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El ojo inquietoGonzalo Figar

La vivienda no es el problema

La vivienda refleja problemas más profundos, como el de un país en decadencia que lleva dos décadas sin crecer, con un PIB per cápita plano y salarios reales estancados, que expulsa el talento y no genera las oportunidades que debería. Y no es mala suerte

Dicen las encuestas que la vivienda es la principal preocupación de los españoles. Y es verdad que duele. Los precios están por las nubes, emanciparse se ha vuelto una misión imposible, formar una familia parece un privilegio de otra época y ahorrar para un piso, ciencia ficción. Nadie lo niega.

Pero la vivienda no es el problema. Es un espejo. El síntoma más brutal de lo que somos como sociedad. Y lo que revela nos debería hacer reflexionar.

Lo primero que revela es nuestro instinto para buscar culpables, y hacerlo siempre en los sitios equivocados. En cuanto los precios suben, señalamos al propietario, al especulador, al «rico». Atacamos a quien construye o alquila. Demostramos, una vez más, ese odio profundo a la propiedad privada que llevamos en las venas. Olvidamos que la propiedad es la base de cualquier sociedad libre y próspera. Olvidamos que la mayoría de los españoles que compran una casa lo hacen con el esfuerzo de toda una vida. Castigamos al que crea oferta y luego nos quejamos de que no hay pisos.

Mientras, al que tiene todo el poder, todo el suelo y toda la fuerza del BOE y de Hacienda nunca le echamos la culpa. El Estado es el dueño del terreno (y el que más especula con él), el que no lo libera, el que eterniza los trámites, el que pone controles de precios que hunden la oferta, el que permite la okupación y penaliza al propietario que se atreve a alquilar. Si pones trabas al que quiere construir, si castigas al que saca su piso al mercado, si generas inseguridad jurídica constante, no te extrañe que no haya vivienda. No faltan casas; falta libertad.

Todo esto revela también nuestra incoherencia. Sabemos que el mercado funciona. Crea más y mejores bienes y servicios, más oferta, mejores precios. Lo vemos cada día en tecnología, servicios, transporte, mobiliario, ropa... Todo. Pero justo en lo que supuestamente más nos importa (sanidad, educación, vivienda) decidimos que las leyes de la economía no aplican. Más Estado, más regulación, más intervención. Porque es «un bien esencial». Porque «no se puede dejar al mercado». El mismo estatismo de siempre, fabricando la misma escasez de siempre.

¿Por qué estos tres sectores? ¿Por qué sanidad, educación y vivienda quedan fuera de las reglas que gobiernan todo lo demás? Si hay algo más básico que tener una vivienda es comer. La alimentación es la supervivencia pura. Y a nadie se le ocurre exigir una red de restaurantes públicos y supermercados estatales. Nadie quiere menús decididos por funcionarios, comida mala y un formulario para quejarse si llega fría. Sabemos que sería un desastre. Pues eso mismo es lo que hacemos con esos tres sectores, incomprensiblemente.

La Constitución garantiza una vivienda digna. Bien. Pero aspirar a que todo español viva dignamente no es lo mismo que tener la casa que quieras, donde quieras, cuando quieras, al precio que te apetezca. Nos creemos que unas palabras escritas en un papel crean una realidad mágica artificial, donde todo el mundo vive en la casa de sus sueños, en el lugar de sus sueños, sin costes ni limitaciones. Es como la Montero esta semana diciendo que va a acabar con las listas de espera médicas por ley…

La vivienda refleja problemas más profundos, como el de un país en decadencia que lleva dos décadas sin crecer, con un PIB per cápita plano y salarios reales estancados, que expulsa el talento y no genera las oportunidades que debería. Y no es mala suerte. Es la consecuencia directa de un Estado que trata a sus ciudadanos y a sus empresas como vacas lecheras. Que te esquilma con IRPF, cotizaciones sociales, IVA, impuestos especiales, tasas… hasta que el Día de la Liberación Fiscal llega en julio. Que te asfixia con una regulación que complica abrir un negocio, encarece contratar y penaliza al que prospera. Un Estado que se alimenta de tu esfuerzo mientras tú no puedes prosperar, independizarte ni sacar adelante a tu familia.

Y todo esto se ancla en algo más hondo: una cultura que lleva décadas castigando al que triunfa y premiando al que se queja. Una cultura que mira con sospecha al que crea riqueza, al que innova, al que asume riesgos, al que levanta algo desde cero. Que ve al empresario como un sospechoso, al inversor como un especulador y al que prospera como alguien que necesariamente ha pisado a otros para triunfar. En vez de celebrar a quien tira del carro, al que trabaja, innova, crea empleo y hace prosperar a los que le rodean, lo señalamos, lo penalizamos y lo empujamos a bajar el perfil. Con esa mentalidad no se construye un país próspero; se construye un país que como máximo aspirar a ser mediocre.

La vivienda no es el problema. Es el espejo de un país que culpabiliza siempre al sector privado y nunca al Estado. Un país que olvida sistemáticamente el daño que causa la intervención pública; que desconfía del mercado cuando este ha demostrado que crea riqueza, bienestar y oportunidades. Un país donde ha calado una cultura de la envidia y la sospecha hacia el que triunfa, en vez de una cultura del mérito y del éxito.

Mientras no cambie todo eso, ni la vivienda ni nada tendrán arreglo, por mucho que lo «garantice» la Constitución.