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Lo recuerdo perfectamente. Era verano de 2012 y yo era becario del diario MARCA, una de las redacciones con más talento que he conocido nunca, en contra de lo que mucha gente –equivocadamente– piensa. Me mandaron a la T2 de Barajas a hacer guardia porque nos había llegado que José Mourinho volvía esa noche de sus vacaciones para iniciar su tercera temporada en el club. El curso anterior había ganado la Liga de los Récords (con 100 puntos y 121 goles), Guardiola se había ido del Barcelona, el Castilla de Carvajal, Jesé, Morata y Joselu había ascendido a Segunda División… La cosa, sobre el papel, pintaba bien. Tan bien, que las preguntas que llevaba ensayando desde la tarde no tenían mucha cosa: que si este año la Champions es la prioridad, que qué planes tienes con Fernando Gago, que vuelve tras cesión... ¡Fernando Gago!

Se abrió la puerta de la terminal y apareció José Mourinho y su acompañante, un hombre al que recuerdo bajito y cargando con algo. Me coloqué a mano izquierda del entrenador y caminé junto a él, sudando como un pollo, mientras recitaba cada una de mis preguntas. Todas fueron respondidas con una sucesión de noes, monosilábicos, recordándome que no se iba a poner a hablar conmigo. Por entonces, un acuario recorría buena parte de la terminal. Salí de Barajas con la misma información que si les hubiera preguntado a los peces de colores.

Lo que vino después, comenzado el curso, fue bastante desagradable. Pese a los triunfos recientes, Mourinho se había enemistado con muchísima gente. Un año antes le había metido el dedo en el ojo a Tito Vilanova (que ese año sustituía a Guardiola) y tenía facturas sin cerrar con un gran número de periodistas, que vivían cada rueda de prensa como una competición por ver quién conseguía descarrilar a Mourinho; es decir, sacarle el exabrupto que luego repetirían las televisiones a la hora de comer.

A mí aquella cacería del elefante me producía un poco de lástima, francamente. Me daba igual que el Madrid ganara o perdiera. Bastante tenía yo con no tartamudear en sala de prensa. Sí es verdad que a Mourinho se le caducó el libreto. En diciembre estaba a 13 puntos del Barça, enfadado con los capitanes, picado con Cristiano y a palos con un portero que tapaba menos que un bañador de Aitana. Pese a todo, a Mourinho le reconocía la valía y le respetaba como persona, faltaría más. Pero ese verano aprendí que un periodista deportivo prefiere antes llevar la razón que llevarse un título. Y que entre ver ganar a 'su' Madrid o ver palmar a Mourinho, mucho mejor lo segundo.

Me van a perdonar esta columna en primera persona. Ya lo siento. Podía escribir del Papa (hoy lo hace Luis Ventoso, seguramente mejor que yo), de las joyas de Zapatero (qué pena no haberlas comprado cuando dijeron que valían 30.000 euros) o de la vuelta de José Mourinho… así que he elegido esto último, que además nos recuerda que la vida da muchas vueltas. Y que las segundas oportunidades, como el amor y la fatalidad, también existen.