Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El lacerante silencio del rey de Marruecos

Al hedonista Mohamed VI no le merece el menor comentario que hayan muerto casi un centenar de sus súbditos tras abrirles la frontera en Ceuta

Un hombre español cuarentón rompe a llorar cuando está ofreciendo su testimonio ante las cámaras, con la playa de Ceuta a sus espaldas. Ha sacado del mar a un bebé de solo cuatro meses. Al recordarlo se le quiebra la voz y es incapaz de seguir hablando. Las escenas que se han vivido en Ceuta, donde la mayoría de los muertos son chavales marroquíes, han sido de una dureza espeluznante. Las zapatillas deportivas flotaban en el agua del Tarajal como una desgarradora metáfora de un espanto que se pudo haber evitado.

Poco se está hablando del responsable último de este horror, Mohamed VI, sin cuyo plácet no se mueve una hoja en Marruecos y que pudo haber dado la orden de cerrar la frontera y evitar la escabechina. Llegó la contraria: sus guardias se cruzaron de brazos.

El Rey de España ha expresado a través de sus portavoces su «indignación». El Ejecutivo marroquí se ha limitado a repetir la misma excusa utilizada por Sánchez: la culpa es de las mafias, que azuzaron a los jóvenes a través de las redes. Por su parte Mohamed VI, que el día del asalto celebraba su Fiesta del Trono, ni siquiera ha dado acuse de recibo de la tragedia.

El rey, que cumple este mes 63 años, posee una de las mayores fortunas de África, con un patrimonio según Forbes de 5.200 millones de dólares. Se trata de una mezcla de hedonista huidizo y sagaz estratega, que se ha movido bien colocándose bajo el paraguas de Estados Unidos.

Llegó al trono en 1999, con etiqueta de modernizador y liberalizador tras la mano de hierro de su padre, Hasan II. Pero ha hecho un Lampedusa: todo tiene que cambiar para que nadie cambie. Allí manda el rey. Y punto. El susto de la Primavera Árabe lo llevó a aprobar en 2011 una nueva Constitución, en teoría con más democracia y más derechos para las mujeres. Pero se reservó la potestad de nombrar y cesar al primer ministro, pudiendo elegir a quien quiera dentro del partido ganador de los comicios. Controla también con puño de hierro el ejército y la judicatura.

El bolsillo de Mohamed rebosa gracias a la Al Mada, el holding que creó la familia real en 1966 y que es la primera empresa de Marruecos muy de largo. Controla bancos, minería, alimentación, seguros, energía… El sultán es también el mayor productor agrícola del país. Le gusta la opulencia más elitista y pasa casi medio año en sus mansiones del extranjero, entre las que destaca su palacete de París.

Aunque Marruecos ha avanzado, continúa resultando un desastre frente a nuestros parámetros: el PIB per cápita es de solo 4.000 euros (34.000 en España), el salario mínimo está en 300, el 37% de los jóvenes se encuentran en paro. La esperanza de vida es de 75 años, frente a los 84 de la vecina España.

Mohamed controla el país con un servicio secreto altamente profesional —y despiadado si procede—, con una censura férrea, que impide toda crítica a su figura, y con una pseudodemocracia que no es tal. La injerencia de la Corona en todos los ámbitos convierte a Marruecos en una satrapía, más o menos benigna al albur del capricho del soberano.

Mohamed se casó en 2002, tuvo un hijo y una hija y se divorció en 2018. Ese año comenzó su controvertida intimidad con los tres hermanos Azaitar, boxeadores de kickboxing nacidos en Alemania, de ancestros marroquíes y con pasado criminal en su mocedad, con penas de cárcel incluidas. Poco a poco se han ido colando en la vida de Palacio, para irritación de otros cortesanos. Cada vez influyen más y comparten el ocio y algunos de los privilegios de Mohamed.

El rey de Marruecos fue educado por preceptores en palacio. En cuanto pudo salir del cascarón se entregó al hedonismo noctámbulo, para enojo de su dominante padre. Acabó a duras penas una carrera universitaria en Niza.

El «comendador de los creyentes» gasta una mala salud de hierro, que suscita recurrentes especulaciones, como cuando enflaquece de manera alarmante. Tiene facilidad para los idiomas y se desenvuelve en varios, entre ellos el español. Su corazón es francófilo y París y Gabón suelen ser las mecas de sus largas fugas lúdicas.

Consciente de que su pueblo es orgulloso, sabe mover la muleta nacionalista para distraer de las miserias internas. Ceuta y Melilla (y Canarias) son sus fetiches para ese propósito. En 2021, en el primer ensayo contra Ceuta, lanzó a 12.000 jóvenes al Tarajal. Ahora, en el segundo test, han sido más de 50.000, y todavía quedan centenares deambulando por Melilla, algunos con pasado criminal de alto riesgo. Se siente fuerte, porque el presidente español, por razones inconfesables, es un pelele en sus manos y porque cuenta con el apoyo de Trump.

Educado por el hombre de la Marcha Verde, el casi centenar de marroquíes muertos en Ceuta son para él una mera nota a pie de página dentro de su guerra híbrida. A estas horas estará solazándose en algún refugio opulento en compañía de los tres hermanos Azaitar, orgulloso de su jugada, ufano por haberle tomado la medida a una España en manos de un altivo incompetente, rehén además del separatismo antiespañol y del nacionalismo marroquí.

comentarios

Últimas opiniones

tracking

Compartir

Herramientas