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LiberalidadesJuan Carlos Girauta

Una columna imperdonable

Cela sobrevolaba esas miserias, no necesitaba tirar de experiencias, se movía en la ficción como una bestia indómita. Nos fascinaba con soberbios hallazgos verbales. 'Tobogán de hambrientos', 1962, es un título tan salvaje que te arranca carcajadas cuando querrías dolerte

Veo las fotos de Sánchez en La Mareta. No tiene piernas. Pienso en viejas viñetas de mutilados que circulaban sobre una tabla con ruedas ayudados por dos planchas, una en cada mano. Planchas de planchar. Venían en las mejores revistas de humor del tardofranquismo (y no tan tardo). Algo inconcebible en el humor gráfico actual. No era una burla al minusválido; era forzar la mirada hacia lo crudo. Era no evitarlo. Como en la literatura que merece tal nombre. Mira Cela. Los círculos progresistas despreciaban su pluma poderosa, libérrima, brutal. ¡Fue censor! Vale, pero ¿escribía bien o no? Escribía como los dioses.

Los progresistas, torpes, esgrimen chorraditas que llevan memorizadas en módulos lingüísticos. Y lo siguen haciendo ante asuntos que les desbordan. Juan Goytisolo, a quien tanto admiré en tercero de BUP, pintó a Cela como un tipo lamentable que hacía el ridículo en París. Decía que Cela lo buscaba para que él, enterado, introducido, moderno y afrancesado; él que se había sacudido España como quien se sacude el polvo, le presentara a Sartre. Goytisolo sería muy actual, si el personal leyera, por su Vindicación del conde don Julián, 1970: gobernador de Ceuta, don Julián dejó el paso franco al invasor muslime. El barcelonés también practicó el alardeo moral avant la lettre en La Chanca, cansándonos con la miseria almeriense. ¿Qué pensaría en su retiro magrebí, cuando la provincia cenicienta se había convertido en princesa?

El retrato de Cela por París le añadía una botella de coñac o de whisky, ya no sé, para agasajar a Sartre. Al adolescente que yo era, la escritura de Juan Goytisolo le hipnotizaba. De Cela solo habría leído el Pascual Duarte, 1942, por obligación escolar, a los catorce. Demasiado joven, no podía comparar, carecía de referencias. Los goces literarios del tremendismo llegarían más tarde. Entonces, Cela solo era para mí un personaje secundario de Goytisolo. Creo que, en realidad, mi conciudadano envidiaba a Cela. Tenía que comprender la superioridad de aquel al que pintaba como un hortera desubicado. En busca a su vez de crudeza, Juan Goytisolo incluyó en sus memorias los tocamientos de su abuelo. Hirió a su familia para dejarnos un estremecimiento.

Cela sobrevolaba esas miserias, no necesitaba tirar de experiencias, se movía en la ficción como una bestia indómita. Nos fascinaba con soberbios hallazgos verbales. Tobogán de hambrientos, 1962, es un título tan salvaje que te arranca carcajadas cuando querrías dolerte. El hambre lo había conocido casi toda la España de su época. A veces no puedes evitar reírte de cosas que no tienen ninguna gracia. El tobogán añade mofa al hambre. Cuanto más consciente eres de estos choques, menos los controlas. Por eso llevo cinco minutos descojonándome con la foto de Sánchez sin piernas en La Mareta. Un tronco sobre la butaca. O quizá esté de pie en el asiento, con las piernas diminutas. Lo siento mucho. Sé que esta columna es imperdonable. Pero es que no puedo contenerme, cuando te entra la risa no hay manera.

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