¿Por qué Sánchez no está imputado?
Cuidado con las prisas, que quizá las cargue el diablo
Si Pedro Sánchez no fuera presidente del Gobierno, a estas alturas de la película de terror que él dirige y protagoniza desde 2015, estaría imputado por varias causas. Ni una sola de las conocidas hubiera prosperado sin su liderazgo, participación y consentimiento, por acción u omisión.
La cloaca se montó en su partido para ayudarle a él; a Ábalos le dio los máximos galones en el partido y en el Gobierno, le mantuvo contra viento y marea y le renovó como diputado cuando ya eran públicas y notorias sus andanzas; a Zapatero le promocionó y alineó su política exterior con sus negocios (algo gravísimo de lo que se habla poco); a Cerdán le dio las llaves de la caja fuerte y a cambio le encargó los pactos nefandos con Junts, el PNV y Bildu; su esposa y hermano prosperaron con él mirando para otro lado o llamando a escondidas para que le beneficiaran. Y no hay rescate público, contrato millonario, compra de mascarillas, licencia de hidrocarburos y ladrillazo que haya podido salir adelante sin su firma, su plácet o su pasividad dolosa.
Por mucho menos a otra persona, sin su condición, le hubiesen citado como testigo ya para, a continuación y tras tomarle declaración, convertirle en investigado: ya puede cantar gregoriano el coro gospel de meretrices sanchistas que, por la mitad de la mitad de la mitad, ningún otro ser humano del planeta democrático seguiría indemne y permitiéndose, además, acosar y coaccionar a los jueces, guadias civiles o periodistas que hacemos nuestro trabajo.
Todo ello desde la ilegitimidad de un cargo que se gana por votos directos en las urnas o con mayorías parlamentarias estables y constructivas, y no comprándose el apoyo efímero para una investidura a cambio de convertirse en cómplice de las fechorías de tus prestatarios.
Y pese a ello, es de desear que ningún juez se deje llevar y considere necesario acelerar los trámites para juzgar a Sánchez, por una única razón ajena a los méritos judiciales del siniestro personaje, que son los mayores y peores que se recuerdan.
La cuestión es que, para hacer eso, no quedaría otra que solicitar un suplicatorio en el Congreso, trámite imprescindible para judicializar las posibles causas de un aforado. ¿Y qué creen que ocurriría si algo así sucediera desde el Tribunal Supremo, la instancia señalada para tal fin?
Pues no hay que ser muy lince para adivinar que el Parlamento lo rechazaría, con los votos de la misma mayoría ocasional y destructiva que hizo presidente a un pelele, con el único objetivo de hacerle rehén y colaborador necesario de sus abyectos planes. Y ese rechazo no solo salvaría a Sánchez de la causa en ese momento, sino que haría imposible reabrirla en el futuro: quedaría archivada para siempre, y todos sus abusos por tanto impunes.
Que el escudo de Sánchez no sea la naturaleza decente de su comportamiento sino la mafiosa condición de sus alianzas le retrata como a nadie. Pero también da una pista a quienes consideren, como servidor, que la profundidad del daño que ha causado no se solventa con su desalojo de La Moncloa, con urnas de por medio, y que solo podrá empezar a repararse si al precio político se le añade otro judicial, institucional y público.
Lo que va a medir al próximo Gobierno, en fin, no va a ser solo su disposición a proponer una enmienda a la totalidad del sanchismo. También su energía para ajustarle las cuentas, hacerle pagar sus pecados y no dejar bajo las alfombras ni una sola oportunidad de enfrentar a esta calamidad con la historia, los juzgados y la ciudadanía. Todo lo que ha hecho y todo lo que aún hará no puede quedar impune, pero cada cosa a su momento.