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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

El diablo en todas partes

El diablo de Baudelaire debe andar carcajeándose, me digo, de su éxito en esta descacharrante España del segundo tercio del siglo veintiuno

Es aleccionador –además de muy divertido– constatar hasta qué punto solemos olvidar los orígenes, los contextos, y aun los autores, para aferrarnos a grandes apotegmas anónimos que repetimos con aire sesudo. Este, por ejemplo, transmutado en inmemorial axioma y, en la medida misma, vaciado de contenido: «la más bella de las astucias del diablo es la de persuadiros de que el diablo no existe».

Pasa, con la mayor frecuencia, por máxima piadosa, a cuyo cobijo acogerse en la intemporal condición precaria de los humanos. Es lo que tiene truncar un pasaje. Más grave aún es haberlo arrancado de su contexto. Poco excusable, no haberse detenido a identificar al personaje narrativo que lo emite. Imperdonable del todo, eludir el nombre de su autor.

Pasaje completo: «Queridos hermanos míos, no olvidéis jamás, cuando escuchéis halagar el progreso de las luces, que la más bella de las astucias del diablo es la de persuadiros de que el diablo no existe». Contexto: una larga conversación nocturna, en la cual dos platican «acerca de la gran idea del siglo, esto es, del progreso y de la perfectibilidad, y, en general, de todas las formas de la infatuación humana». El personaje literario que emite la brillante fórmula es, por supuesto, el Diablo. ¿Su interlocutor? Naturalmente, un Charles Baudelaire que reflexiona sobre el demoníaco engaño que encierra –¡ya en el París de 1869!– la jerga almibarada del luminoso «progreso».

El diablo de Baudelaire debe andar carcajeándose, me digo, de su éxito en esta descacharrante España del segundo tercio del siglo veintiuno. En donde ya no hay más derecho a existir que el que ser «progresista» otorga: todo lo demás, «cancelado». Y en donde el «progresismo» es justificación más que sobrada de cualquier crimen.

En los años ochenta, el gobierno socialista español de entonces apostó por ir asesinando a los asesinos. Pocas cosas pueden ser, a la larga, más demoníacas para un Estado moderno. Y, sin embargo, funcionó. Todo el mundo sabía quién dictaba las órdenes del GAL. Nadie –o casi nadie– decía nada, sin embargo. El «Señor X» era progresista. Eso lo ponía del «lado bueno de la historia». Esto es, del lado bueno del Satán que impone a las pobres gentes la certeza de que Satán no existe. Y que el mundo «progresa». Hacia lo óptimo.

Sobre la humareda de los trenes de 2004, emergió un señor siempre sonriente y siempre con pocas luces. Soltó las mayores estupideces que se han oído jamás en boca de un político, especie ya de sí no demasiado luminosa por estas tierras. Y triunfó. Y nos hundió a cada de uno de nosotros –no sólo al país, a cada uno de nosotros– en la perfecta ruina. Seguía sonriendo, mientras pulverizaba el oro del banco de España en el peor momento de todos los posibles y mientras el país se descosía por todos sus costados. Y el benévolo ciudadano no apreció en todo aquello nada de diabólico: el ciudadano se conformaba con ruina y con sonrisa inconmovibles, porque, no cabía la menor duda, don José Luis Rodríguez Zapatero era un hombre «progresista». La carcajada de Belcebú debió resonar hasta en lo más cristalino de la bóveda celeste.

¿Diabólica, la estrategia de Zapatero y de su aún más progresista Vicediablo Sánchez? Sí, claro. Pero ellos, por su ser mismo, saben que eso no les será nunca un problema. La gente sigue amando aquel fatuo consuelo llamado «progreso». Y, sí, «queridos hermanos míos, no olvidéis jamás, cuando escuchéis halagar el progreso de las luces, que la más bella de las astucias del diablo es la de persuadiros de que el diablo no existe». Palabra de Diablo. Baudelaire pone la pluma.

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