El acantilado
Pero nada tan dramático como lo de Iván. Diseñó la moción de censura en Murcia, y patapún. Diseñó la campaña contra Isabel Ayuso, y patapún pun. Organizó la entrevista de Sánchez con Biden en los pasillos de la OTAN, y patapún, pun, pun. Lo último colmó el vaso
¡Viva Cuba libre!
Iván Redondo, el Rasputinín de La Moncloa, proclamó días atrás que si Pedro Sánchez le ordenaba lanzarse a un barranco lo haría sin titubear. El problema es que Sánchez no se lo ha ordenado. Pero lo ha llevado hasta un prado jugoso de hierba, un restaurante para vacas, de la costa norteña. Y han admirado juntos el paisaje, con la mar embravecida y las rocas de los farallones puntiagudas entre la espuma. Una panorámica impresionante.
–Dime, Iván, que tan bien me has servido, ¿Cómo puedo premiar y agradecer tu dedicación? ¿Qué deseas?
–Deseo seguir sirviéndote como ministro de la Presidencia.
En ese preciso y precioso momento, Sánchez, con un gesto muelle e inesperado, ha empujado a Redondo, y éste, después de perder por el viento su entretejido capilar, se ha estrellado contra las rocas del sopié del acantilado.
–Uno menos, ha dicho Sánchez de retorno al helicóptero oficial.
José Luis Ábalos, ministro de Transportes, no aventuró barrancos ni saltos al vacío. Fue el ministro que se tragó todos los marrones de Sánchez. El tenedor de las maletas de Delcy. El que daba la cara por su amigo y presidente del Gobierno. Sánchez le consultó el cambio de seis ministros. Y obtuvo su aprobación. Pero no le consultó el séptimo cesante. Era él. Y con toda la razón del mundo y del otro mundo, Ábalos se ha sentido traicionado. Cuidado con Ábalos, que tiene un guardaespaldas capaz de dejar tonto a un gorila de espalda plateada de un puñetazo en los morros. Y cuidado con él, que sabe más cosas de Sánchez que el propio Sánchez, que se olvida de todo lo que le molesta.
–Dime, José Luis, que tan bien me has servido. ¿Cómo puedo premiar y agradecer tu dedicación? ¿Qué deseas?. Y Ábalos, emocionado, le respondió:
–Me gustaría, ya que nos la vamos a cargar, sustituir a Carmen Calvo en la vicepresidencia primera del Gobierno.
–Dálo por hecho, querido, José Luis. Y lo echó del Gobierno.
Carmen Calvo a la calle. Y el pobre ministro de Justicia, y el astronauta, y ni rozar a los ministros de Podemos, que éstos no se andan con chiquitas. Sigue el tonto de la carne, el vago de la Universidad, la mema con niñera y exnosesabequé de Pablo Iglesias, y la asnal Belarra, amén de Yolanda, la economista de los tres «másteres» falsos. Sigue el desdichado Marlasca porque nadie se ha atrevido a sustituirlo y cargar sobre sus espaldas el saco de basuras del peculiar individuo. Y la confusión se ha adueñado del PSOE. Y de Iceta, el danzarín.
Pero nada tan dramático como lo de Iván. Diseñó la moción de censura en Murcia, y patapún. Diseñó la campaña contra Isabel Ayuso, y patapún pun. Organizó la entrevista de Sánchez con Biden en los pasillos de la OTAN, y patapún, pun, pun. Lo último colmó el vaso. Se había convertido el del peluquín en el sujeto más influyente del Poder, pero el exceso de confianza en sus habilidades le jugó una mala pasada. Y Redondo ha dejado de existir.
«El problema de Sánchez es que, además de osado, narciso y loco, es muy mala persona», me ha comentado mi corresponsal secreto en Ferraz. No me ha sorprendido en absoluto esa revelación. Perder la delicia del Poder es una canallada. Ahí tienen al pobre Pablo Iglesias, que no ha firmado todavía con Roures porque Roures, entre otras cosas, no está para firmar nada.
Recibió el cese el ministro de Franco Gual Villalbí. Juan Pérez Creus, poeta satírico le dedicó un pareado con pie quebrado.
Con Gual o sin Gual…
Es igual.
Manuel Arburúa, también ministro, tuvo la delicadeza de llamarlo. Fue el único que lo hizo.
-Amigo Gual, ¿Cómo estás?
-Jodido, Arburúa, jodido.
Eran más sinceros.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 14 de julio de 2021