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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

Lo subjetivo en Marlaska

Auster y Coetzee eran amigos. No sabemos si el ministro del Interior y el director general de la Policía, Francisco Pardo, son también amigos, pero Marlaska decidió escribirle una misiva en mitad de la noche como superior jerárquico suyo. Se trataba de un asunto urgente, claro

Una tarde ociosa de finales de este agosto, releí parte de un delicioso epistolario entre Paul Auster y J.M. Coetzee publicado en 2012 por la editorial Anagrama & Mondadori. Durante cuatro años, ambos escritores intercambiaron sus cartas por fax reflexionando sobre temas tan dispares como la paternidad, el matrimonio, la política internacional, la literatura o el deporte. La correspondencia alcanza un grado de intimidad sorprendente entre dos personajes tan famosos —Coetzee ya había ganado el Nobel y Auster el Príncipe de Asturias— que se habían conocido en persona apenas dos años antes. Pero aún más llamativa es la frecuencia de los escritos y la profundidad de ciertas reflexiones, que obviamente exigían un tiempo que dos autores tan prolíficos debieron robar a sus horas de sueño. Aquella tarde pensé, entre otras cosas, que ya nadie escribe cartas, y menos de madrugada. Me equivocaba porque, unos días más tarde, todos los españoles conocimos la carta nocturna de Marlaska.

Auster y Coetzee eran amigos. No sabemos si el ministro del Interior y el director general de la Policía, Francisco Pardo, son también amigos, pero Marlaska decidió escribirle una misiva en mitad de la noche como superior jerárquico suyo. Se trataba de un asunto urgente, claro. El Español había publicado unas horas antes el demoledor informe que el CENIF había enviado a la jueza María Tardón sobre la invasión de Ceuta. Quizá Marlaska ya había llamado por teléfono a su subordinado, o le había enviado un wasap, pero pensó que no era suficiente. Decidió interrumpir su sueño y escribir una carta que Francisco Pardo debió leer al mismo tiempo que el resto de los españoles noctámbulos, porque el ministro la filtró a los medios esa misma noche.

Marlaska debe sentir, subjetivamente, que lleva años jugando en los gobiernos de Pedro Sánchez lo que en baloncesto llaman «los minutos de la basura». El resultado final está claro, pero hay que disputar hasta el último segundo. No existe otro ministro que lleve tanto tiempo coleccionando adjetivos con el mismo significado: quemado, calcinado, abrasado, achicharrado. De tanto repetirlos, ha terminado por instalarse en el imaginario colectivo otro calificativo que parece ajustarse más a su realidad política: incombustible. Marlaska ha sobrevivido a crisis con resultado de muerte en la valla de Melilla o en Barbate; al ridículo del paseo diurno del prófugo Puigdemont por las calles de Barcelona; a su DAO investigado por presunta agresión sexual. No sigo con los escándalos porque se me acabaría la columna. Sucede que, en una democracia, la realidad política no coincide con la judicial.

Marlaska siente, subjetivamente, que viste un traje ignífugo en su relación con la única persona que le puede cesar de su cargo, el presidente del Gobierno. Sin embargo, eso no implica que haya olvidado por completo su condición de jurista. Si nos quedaba alguna duda sobre la razón de aquella carta urgentísima, escrita y enviada a altas horas de la madrugada, el auto de la jueza Tardón nos la ha despejado.

El informe del CENIF, el conocimiento del Código Penal y, probablemente, algún soplo dentro de la Audiencia Nacional, provocaron la sensación subjetiva en Marlaska de que la instrucción de la jueza Tardón podría terminar apuntando, no sólo a lo que hizo el gobierno de Marruecos, sino también a lo que no hizo el gobierno de España. Llegados a este punto, quién mejor que un exmagistrado de la Audiencia Nacional como Marlaska para detectar la apremiante necesidad de «preconstituir prueba». Marlaska no sólo desconocía ese informe, sino que tenía que expresarlo cuanto antes en un folio con membrete y sello de salida del Ministerio del Interior.

Lo siguiente que hizo Marlaska fue protestar ante el CGPJ porque la jueza Tardón hubiera ordenado a los funcionarios a los que encargó el informe guardar secreto sobre el mismo ante sus superiores. Se conoce que la jueza Tardón lee los periódicos y le sonaba de algo el nombre de Diego Pérez de los Cobos. La respuesta de la presidenta del CGPJ, Isabel Perelló, fue la única posible con arreglo a la Ley: respeto a la independencia judicial. Marlaska conocía la contestación, pero prefirió presentarse como la víctima de un complot judicial y político. Seguía preconstituyendo prueba, porque nadie le tiene que explicar a un juez que hay delitos que se pueden cometer por acción o por omisión.

Marlaska sabe que en la crisis de Ceuta no se van a ventilar responsabilidades políticas. Esas hace tiempo que no existen en España y, además, él seguirá vistiendo un traje ignífugo hasta el día en que Pedro Sánchez abandone La Moncloa. Sin embargo, alberga la intuición —subjetiva, por supuesto— de que la investigación en la Audiencia Nacional de delitos contra la seguridad del Estado puede apuntar hacia autoridades marroquíes… o españolas. Y ahí ya no hablaríamos de dimisiones, sino de años de cárcel.