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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Un detalle que delata a un buen tipo

Cuando alguien tan sumamente importante muestra en privado esos rasgos de humildad es que estamos ante una persona de alta calidad humana

Muchas veces los detalles menores y privados son los que muestran de qué pasta está compuesta una persona. Los que ayudan cuando nadie mira, por ejemplo.

Existen personajes de fachada aparentemente encantadora que luego, en su quehacer profesional, resultan ser los clásicos de doble faz que pelotillean hasta el sonrojo al de arriba y pisotean al de abajo. Existen trepas compulsivos capaces de lo que sea por ascender en el escalafón (una vez le escuché a uno de ellos lanzar al jefe y dueño de la compañía la lisonja suprema: «Presidente, cuando tú mueras yo moriré contigo», lo cual desbordó las expectativas de masajeo hasta del propio lisonjeado).

Existen enfermos de soberbia y egolatría, que creen levitar por encima de los mortales y llegan a hacer el ridículo con su vanidad desbordada. Existen los que son más cutres y agarrados que el avaro de Molière. Existen los que no saben perdonar y se pasan la vida en maquinaciones constantes de venganza…

Y luego existen personas encantadoras por naturaleza, que van de frente, que saben ponerse en lugar del otro y lo ayudan, que transmiten serenidad y esperanza.

Por último, estamos la clase de tropa, casi todos nosotros. Somos al tiempo buenos y malos. Andamos en la batalla y hacemos lo que podemos. Intentamos mejorar y llevar vidas virtuosas, pero que de cuando en vez patinamos, como criaturas falibles que somos y que hemos sido repescadas por Jesucristo.

Vamos con una pequeña anécdota que se acaba de conocer ahora y que delata a uno de los buenos. Le ha contado a sus feligreses una cura estadounidense llamada Tom McCarthy y ocurrió a comienzos de julio del año pasado. Un cliente de una sucursal bancaria del sur de Chicago telefoneó a su entidad, porque necesitaba actualizar su cuenta al haberse mudado a Europa. Lo atendió una empleada que le explicó que ese trámite no podía resolverse de manera telefónica o vía internet, tenía que acercarse al banco. El hombre siguió intentándolo, pero la operadora le repitió el reglamento punto por punto. Ante tal inflexibilidad, finalmente el cliente se atrevió a aportar un detalle clarificador: «Le importa si le digo que soy el Papa León...». La empleada le colgó ipso facto, tomándolo por un bromista. Robert Francis Prevost, de 70 años, el líder espiritual más importante del mundo, se quedó sonriendo con su teléfono todavía en la mano.

¿Y qué hizo entonces el Papa? ¿Movilizó a la diplomacia vaticana? ¿Convocó a sus secretarios para que le solucionasen la papeleta? Pues nada de eso. Llamó a un párroco amigo suyo de Chicago y le pidió si podía hacerle el favor de acercarse al banco y explicarles el caso. Finalmente, el director de la entidad accedió a modificar la cuenta: «Es cierto que nuestras normas obligaban a hacer ese trámite en persona. Pero tampoco se trata de perder a un Papa como cliente».

Es una pequeña anécdota, pero que delata a un gran tipo, una persona de naturaleza humilde, serena y educada. León XIV, matemático y teólogo, aficionado al béisbol y tenista amateur, administrador ordenado, tesonero de porte tranquilo y luces largas, misionero en plazas duras, se ha metido en solo un año a la cristiandad en el bolsillo. Su visita a España va a desbordar las calles de alegría y reconocimiento y él se va a encargar, con su fuerza tranquila, de poner a todo el mundo a mirar hacia donde conviene mirar, hacia arriba, hacia Dios. España necesita un poco de altura de miras y esperanza, sacudirse por un rato la histeria política y meditar sobre asuntos más grandes, infinitamente más importantes que las poltronas de turno. ¿Quién se acuerda hoy de políticos que ayer mismo parecían la quintaesencia del poder? Nadie.

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