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Me pinchan y no sangro. No encuentro expresión más gráfica para intentar definir la sensación que han provocado en mí los informes desclasificados del CNI. Boquiabierta. Sin palabras.

Primera conclusión, a vuela pluma, con la premura de enviar el artículo antes del toque de queda en la redacción: el Gobierno nos ha mentido. Esto no es una novedad. Lo han hecho en tantas ocasiones que hemos perdido la cuenta. Los pactos del insomnio con Podemos y con Bildu, la amnistía, los presupuestos o las sucesivas versiones de la visita de Delcy sirvan para ilustrarlo. La coartada de Carmen Calvo, esa de que el candidato era un sujeto y el presidente otro distinto, se ha caído hace tiempo, es papel mojado.

Segunda conclusión, que es la que me deja ojiplática: el mismo Gobierno que nos ha mentido confirma con documentación oficial que nos ha mentido. Con todas las consecuencias que esa confesión puede acarrear. Entre otras, las derivadas de la investigación que se ha abierto en la Audiencia Nacional. Lloverán piedras sobre la competente María Tardón, ya han empezado a envolverlas, pero lo bueno es que se lo han puesto en bandeja.

El gobierno estaba informado de la potencial invasión un día antes de que ocurriera. El CNI alerta de que son hasta ciento ochenta mil personas las convocadas. Nada menos. Y no hizo nada. Dirá Marlaska que estaba enredado con los fuegos en la península. Alegará Sánchez que estaba haciendo las maletas para disfrutar de su merecido descanso. En el mejor de los casos, negligencia. Veremos si dolosa.

Lo grave es que, cuando la invasión se hace efectiva, cuarenta y ocho horas después, vuelven a alegar profundo desconocimiento. Y cargan contra los servicios de información e inteligencia, dañando gravemente su credibilidad e imagen. Será que todavía no se habían leído los papeles. A la negligencia, sumemos incompetencia. Por no añadir mala fe. Pero es que, un mes después y hasta cuarenta días después, vuelven a la carga, incluso en sede parlamentaria y aseguran cariacontecidos que no estaban informados de nada. A la negligencia y a la incompetencia habrá que añadir vagancia supina.

La última pirueta, para rematar la faena, es desclasificar papeles que confirman la información que nos han negado durante semanas. Se llaman mentirosos a sí mismos al hacerlo. Y siguen sentados. Como si no pasara nada. Debían saber lo que iba a ocurrir y no hicieron absolutamente nada para evitarlo. Cuando ocurrió, lo negaron y no hicieron nada para resolverlo. Simplemente, se fueron de vacaciones. Y, mes y medio después, el presidente les dice a los ceutíes que se aguanten, que es lo que hay, que la inseguridad es subjetiva y que aprendan a convivir con ella. Ellos no, a ellos les barren la calle antes de que lleguen y pasean por jardines con acceso cerrado primorosamente engalanados.

Esto ya no es ideología, ni política, ni relato, ni nada que se le parezca, esto se puede describir, simple y llanamente, como reírse en nuestra cara. No se puede describir de otro modo tal exhibición de cinismo. Dice Rufián que si gana la derecha pondrá en peligro lo público. Discrepo: los supuestos paladines de lo público, el gobierno y sus socios y secuaces, ya son en sí mismos el peligro.