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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Mohamed VI ya nos chulea abiertamente

Que un ministro reclame «la liberación de Ceuta y Melilla» en el Palacio Real y ante la mirada del autócrata supone una provocadora confesión de culpabilidad

Mohamed VI, un autócrata astuto, riquísimo, hedonista y enfermizo, que acaba de cumplir 63 años, controla su país con puño de hierro. Así que si un ministro se lanza a llamar a «la liberación» de Ceuta y Melilla ante su mirada y la del heredero no es porque al político le haya entrado un calentón patriotero, sino porque ha recibido el encargo expreso desde arriba de soltar ese desafiante mensaje.

Mohamed VI nos envía además su claro y provocador recado cuando Ceuta todavía continúa sufriendo las consecuencias de la invasión del pasado 30 y 31 de julio. Fue una operación de guerra híbrida, según concuerdan ya todos los especialistas, que sorprendió en pelotas a nuestro pésimo Gobierno, con un presidente de ínfima moral y categoría, que se ha pasado lo más delicado de la crisis recomendando canciones del verano y escondido en una hamaca en Canarias y que ha prohibido a Felipe VI visitar y confortar a los españoles de Ceuta.

Mohamed VI nos ve tan débiles que ya nos chulea abiertamente. Ha ordenado reivindicar la «liberación» de las dos plazas españolas en un acto de máxima solemnidad, una ceremonia religiosa en el Palacio Real de Rabat por la festividad del nacimiento de Mahoma. Allí se encontraba presente todo el poder religioso, político y militar de Marruecos, reunido ante el trono de Mohamed VI, máxima autoridad religiosa del país, y su heredero Moulay Hassan, ambos ataviados con galas musulmanas tradicionales.

El ministro de Asuntos Islámicos pronunció en tan relevante acto un discurso de envoltura histórica y erudita, que en realidad no tenía más objeto que recalcar ante la mirada aquiescente de su rey que Ceuta y Melilla son marroquíes y van a por ellas. El ministro de Justicia ya había insistido días atrás en la misma tesis, exigiendo una negociación rápida «que garantice el retorno de Ceuta y Melilla al seno de la patria».

Marruecos se siente fuerte. Ha estrechado lazos con Estados Unidos y hasta con Israel, mientras la diplomacia extremista de Sánchez y Albares consiste en provocar y molestar a los estadounidenses, en recibir felicitaciones de Hamás y en que los iraníes hayan llegado a colocar la foto del amigo Pedro en uno de sus misiles balísticos. Además se sospecha que Mohamed VI puede haber maniatado a Sánchez con el vaciado de su móvil en mayo de 2021, acción atribuida en su día por el Parlamento Europeo a los servicios secretos marroquíes.

En España viven hoy 1,2 millones marroquíes. Rabat es un gran estudioso de nuestro país y conoce sus debilidades. Saben que Sánchez es un presidente de paja, rehén en una paradoja demencial de partidos antiespañoles que aspiran a destruir el país. Mohamed VI va lanzando test para calibrar nuestra fortaleza: Perejil en 2002 (al que siguió el salvaje atentado de Atocha de marzo de 2004, donde casi todos los terroristas eran marroquíes); el asalto programado a Ceuta de mayo de 2021, y ahora la grave agresión del pasado julio, que ha dado la vuelta al mundo.

El último envite fue calificado por el propio Sánchez de «violación de la integridad territorial de España»… para acto seguido ordenar a su Gobierno que lisonjease al agresor, ensalzándolo como un leal y fiable aliado.

Marruecos tiene una carta de navegación, unas aspiraciones y un plan. Nosotros, con un país muy superior en casi todo, tenemos hoy al frente de la nave a un oportunista antipatriota, que dedica su tiempo a achicar agua para no hundirse por el peso de su propia mugre. Un desafío como el que plantea Marruecos resultaría complejísimo hasta para el más dotado de los gobernantes. Pero en este caso nos coge sin un gobierno realmente operativo.

Observando la invasión de Ceuta, la crecida del narco marroquí rumbo a Andalucía, la casi barra libre de las mafias de las pateras… resuena más actual que nunca la advertencia del inteligente Maquiavelo: «Quien tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero desorden y después, guerra».

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