Maleducados
La generalización de pantallas está siendo destructiva. Nunca una nueva herramienta se reveló con tanto poder para agudizar las diferencias entre quienes las emplean con inteligencia y quienes son dominados por ellas
Conseguir que tus hijos tengan una buena educación en España es luchar contra los elementos. En todos los sentidos de la palabra. Desde lo más trivial hasta lo más importante. En verano hay que explicarles por qué la mera cercanía del agua descubre pechos y nalgas sin que nadie arquee una ceja. Es la época en que los niños alternan los gritos desaforados de «¡Marco! ¡Polo!» con un surtido completo de blasfemias, con una naturalidad pasmosa.
Con la bajada de temperaturas, carnes ajenas dejan de torturar nuestros ojos -y nuestro olfato, por cierto-. Comienza otro tipo de batallas. «Mis amigos encienden la Nintendo cuando quieren. Se conectan a internet y juegan todos juntos, soy el único pringado que tiene solo dos horas a la semana», «¿Por qué no puedo ver YouTube? Es sólo para ver el análisis de la jornada de liga», «¿Por qué sólo podemos ver una película a la semana?»
Cuando tenía ocho años, la pequeña nos preguntó muy ilusionada si podía enseñarnos un baile que había aprendido ese día en el cole. Acto seguido se puso a perrear.
«¡Para, para! ¿Pero quién te ha enseñado eso, criatura? ¡No lo hagas nunca más!»
Fue Joselyn, de 3ºC. Tenía su propia Tablet y acceso libre a Internet. Las redes le habían permitido perfeccionar el arte de restregar el culo, algo que la propia Irene vio hacer a la familia de su amiga cuando fue invitada a su cumpleaños.
La generalización de pantallas está siendo destructiva. Nunca una nueva herramienta se reveló con tanto poder para agudizar las diferencias entre quienes la emplean con inteligencia y quienes son dominados por ella. El scroll infinito en búsqueda de contenidos breves y atractivos es una trituradora de materia gris. De niños también nos enganchábamos a la caja boba, pero al menos nos tragábamos entero lo que estuvieran emitiendo, anuncios eternos incluidos. Hace unos meses, mis hijos descubrieron la publicidad televisiva como algo exótico. Llegué a oírlos quejarse de que se acabaran los anuncios y volviera el programa.
Ante este panorama, lo extraordinario habría sido que los resultados de la OCDE en las pruebas PISA hubieran sido positivos, y no a la baja desde, al menos, 2015. El horizonte que abre la inteligencia artificial tampoco es halagüeño, por no hablar de las dificultades que entraña incorporar a las aulas a una avalancha de niños procedentes de países con sistemas educativos paupérrimos y que, en muchos casos, ni siquiera hablan el idioma. En España, además, arrastramos más de dos décadas de leyes educativas, cada cual peor que la anterior, a lo que se suma la pérdida de autoridad de los docentes en favor de unos padres cada vez menos sobrados de luces.
Mis hijos, gracias a Dios, son de lo más normal. Del montón. Ni genios, ni alumnos con dificultades especiales. Dominan los rudimentos: disculpa, por favor y gracias. Si la hacen, la pagan. Saben que no hay resultado sin esfuerzo; que deben colaborar en casa; que el dinero no cae del aire y que estudiar es responsabilidad suya. Saben entretenerse sin una pantalla de por medio. Nunca imaginé, cuando me quedé embarazada por primera vez, que educarlos para ser niños del montón acabaría convirtiéndolos en una rareza. Ya veremos la adolescencia…