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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Sánchez y los pucherazos

Hay que entender cómo Sánchez actuó para comprender hasta dónde está dispuesto a llegar ahora

Las imágenes admiten interpretaciones, pero el contexto, las palabras, las consecuencias, los antecedentes y lo ocurrido a continuación despejan las dudas: Sánchez, hace diez años, quiso que el voto de sus compañeros sobre su continuidad fuera secreto y no dijo ni mú del sospechoso intento de instalar una urna clandestina en un cuartucho contiguo a la sala donde él intentaba aferrarse al cargo o empezar a generar el relato que le permitiera volver y, poco después, plantear una artera moción de censura que intercambió su triste Presidencia por el desguace de España.

Los vídeos publicados por Ketty Garat forman parte de un paisaje estructural que hace una década incluyó varios hitos, a cual más nefando: el bloqueo político del país durante un año, la negativa de Sánchez a aceptar dos derrotas históricas en seis meses y, paralelamente, su asalto al PSOE entre dudas de pucherazos, votos colados en las urnas por Koldo y Cerdán y una sospechosa financiación de sus campañas internas con donativos de origen desconocido y probablemente el dinero puesto por su suegro proxeneta, algo que hace nada el aludido fue incapaz de desmentir en una bochornosa escena ocurrida en el Senado.

Eso era, y es, Sánchez: la negativa a aceptar la decisión de las urnas, la trampa constante para sobrevivir, el uso de recursos siniestros, la mentira para sobrevivir y el negocio mafioso para imponerse a cualquier precio, con la complicidad por acción u omisión de todo el PSOE, en unos casos para prosperar a su vera, en otros por falta de valor para denunciar tanta ignominia y llevar la pelea hasta el final.

Todo ello es grave, pero no sorprendente, pero sobre todo perfila un modus operandi que, con sutileza o sin ella, se ha ido perfeccionando con el tiempo y goza ahora de toda la maquinaria del Estado. Porque quien aceptó una vez que la democracia interna puede malearse para obtener un beneficio, puede creer lo mismo en lances mucho más importantes, como unas elecciones generales.

¿Hasta dónde está dispuesto ahora a llegar para no perder el poder y el escudo que supone para no enfrentarse a las consecuencias de sus propios actos? Plantearse la pregunta es el primer paso. Porque todo lo que ha seguido haciendo esta calamidad provoca espanto y obliga a activar las alarmas: ha convertido el CIS y RTVE en aparatos de propaganda y de inducción de estados de opinión para condicionar el voto; se ha dedicado a asaltar todas las empresas y organismos clave en esa tarea intoxicadora o partícipes de un modo u otro en el proceso electoral (Correos, Indra y Telefónica) y ha impulsado leyes, como la de Memoria Democrática, que de facto pueden generar el derecho a voto de medio millón de nietos de españoles ajenos por completo a España.

Nada de ello, de manera aislada, permite denunciar una intentona fraudulenta de amaño electoral, una acusación gravísima que no debe ser aireada frívolamente sin caer en el exceso. Pero todo ello junto y sincronizado, unido a los precedentes amorales del personaje, sí obliga a contemplar las próximas elecciones con una mirada distinta y un ánimo fiscalizador inquebrantable: lo que Sánchez quiera hacer no lo sabemos. Lo que ha hecho ya sí es público, notorio y peligroso: nada menos que generar un ecosistema que le ayude a compensar el desprecio de los ciudadanos y a justificar cualquier resultado en beneficio propio, por increíble que parezca. Ojo.

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