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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

El cachondeíto

En el capítulo inicial coinciden varios detenidos en una furgoneta. Escribo de memoria. Uno comenta que le han caído o le van a caer quince años. ¿Pero qué has hecho? —le preguntan. Nada —responde. No puede ser: por nada son diez. El cachondeíto les daba calor

Es lo que al final va a desmontar la trama, la autocracia, el sanchismo, la plutocracia, la plaga socialista. Lo aguantan todo, la historia lo demuestra, menos el cachondeíto. Ya puedes airear cuanto quieras sus infamias, del terrorismo de Estado a las meretrices de los Paradores. Eso no les arruga. Si a Ábalos lo condenaran, lo indultaran, y acto seguido lo recuperaran para la Secretaría General, volvería a decir que es feminista porque es socialista. Nosotros nos quedaríamos de piedra, pero él no. Porque el socialismo español es eso, la absoluta falta de vergüenza. Si Ábalos y Koldo parecen ahora un poco avergonzados es porque los suyos, el club del puño y la chistorra, los hacen de menos: ¡Esos no son socialistas! Ellos se preguntan si será cierto, si a pesar de su biografía de entrega a la causa, en realidad tienen alguna tara (es decir, alguna virtud) que les impide ser socialistas de verdad. Y de esa duda viene el apocamiento que muestran ahora en la otra causa, la judicial. De ahí las cabezas gachas, de ahí que adelgace uno tan deprisa y que al otro le salga pelo tipo Patty Smith, pero más cuidado. Bueno, esto último quizá responda a otro motivo.

Conque los socialistas, mientras lo sigan siendo, parecen blindados moralmente, imperturbables, capaces de mantenerse erguidos en su abyección frente a cualquier temporal de regeneración. Ahí está Sánchez. Y ahí estaba Zapatero. Estaba, digo, porque tienen su talón de Aquiles, como todos los autoritarios, ya sea por la vía totalitaria, ya sea por la vía totalista (totalitarismo gradual y voluntario en sociedades inanes y autodestructivas). Esta última es la del PSOE actual, en la etapa posmoderna, del mismo modo que la primera, la totalitaria, era la propia de Largo Caballero o Negrín, títeres ambos de Stalin. ¿Y cuál es ese talón de Aquiles de todos los autoritarios (de izquierda y derecha)? ¡El cachondeíto! Los mil memes con Zapatero enjoyado no los aguanta la PSOE.

Con eso no pueden. Es como la cruz para los vampiros y para Bolaños, es como el ajo. Quien desee entender la incompatibilidad del socialismo (real, en este caso, aunque vale siempre) con el cachondeíto solo tiene que leer La broma, de Kundera, su primera y mejor novela. Un joven estudiante comunista arruina su vida al enviar una postal a su novia, más comunista que él, donde parafrasea a Marx en coña. Curiosamente, en dos de las obras que me inmunizaron de por vida contra la izquierda, hace ahora cuarenta años, las bromas juegan un papel importante, al menos en mi memoria. En Milan Kundera es evidente. La otra obra es Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn. Allí el humor funciona como caparazón para disidentes y perseguidos. En el capítulo inicial coinciden varios detenidos en una furgoneta. Escribo de memoria. Uno comenta que le han caído o le van a caer quince años. ¿Pero qué has hecho? —le preguntan. Nada —responde. No puede ser: por nada son diez. El cachondeíto les daba calor.

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