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Hay un sinfín de leyes, normas y directivas que no tienen por fin atender ni resolver un problema. Su afán regulatorio, en el mejor de los casos, obedece a una de las herramientas políticas contemporáneas más recurrentes: el efecto placebo.

Se trata de simular que se hace algo, de llenar el vacío o la incompetencia de reglamentos; de exhibir una concienciación tan inútil como el retrovisor de un avión que justifique la maraña administrativa que vampiriza a la sociedad y le esquilma recursos para alimentarse a sí misma, sin otra utilidad que llenar la andorga de quienes viven de ella y asfixiar el ecosistema social libre con un monocultivo masivo de los partidos políticos que encabezan, tutelan y sostienen contra viento y marea esa selva.

Y así nos enredamos, bien mirado, en debates superficiales que no van al fondo del asunto: la cantidad de órdenes de alejamiento, como si una de ellas por sí misma pudiera evitar que un asesino cumpliera sus deseos; el enredo con el «consentimiento», como si no estuviera presente desde siempre en las sentencias o fuera a frenar por arte de magia a un repugnante violador; o ahora la regularización masiva, como si el problema fuera qué hacemos con los que entran ilegalmente en lugar del asalto masivo en sí.

La acumulación de crímenes, reyertas, bandas, agresiones, delitos en grupo o individuales que jalonan los programas televisivos y las redes sociales no resumen el conjunto del fenómeno ni desde luego a todos los inmigrantes, pero no es anecdótico ni residual y deriva de la peor política migratoria del mundo civilizado.

Una que extiende el recelo injusto a todos los extranjeros, incentiva las muertes en el mar de quienes no tienen dinero para coger un barco o un avión e importa chusma impune que aprende rápido las ventajas de estar en España a efectos de impunidad delictiva y rapiña asistencial. Todo ello a la vez, obligando a la sociedad a situarse en un polo u otro, sin grises ni matices: o se está a favor o en contra, que es lo que busca siempre Pedro Sánchez con su legendaria estrategia de recrear dos bloques enfrentados, a la espera de que el suyo sea algo mayor y se movilice en su favor.

En el viaje casposo del sanchismo siempre se desecha la necesidad de hacer algo de pedagogía, de iniciar cualquier propuesta política con el reconocimiento de los hechos y de, a partir de esa doble premisa, proponer medidas realistas.

Y la realidad es que, entre los millones de inmigrantes, hay un indeterminado número que no trabaja, que vive de ayudas, que delinque y que importa costumbres simplemente incompatibles con el marco legal, social y cultural occidental, que es el de la civilización.

Quien consigue estigmatizarlos a todos, injustamente, es el Gobierno, al negar las evidencias estadísticas sobre todos los efectos secundarios de sus políticas migratorias, definitivamente suicidas con el proceso regulatorio en marcha y el efecto llamada, ya preexistente y ahora aumentado.

Los emigrantes no son un grupo homogéneo, como no lo son los hombres, las mujeres, los franceses o los peces espada. Y homologarlos en un único estereotipo no solo es injusto y peligroso: además es torpe y provoca estragos. Sea para criminalizarlos a todos o para beatificarlos a todos, mientras la ciudadanía contempla, perpleja, a asesinos como el de Esplugues, violadores en manada, caraduras sin frontera, vividores del cuento, delincuentes impunes y sinvergüenzas sin educación.

De todo ello también hay jugosa representación en España, pero de momento la respuesta a ellos no puede ser la Ley de Extranjería, ese papel mojado que en realidad ya permite controlarlo todo, salvo que la idea del presidente sea otra, que parece el caso. Si no nos votan los de aquí, a ver si importamos a otros.

Posdata. Miles de personas se manifestaron por el sacrificio del perrito Excalibur, sospechoso de portar el terrible Ébola. También por el torpe beso de Rubiales a Hermoso. Pero ha habido serias dificultades para encontrar a alguno de ellos, y de sus líderes políticos, protestando por el crimen de Esplugues. Era más fácil encontrarles buscando atenuantes al asesino: que tenía un brote sicótico, y tal. No como el resto de salvajes, que suelen ser catedráticos de Psiquiatría. Qué país.