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Perro come perroAntonio R. Naranjo

A la calle por Ceuta... y contra Sánchez

Hay que ir a las concentraciones que Sánchez detesta, sin excusas ni excepciones

Hoy hay que salir a la calle por Ceuta, y de paso contra Sánchez, que quiere convertir una invasión en un drama humanitario para los pobres asaltantes, no para sus víctimas, que son los ceutíes. Cualquiera que haya estado con ellos sabe dos cosas, ambas bien tristes: que crecen escuchando en casa que Marruecos les echará algún día de allí y que no sienten el calor del resto de los españoles.

Lo último no es verdad, pero no les llega: la realidad es que toda España está indignada, enfurecida y anonadada; y que se siente muy cerca de Ceuta y muy dispuesta a auxiliar a sus paisanos con todo lo que haga falta, incluyendo un despliegue militar y la supresión de relaciones, de cualquier tipo, con Marruecos.

Pero no lo notan, tal vez porque el relato gubernamental, ampliado por sus potentes altavoces, es bien distinto: que allí solo hay una crisis migratoria, y no un episodio bélico sin precedentes, que la ultraderecha está aprovechando para incitar al odio. Al ultraje se le añade el insulto, con una caricatura cobarde de los hechos y un insólito desprecio a sus víctimas, equivalente a culpar a los viajeros de Adamuz del accidente por quejarse del estado de las vías.

Que el PSOE haya decidido no participar en las concentraciones demuestra su irrecuperable alejamiento de la ciudadanía, su sometimiento a los caprichos, debilidades y necesidades de su patrón y su disposición infame a dedicarle más tiempo a estudiar cómo sacarle partido a este drama que a atenderlo con la autoridad y la rapidez que reclama: un acto bélico no se responde dándole las gracias al país invasor, y la primera respuesta ha de ser el uso preciso del lenguaje.

De un presidente se espera que actúe como tal, pero en Sánchez habita una «Barbie Gaza», la indocumentada que va repartiendo trozos de tarta a los asaltantes y canta «Free Palestine» con la frivolidad de quien acumula las mismas dosis de sectarismo que de cretinismo.

Pero nada de esto importa, al menos este 2 de septiembre, en el que los ceutíes solo deben ver que toda España está con ellos, que nos les vemos como un trozo remoto e inservible de una España nostálgica, que lo que les hacen nos duele y que lo que piden nos obliga a todos, cada uno en nuestro humilde espacio cotidiano.

Que Sánchez no pueda ni pisar la calle sin suscitar más rechazo incluso que Mohamed VI no puede condicionar la respuesta del Estado a este ataque, y nada le ayudaría más al indolente que nos gobierna que ver a los españoles desmovilizados e insensibles al cerco a Ceuta impulsado, tolerado o beneficiario en todo caso para Rabat.

Los caballa cantan por las calles eso de «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende», un himno que debe sonar en toda España para que el señor de la Mareta entienda que una intervención contundente puede ser compleja, pero su inacción será mortal para él y, lo que es peor, para Ceuta: entre la rendición actual y una guerra frontal hay mil medidas diplomáticas, políticas y comerciales posibles, y ninguna se ha adoptado por este cafre convencido de que, mientras todo ocurría, él tenía derecho a descansar con una procesada y pasarle la factura al contribuyente.

Desde aquella bella ciudad se divisa el peñón de Gibraltar, otra vergüenza sanchista, cuya renuncia a un trocito de España sienta un precedente muy inquietante para Ceuta y Melilla: estamos ante un presidente de paja que, cuando su país sufre, pretende convencernos de que estamos haciendo historia y de que, si alguien no lo ve, es porque le odia a él y a todo el progreso humanitario que representa.

Ante un señor que corta lazos con Argentina por un comentario sobre su mujer pero mantiene la idea de celebrar con Marruecos un Mundial solo cabe un registro: ya que le tiene miedo a Mohamed VI, que se lo tenga más aún a los españoles, que no necesitan gran cosa para imponérselo, Basta con salir a la calle, masivamente, y decirle a los ceutíes que aquí estamos, a pesar de un presidente incompetente, oscuro y con todas las trazas imaginables de traidor.

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