Sonny Rollins, nunca más
Sonny Rollins ha muerto. La muerte de un solo hombre pesa infinitamente más que todas las vidas podridas de todos los políticos podridos de este país de podrido Estado. Desaparecen. Todos
Se levanta temprano. Como cada día. Justo cuando la noche empieza a diluirse en un platino, la belleza de cuya frescura sabe que no merece. Abre el ordenador. Horribles sordideces ensucian la pantalla. Como cada día. Recuerda a Baudelaire mientras las desecha con desgana: «…Todo periódico, desde la primera línea a la última, es tan sólo un tejido de horrores. Guerras, crímenes, robos, impudicias, crímenes principescos, crímenes de Estado, crímenes privados, una embriaguez de atrocidad universal…» Presente continuo. Hoy, muchísimo más que en el baudelairiano siglo diecinueve.
El «Príncipe de Delcy» esconde joyas en caja blindada, además de cuentas bancarias colosales, además de viviendas estupendas para hijas treintañeras de actividad empresarial ignota, compra además y vende presidiarios a sus torturadores, además revende petróleo a torturadores chinos, además borda primorosas redes invisibles, tenues telas de araña que entretejen empresas instrumentales, o bien oro, o bien dudosas materias que un avión misterioso transporta hasta Barajas bajo supervisión (¿cantará?) de Ábalos… No es más que una minúscula parte de lo que hizo. No lo infravalora. Pasa deprisa sobe todo ese cieno que ya ni le sorprende. Será porque va haciéndose viejo. Será porque a las dosis de asco que ha debido tragar en la política del último medio siglo sólo se sobrevive generando anticuerpos. Y porque medio siglo de anticuerpos no pasan impunemente. Lee deprisa. Asqueado: eso nadie lo cura.
Y entonces, justo cuando va a apagar el ordenador, asfixiado por tanta pestilencia, tras leer la última de las canalladas del más repugnante entre los políticos españoles de este siglo, la noticia le golpea. Y toda esa basura es nada. Sonny Rollins ha muerto. La muerte de un solo hombre pesa infinitamente más que todas las vidas podridas de todos los políticos podridos de este país de podrido Estado. Desaparecen. Todos.
Y no tiene siquiera que revolver para encontrar los viejos discos. Aunque haga mucho que no suenan: sencillamente porque los dispositivos para hacerlos sonar, ya ni se fabrican. Da igual. Puede seguir escuchando a Sonny Rollins en cualquiera de los depósitos digitales de música que proliferan en la red. Para algo decente había de servir ese infinito muladar en el que han convertido lo que pudo ser el instrumento de conocimiento más poderoso de la historia humana: Internet.
Puede seguir escuchándolo. Desde luego. Pero debe siempre tener ante sus ojos el soporte material que le sigue diciendo que eso que escucha lo hizo un tipo portentoso. No una máquina superlativamente autoprogramada. Que también podría hacerlo. Pero deja a las máquinas que escuchen a las máquinas. Aunque bien sabe, como cualquier ciudadano que escuche música lo sabe, al portentoso Mozart autor de curiosas obras «para autómata»: la Fantasía nº 1 para órgano mecánico en fa menor (K. 594) y la Fantasía nº 2 para órgano mecánico en fa menor (K. 608), por ejemplo. Al ritmo al que va la cosa, no tiene la menor duda de que muy pronto –si hay suerte, tal vez no llegue a verlo–, los ordenadores vencerán a Mozart, como venció Deep Blue, en ajedrez, a Gary Kasparov poco antes de que acabara el siglo veinte. Y como lo hizo AlphaGo con el coreano Lee Sedol, campeón mundial del aún más endiablado juego de Go, diecinueve años más tarde. No hay manera de evitar eso.
O sí, hay una. Lo sabe. Dejad que las máquinas jueguen con las máquinas. Y lean a las máquinas. Y escuchen a las máquinas. Saca de su estantería la caja con los discos de Sonny Rollins. Mira en silencio sólo la elegante portada en negro. Sobre la cual, trazos en oro viejo dibujan a un saxofonista, apenas reconocible, atenazado a su plateado instrumento. Escucha. En su memoria. Sin máquina que reproduzca ruido alguno. No hace falta. Todo, absolutamente todo, está en su recuerdo. Los amigos muertos, como la música que nadie volverá a hacer sonar: Yesterdays, Round Midnight, Afternoon in Paris, I remember Clifford, Django… Puede que él vaya a ser uno de los últimos en cuya memoria suene el silencio de eso. Es más que verosímil que esa caja –como tantas cosas suyas– acabe pronto en el basurero. Cuando él no esté. Le da lo mismo.
Escucha a Sonny Rollins.