un modo u otro su inapelable condena, y de momento ya ha sido recolocado y su sucesora parece estar dispuesta a continuar con su legado, colonizando las distintas fiscalías para adaptarlas a las necesidades de su patrocinador, un fraude político definitivamente incompatible con la democracia que ha hecho del ataque a la separación de poderes un asunto de supervivencia.
Que García Ortiz, edecán del capo que en realidad se intentaba lucrar políticamente de un Watergate contra Ayuso, siga paseándose en coche oficial, haya puesto a una de las suyas para seguir la tarea y tenga oportunidad de meter sus zarpas en fiscalías relevantes del Tribunal Supremo; todo ello mientras el ministro de Justicia presiona al Poder Judicial y los fontaneros del PSOE ponían en la diana a la UCO con montajes infames; da cuenta del momento en que vive España: una auténtica banda, sin escrúpulos pero con poderes, dispuesta a hacer lo que sea menester para salvarse de su hundimiento y, quizá, de prisión.
Y pueden lograrlo si los servidores del Estado, sin pestañear ni dudar pero también con impecable diligencia y discreción, no siguen haciendo su trabajo. Que básicamente consiste en salvar la democracia del acoso de unos forajidos.