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Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

Moncloa años 20

El Gobierno deplora el recuerdo de monseñor Argüello de una vieja y famosa cita de san Agustín. No cabe esperar que un miembro del Gobierno haya leído, ni siquiera que conozca su existencia, 'La Ciudad de Dios'

En algunos países en los que existen estados corruptos, las mafias actúan dentro de las instituciones, dirigidas por los gobiernos o parte de sus miembros. En los casos, como los Estados Unidos, en los que existe escasa corrupción política, las mafias actúan desde fuera y contra las instituciones. La Policía combate a las mafias, aunque pueda haber casos de corrupción en su seno. En el primer caso, las instituciones como los jueces y la policía pueden luchar contra la corrupción pública. Pero las mafias siempre existen de uno u otro modo.

En el caso español, el Gobierno es el fruto del acuerdo entre tres grandes grupos de intereses que controlan la Moncloa: el PSOE, los comunistas y los separatistas. Coexisten y pactan porque, en principio, todos salen ganando. Cada uno puede presentar su propio balance. Cabría preguntar quién tiene «cogido» a quién, quién es el chulo y quién el chuleado. O, tal vez, los tres sean las dos cosas.

El primero que gana es el Ejecutivo porque obtiene el máximo poder, la Moncloa, pero un poder demediado y sometido. Sería precipitado, si no directamente falso, pensar que Pedro Sánchez tiene el poder supremo. Es un poder condicionado y dependiente. Los comunistas de Sumar ganan poder y gobiernan en coalición con el PSOE. Presionan al Gobierno y obtienen parte de sus pretensiones. Actúan a veces como si fueran oposición, pero son el Gobierno. El vicepresidente no puede ser a la vez el jefe de la oposición. Los separatistas obtienen más y más concesiones a cambio de su apoyo parlamentario. Naturalmente, con el efecto de conducir a España a un desguace por entregas.

Hasta ahí estamos ante un juego político ilegítimo e inmoral, que se mantiene de manera precaria e inestable. Y ello porque el arreglo entre ellos tiene un alto coste y un riesgo permanente de ruptura. Se mantiene porque todos ganan algo y piensan que, en principio, más de lo que obtendrían mediante la separación. Naturalmente, nada hay aquí que tenga que ver con el bien común o el interés nacional. ¿Cuál es el programa de gobierno? ¿Dónde están los presupuestos? ¿Qué previsiones pueden hacer los ciudadanos?

Pero junto a estos beneficios mutuos existen inconvenientes para todos. Primero, porque nadie puede presumir realmente de gobernar, sino de trapichear. Gobernar no es mercadear en el zoco parlamentario. El PSOE va perdiendo incesantemente apoyo electoral y pierde todas las elecciones salvo el anómalo caso catalán, y pierde también el último vestigio que pudiera mantener de prestigio político. La socialdemocracia ha muerto. Es un Gobierno mantenido y sumiso. Sumar se deslegitima incluso como izquierda comunista y sufre la esquizofrenia política gubernamental. No se puede estar a la vez en la barricada y en la Moncloa. El aumento de la miseria y la situación de la vivienda son, entre otras cosas, responsabilidad primera del Ejecutivo. La consecuencia es un imparable desdén de los ciudadanos que los arrinconan hacia la inexistencia. Los separatistas parecen los ganadores sin pérdidas, pero no es así. Van arrancando reivindicaciones antiespañolas y anticonstitucionales, pero el apoyo al Gobierno les hace también cómplices de sus desmanes. Sin estar en el Gobierno, no dejan de desgastarse. Y van perdiendo apoyo electoral. Por ejemplo, Junts.

Y así llegamos a la corrupción. Ni así dejan caer al Gobierno. Le piden que se vaya y que convoque elecciones generales o que proponga una moción de confianza, pero no le dejan caer. Aquí es donde la comparación con las viejas bandas empieza a sustentarse. El Gobierno deplora el recuerdo de monseñor Argüello de una vieja y famosa cita de san Agustín. No cabe esperar que un miembro del Gobierno haya leído, ni siquiera que conozca su existencia, La Ciudad de Dios. Si no es por la justicia, los estados no se diferencias de las bandas de malhechores. Las bandas mafiosas tienen jefes, normas internas, algo así como jueces y ejecutores de las sentencias, imponen sanciones, recaudan dinero y lo gastan y normalmente operan en un territorio. Es lo mismo que un Estado, salvo por el pequeño detalle de la justicia. Solo esta puede diferenciarlos de las bandas. También existe alguna diferencia entre las formas de actuar de las mafias estatales y las privadas. A las primeras les basta con corromper, sin que les sea necesario el asesinato. Y no siempre. Moncloa años 20.

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