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Un mundo felizJaume Vives

Alzar la mirada, subir el listón

Por decencia y porque sería egoísta y deshonesto arrebatar tanta belleza a toda una generación. Apartarla del misterio por pretender –sin éxito alguno– ser originales y creernos más listos que quienes nos precedieron

Cuando se trata de evangelizar, el modelo a seguir siempre ha de ser Cristo y los santos. Por ello conviene que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿Ellos cambiaron el mundo mimetizándose con él o fueron completamente diferentes y opuestos a él?

¿Cristo comía con pecadores para compadrear con ellos o les decía: «Vete y no peques más»? ¿Era alguien que los abandonaba a su confusión o ejercía una perfecta mezcla de caridad y verdad? Porque eso último y no otra cosa es la auténtica caridad.

Cristo dijo: «Sea vuestro sí, sí; y vuestro no, no.» (Mt 5, 37)

Y añadió: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros.» (Jn 15, 20) Pues no es más el discípulo que su maestro, y a él lo crucificaron.

Cristo nos pide claridad y asumir las consecuencias de esa claridad, que son la persecución y el martirio. Ese es el modo de anunciar a Cristo y de estar en la vida pública. Siempre difícil, aunque como aseguró san Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13)

El mundo se quedó pasmado con el extra omnes y el desfile de cardenales durante el cónclave. Lo mismo sucede en una vigilia pascual en el Vaticano y en las iglesias que cuidan la liturgia.

Para atraer a los alejados no necesitamos famosos de moda ni fuegos artificiales. Eso es lo que se le ofrece a la gente cada día, y además el mundo es experto en ello, la Iglesia está condenada a las imitaciones baratas. Para atraer a los alejados necesitamos acercarles el misterio, y siempre es mejor el silencio que el ruido, la liturgia cuidada que los fuegos de artificio, anunciar a Cristo sin eufemismos y hablar menos de amistad, solidaridad, y otras paparruchas que ya no significan nada.

Sin duda la visita del Papa a España es una oportunidad para fortalecer a unos en la fe y provocar en otros las últimas preguntas, pero eso es algo que solo depende de él, de Cristo, a nosotros nos toca poner los medios para que se dé. Y esos medios, principalmente, tienen que ver con los sacramentos, que son el principal cauce de la gracia para quienes participan en ellos y para quienes los acompañan.

Está muy bien que nos escuchemos unos a otros, pero quizá no haga falta ser tan originales, y los espacios de escucha mejor sería habilitarlos como confesonarios –especialmente si se prevén colas kilométricas para comulgar–. Está muy bien que cantemos pero mejor sería que aprovecháramos el viaje para algo más que una concatenación de artistas tocando y cantando en estadios abarrotados.

Quizá algunos seamos los raros de la clase, pero sospecho que los santos no cambiaron el mundo ofreciéndole la misma mercancía averiada barnizada de catolicidad. Más bien ofrecieron algo tan distinto, tan claro y sencillo que el mundo descubrió que era precisamente eso lo que su corazón anhelaba. Ofrecieron a Cristo y a la Iglesia, y para ello, si uno cree de verdad en su poder transformador, sobran tantos malabares, distracciones y efectos especiales para que impacte con fuerza en el corazón del hombre. De hecho, los malabares más bien nos distraen de lo esencial.

¡Ojalá, a pesar de todo, la visita del Papa a nuestra patria sea de provecho espiritual! ¡Ojalá como Iglesia abandonemos estrategias caducas, y estrategias en general, y descubramos que tenemos el deber de ser claros, el deber de asumir las consecuencias de serlo, y que hay suficiente belleza en el Evangelio y en la liturgia de la Iglesia, con siglos de poso y sabiduría, para conquistar al mundo entero!

Alcemos la mirada y subamos el listón. Por decencia y porque sería egoísta y deshonesto arrebatar tanta belleza a toda una generación. Apartarla del misterio por pretender –sin éxito alguno– ser originales y creernos más listos que quienes nos precedieron.