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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Gómez y Quiles

No es en puridad un periodista, sino un reportero showman, a veces pegajoso y faltón, pero cuando hacían lo mismo desde la izquierda hasta los premiaban

Act. 30 abr. 2026 - 14:20

En 1996, Aznar llega al poder. Telecinco, que barría en España para la izquierda, aunque su dueño era el derechista Berlusconi, lanza entonces un nuevo y original programa: Caiga quien caiga. El guion era sencillo. Los hombres de negro, unos reporteros encorbatados, enlutados y con gafas ahumadas, se dedicaban a perseguir a personajes populares, casi siempre políticos y de derechas, a fin de lanzarles preguntas con dardo, supuestamente graciosas. Presentaba el invento un cómico de izquierda militante, el hacendado inmobiliario Wyoming. Se convirtió en un éxito.

Entre las víctimas más habituales de aquellos reporteros que se colaban por todas partes figuraba Esperanza Aguirre, por entonces ministra de Educación y Cultura, a la que perseguían allá donde fuese con un compulsivo afán de ridiculizarla. También intentaban llegar a Aznar y otras figuras de la derecha.

Tras el fin de Caiga Quien Caiga, Wyoming repitió la fórmula en su programa, con un pegajoso reportero de izquierdas, el vigués Fernando González, que se presentaba como Gonzo. Tuve ocasión de verlo varias veces en acción cuando yo trabajaba en ABC. El periódico organizaba actos en el Casino de Madrid con los más destacados políticos. Y por supuesto allí se plantaba siempre el supuestamente gracioso Gonzo, presto a dar la brasa a los invitados y al propio director del periódico con sus preguntas faltonas y militantes. Otro de sus éxitos consistió en perseguir a Ana Botella hasta la peluquería a donde acudía y acosarla con su micro en la puerta.

¿Y qué pasó con Caiga Quien Caiga y con Gonzo? ¿Hubo protestas contra ellos de los corresponsales parlamentarios y de las asociaciones de periodistas? Jamás. Ni una queja. Al revés, se saludaba su «ingenio y frescura». El tal Gonzo incluso fue premiado por la Academia de Televisión. Ahora Vito Quiles, de 26 años, hace más o menos lo mismo que hacían aquellos reporteros impertinentes de izquierdas. Pero con ideología de derecha y persiguiendo a miembros del entorno gubernamental. Y por supuesto es intolerable, repugnante, inadmisible, querellable.

El periodismo, el de verdad, consiste en contar hechos ciertos contrastándolos previamente, intentando garantizar su veracidad. No considero que Vito Quiles sea realmente un periodista, porque no se dedica exactamente a eso. Se trata de un animador y reportero televisivo, que es otra cosa. A veces acierta con sus preguntas, abordando cuestiones muy pertinentes que la acongojada profesión no se atreve a plantearle al poder cuando lo tiene ante sus narices. Otras derrapa y abusa del mal estilo. Además, ha cometido algunos errores muy serios, como acusar de pederasta a un directivo de una organización de consumidores sin aportar prueba alguna, o burlarse en un vídeo de una mujer con una notoria discapacidad mental (al final lo borró y se disculpó). Ahora mismo está encausado en tribunales por ambos casos, y con mal pronóstico.

Quiles, un chaval que busca su cuarto de hora de fama dando la nota todo lo que puede, no es un ejemplo de periodismo, sino más bien lo contrario. Pero si en lugar de haber abordado a Begoña Gómez se hubiese dirigido a la mujer de un presidente de derechas acusada en firme de cuatro delitos, a estas horas estaría recibiendo el más fervoroso aplauso de la profesión.

Los abajofirmantes habituales estarían rubricando manifiestos de condena por la actuación de las amigas de la mujer del mandatario, que lo retuvieron físicamente y lo insultaron. Y por supuesto los colegios profesionales, dominados por la izquierda, saldrían en tromba en defensa del reportero frente a una seudo primera dama que lo va a denunciar en tribunales por presunta «agresión», cuando ni la ha insultado ni la ha rozado. Se ha limitado a hacerle varias veces esta pregunta: «Señora Gomez, ¿usted se arrepiente de haber utilizado el puesto de su marido para hacer chanchullos y de haber puesto una asesora con un sueldo público?», momento en que las amigas de Begoña lo agarran por un brazo y por el cuello y lo retienen llamándole «mierda». Él, que tampoco es manco, farfullaba: «¿Pero qué me hacéis, charos?». En fin, una torrentada que encaja con la atmósfera de deterioro del sanchismo.

Ayer Aldama realizó en el Supremo una larga, detallada y demoledora autopsia de la corrupción de Sánchez y el PSOE. El presidente y su partido no dan el más mínimo acuse de recibo o explicación. Pero eso sí, un iracundo Sánchez ha lanzado a todo el aparato del Estado para que auxilie a su mujer a querellarse contra el reportero que ha osado hacer una pregunta en un espacio público a una persona de relevancia acusada de cuatro delitos. Si Begoña Gómez está para pavonearse por China en viaje de Estado como si fuese la reina de España, también debe estar para aguantar las preguntas volanderas de un reportero. Ella es la que ha abrazado con frenesí un rol público.

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