Fundado en 1910
Palabra de honorCarmen Cordón

Grupo cero

Hay muchos tipos de vergüenza: la íntima, la social, la moral… Pero, la que a mí me supera es la vergüenza ajena, porque esa no depende de mí. Me convierte en espectadora del naufragio del pudor en cuerpo ajeno. Y esta, la que estamos viviendo en España, parece no tener fin

Amanecer. Aeropuerto. No es ni de noche ni de día: esa hora turbia en la que el mundo parece estar aún sin montar. Reiniciándose. No hay nada más perturbador que una madrugada antinatural impuesta para coger un avión, ese andar a golpes de conciencia, desconectada del mundo.

«Bórdinpasss», me dice, sintética, una muchacha de rasgos andinos antes siquiera de que cruce la puerta. Busco, medio atontada, la dichosa tarjeta en el móvil. ¿Por qué ya no dejan entrar por la puerta del fondo? Ahora solo abren el acceso central para ir a todos los sitios. Yo, que ya me sabía el truco de pedir al taxi que me dejase doscientos metros más adelante para ahorrarme la caminata dentro de la terminal, me encuentro de pronto apiñada y reconducida hacia un cepo ganadero.

Tras kilómetros de pasillos serpenteantes, vacíos, improvisados con cintas, alcanzo la puerta de embarque ya resignada a una nueva clasificación corderil de grupos, subgrupos y privilegios de corral. Miro mi grupo. Bien: soy del grupo 1.

«Psss, psss, oye, ¿adónde te crees que vas?», dice una señorona muy perfumada. Sin duda importante, al menos así lo cree ella y procura hacérnoslo saber a todos. Me da dos golpecitos con el dorso de la mano y empuja su presencia contra mí.

«Soy grupo 0».

Enrojezco. Noto cómo palpita la venita azul que me recorre longitudinalmente la frente. Sonrío, me aparto, la cinta me oprime, me disculpo cien veces. Ella, airada por tanta estrechez, coloca de centinela su maleta haciendo suya mi posición anterior, y brama hacia las chicas del mostrador exigiendo que se delimite su propio corral. «¿El grupo 0 dónde va?!» Está claro que el 0 debe de ser la aristocracia de sangre de las aerolíneas. La suma sacerdotisa del embarque preferente vuelve, me mira indignada por tener que compartir corral conmigo y me da la espalda. Coloca su trolley como parapeto fronterizo sobre mis pies y va ganando terreno poco a poco, centímetro a centímetro, como si no se diese ni cuenta. Me aparto. Me quedo callada. Miro el móvil. Sus rizos caen sobre mi pantalla.

En fin… ¿Por qué soy así? ¿Por qué me impresionan los que gritan más que los demás? ¿Por qué me amilano ante estos ridículos? ¿Dónde terminan la buena educación y el respeto, y dónde empiezo yo a ser una cobarde?

Toda la vida he sido vergonzosa. De niña ni siquiera era capaz de pedir permiso para ir al baño, lo cual, al acumular retrasos fisiológicos, me llevaba a aprietos mucho peores que la propia petición. Soy incapaz de pedir un favor. No quiero molestar. No me gusta invadir. No puedo decir que no cuando ya he dicho que sí, defecto que me trae por el camino de la amargura. No se me ocurre acelerar el paso para adelantar a la señora del bastón para ponerme primera de la cola. No puedo dejar que se cierre la puerta del ascensor si veo venir a alguien.

Es una tendencia natural a retirarme antes de tiempo. Me adelanto al mal rato, temo el conflicto. Lo de esta señora es un desgaste innecesario, energía mal empleada. Prefiero apañarme en silencio, organizarme y conservar las fuerzas para combates necesarios, ineludibles.

Nunca he entendido la falta de pudor. Mi madre me decía: «Picuca, la timidez, a partir de los dieciocho años, es falta de educación». Toda la vida esforzándome en superarla para descubrir, al final, que la vergüenza es necesaria para la convivencia de nuestra especie. Hay comportamientos que deberían provocarnos, antes de cruzar ciertas líneas, un instante de vacilación, un rubor, una alarma interior. Vergüenza.

Vergüenza de llevar a tu primogénita a una universidad privada en Inglaterra mientras te dedicas a atacar y mermar las universidades privadas en España a base de informes vinculantes, exigencias de masa crítica y discursos contra los «chiringuitos educativos»; vergüenza de utilizar el Falcon para tus caprichos a cargo del contribuyente; vergüenza de estar procesada por delitos de tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y malversación de caudales públicos y, aun así, pedirle a un juez que te permita plantarte en una cumbre de la OTAN, exhibiendo ante el mundo que España es tu república bananera particular; vergüenza de codirigir un máster y ponerse al frente de una cátedra extraordinaria con un título de marketing de la señorita Pepis, pasándose por el arco del triunfo las sólidas carreras docentes e investigadoras construidas durante años de esfuerzo; vergüenza de no perderte ni una cabecera del 8M, con tu melena al viento, cuando tus mayores éxitos se basan en ser la mujer florero de Sánchez; vergüenza de los negocios familiares de saunas. Vergüenza de no sentir vergüenza.

Me pregunto qué sentirá su hija, la que parece que se gradúa sin trampas de esta familia. ¿Habrá españoles en esa graduación en el Reino Unido? ¿Detectará sus miradas de desdén? O se hará la loca, como esta señora del grupo cero. No puedo imaginármelo; a mí mis padres nunca me dieron más que motivos para sentirme profundamente orgullosa.

Hay muchos tipos de vergüenza: la íntima, la social, la moral… Pero, la que a mí me supera es la vergüenza ajena, porque esa no depende de mí. Me convierte en espectadora del naufragio del pudor en cuerpo ajeno. Y esta, la que estamos viviendo en España, parece no tener fin.

En fin, señora, aquí tiene su maleta. Pase usted con su marquesado sobre ruedas. El mundo es de los desvergonzados. Del grupo cero.