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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Un silencio prodigioso

Resultaba extraordinario ver a medio millón de chavales totalmente callados, recogidos y rezando a Dios, muchos con lágrimas en los ojos

Impresionado por lo que se vivió en la vigilia del Papa con los jóvenes, más tarde, al ponerme a leer un poco antes de dormir, aparqué la vieja obra maestra con la que estaba, El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, y eché mano de uno de esos libritos de aforismos del escritor católico francés Christian Bobin, que se murió en 2022. Con sus textos líricos puedes picotear por cualquier parte, porque siempre encuentras alguna metáfora de las que limpian un poco el alma.

Pero a veces Bobin también se enoja y deja algún recado, como este con el que me topé al leerlo anoche: «Se jactan de poseer un espíritu libre y, cuando se les habla de Dios, se ponen tan furiosos como un perro que da tirones a su cadena cuando pasa un vagabundo». La cita parecía escrita para el tono displicente con que algunos acogen el sensacional fenómeno espiritual que está suponiendo la visita de León XIV a España.

Me siento a ojear los periódicos a las siete y media de la mañana del domingo. Oigo voces y cantos en la calle. Me asomo al balconcillo y veo que son grupos de muchachos que ya caminan a coger sitio para la Misa de Cibeles. No habrán pegado ojo. Pero transmiten una alegría que da envidia (sana).

En España aparecieron al final de la primera década de este siglo un grupo de nuevos columnistas, que montaron una especie de lobby de mutuo elogio. Iban de jóvenes rompedores, y hoy mantienen la pose, a pesar de que ya están más en la cincuentena que en la veintena. Algunos gastan muy buena mano literaria y cierto ingenio humorístico. Pero su problema es que no se mojan ni con agua caliente. Lo suyo es la eterna adolescencia, con una mirada de superioridad irónica sobre todo lo que los rodea y cero compromiso con los problemas de su nación (para ellos, por ejemplo, la amenaza separatista, la mayor que padecemos, no existe).

Uno de esos jóvenes artistas, pronto de 48 tacos, ha sido consignado por la Prensa Global para hacer una crónica de autor de la multitudinaria vigilia del Papa con los jóvenes. Lo que él ha visto allí es «una mezcla de campamento, romería y final de Eurovisión». Además presenta a los fieles católicos como contrarios a intentar entender los fundamentos de las cosas («esa moda de querer entenderlo todo», «hay que sentir»). El cronista prefiere no darse por enterado de que no existe institución que más esfuerzo haya dedicado al estudio intelectual de su materia que la Iglesia Católica, que ha dado infinidad de sabios –el último Benedicto XVI– y que obliga incluso a sus seminaristas a estudiar a grandes filósofos que refutan la fe.

Apena un poco que personas de talento opten por mostrarse como cáscaras vacías, movidas solo por el paradigma divertido-no divertido y por el apego a cierto izquierdismo de salón (posición que comparten algunos columnistas de seudo derecha, que en realidad exudan Pensamiento PSOE).

En el acontecimiento que la prensa oficialista llama «acampada del Festival de Eurovisión» se produjo un momento de silencio que impresionaba, que paraba los relojes. En unos tiempos de taquicardia digital y déficit de atención galopante, 600.000 chavales rezaban en silencio mientras el Papa oraba ante la Custodia y luego les presentaba al Altísimo. Muchos chicos incluso lloraban conmovidos. ¿Y por qué lo hacían? ¿Por una moda viral de TikTok? No, porque sienten actual y suyo el mensaje de Jesús. «El Señor resucitado está vivo en medio de nosotros y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros», recordó el Papa en su homilía solemne en Cibeles.

León XIV, de 70 años y porte reservado, no monta un show desde el escenario, no se acompaña con efectos especiales, no intenta ganarse al público con chanzas y lisonjas facilonas. Se dirigió a los jóvenes como adultos que son, con el respeto y la seriedad que se merecen, porque tenía que comunicarles algo que lo cambia todo, el más importante de los mensajes: «Con Cristo el amor es más fuerte que la muerte». Además, les recomendó las bondades del silencio en unos tiempos de hedonismo extravertido y furia sectaria.

«Paz, amor, justicia y alegría». «Volvamos a Dios con amor sincero». Así predica León XIV en Madrid. Millones y millones de españoles han hecho suyas esas palabras desde hace siglos. Su fe es fácil de entender y respetar. Salvo que prefieras calarte en los ojos la venda de un relativismo snob.

Somos polvo en el viento y si eliminamos a Dios de nuestra ecuación vital nos quedamos solo en un mal chiste. O dicho de otro modo: dentro de mil años nadie se acordará de que existió algo llamado Primavera Sound, pero el mensaje de Cristo seguirá vigente, porque Dios no caduca.

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