Poniendo muros a tus vecinos no te haces querer
Infinidad de catalanes están tan hartos como el resto de los españoles de que una minoría fanatizada convierta su tierra en un lugar problemático
En Cataluña también ha ocurrido, por supuesto: los fieles estaban ahí, esperando, ávidos de dar la bienvenida a León XIV, que se ha metido a España en el bolsillo con su firmeza tranquila, su hondura de pensamiento y su sonrisa paciente. Los barceloneses hasta le han perdonado que sea del Real Madrid, según ha confesado en esta visita.
Pero aunque todo ha ido bien, un catalán de pura cepa, un joven padre de familia católico, de mente inteligente y templada, me expresaba un pesar. Él alberga la sensación de que la visita a Cataluña se ha organizado con el freno de mano echado: «Me duele decir como catalán que me da una cierta envida lo que ha pasado en Madrid, el recital que se ha dado, la participación masiva, el buen ambiente, todo el mundo volcado… Aquí ha habido, no sé cómo describirlo... una especie de miedo por parte de la organización. Se fue a lo mínimo, evitando actos realmente masivos, limitando el paso por la calle del papamóvil a un recorrido de kilómetro y medio. Es una pena, porque tal y como se está demostrando, aquí hay público para más, se ha infravalorado la fuerza del catolicismo en Cataluña».
Me temo que sus palabras llevan bastante razón. El propio Papa rompió dos veces el protocolo nada más llegar para acercarse a la gente y dejarse ver. Quizá la organización temía además a las banderas españolas –en la plaza de la Seo se veían unas cuantas y casi ninguna catalana– y a un Papa castellanohablante y muy amigo de España.
A la vigilia de Madrid asistieron 650.000 chavales, porque en la capital de España se dio pista libre a acoger la buena nueva del Papa, poniendo incluso parte de la Castellana a su disposición. En Barcelona, para el acto equivalente se eligió un aforo de 40.000 personas. Ha sido también un éxito, pero por supuesto se habría duplicado o triplicado la asistencia de haberlo abierto a más gente. De hecho centenares de personas se agolparon a las puertas del Estadio Olímpico con la esperanza de poder asistir.
Y por supuesto, nunca pueden faltar las preceptivas motitas de presión nacionalista. En los prolegómenos del acto en el Estadio de Montjuic, lo primero que hizo la organización fue montar una especie de karaoke para enseñar a cantar en catalán el himno de la visita, Alzad la Mirada. Como telón de fondo, frikismo desatado desde Waterloo, con el Napoleón de frenopático del separatismo invitando a sacar las esteladas a la calle para decir no «al renacimiento del catolicismo franquista».
La otra Cataluña, esa infinidad de catalanes que están hasta las meninges de la presión fanática, de una obsesión «identitaria» excluyente que en nada ayuda a su tierra, tienen que empezar a plantarse en serio contra una antigualla estéril que preconiza que uno de Tarragona es muy distinto y superior a uno de Murcia. Y por supuesto, los que defendemos la idea de España en positivo tenemos también que hacer mucho más en Cataluña. De entrada, estar presentes. Un ejemplo, ¿tenían ayer los Reyes de España, o en su caso la Princesa, algo mejor que hacer que haber recibido al Papa en el aeropuerto de Barcelona y haber asistido a su acto de la catedral? Pero no, se envió como única autoridad de fuera de Cataluña al ministro de Hacienda, prácticamente un desconocido, porque hay que mantener en todo momento la ficción que ha impuesto el nacionalismo de que allí ya hay un país que vuela solo y en el que España pinta muy poco. O nada.
Católico significa universal. Ojalá que el baño de cosmopolitismo que supone la visita de León XIV, que en su llegada a Barcelona apeló reiteradamente a la unidad, suponga un punto de inflexión y la Cataluña oficial empiece a abrazar a sus vecinos en lugar de propinarles puntapiés altivos. El acto de Montjuic, televisado en directo, interesaba en toda España, todos lo queríamos ver. Pues bien, lo arrancaron con dos presentadores gafapasta hablando solo en catalán y saludando solo a las diócesis catalanas y de los «Países Catalanes». En fin, haciendo amigos... Como siempre.