Ellos se irán de rositas
Y los recursos del Estado se emplean en levantar instalaciones para su acogida en lugar de restablecer el orden. Es como si el Ejecutivo trabajase para atemorizar y desanimar a la población de Ceuta, empujándola a abandonar sus propios hogares y sus negocios. Me faltan tinta, alma y neuronas para asimilarlo todo
Cada vez me cuesta más enfrentarme a la escritura de estas líneas quincenales con las que me comprometí hace casi tres años. Y no es por falta de asuntos. Más bien todo lo contrario. No recuerdo una actualidad tan vertiginosa, tan sobresaltada, tan adictiva. Lo que me pasa es que esta dinámica inagotable de cada nueva noticia superando en barbaridad a la anterior, con su inmediata construcción de relatos, adhesiones interesadas y corifeos mediáticos, está pudiendo conmigo. Se me quitan las ganas. De enterarme. De oírles. De ver sesiones de control, comisiones de investigación, acusaciones cruzadas, sentencias que no se aplican, delitos sin consecuencias. «¡Pasen y vean! Aún más».
Creo que he llegado al empacho moral. O emocional. O ambos.
Pero yo aquí sigo, dándole a la tecla más allá del hastío, cumpliendo, pero convencida de que sirve de poco. Creo que lo que me desfonda de verdad, lo que termina por desarmarme, es la constatación de una verdad incómoda, vivida a fuerza de años y bofetadas: saber que ellos se irán de rositas. Ellos. Los gobernantes. Los que pisan moqueta. Los que mueven las fichas del tablero desde arriba. Los que toman decisiones cuyas consecuencias sufrimos los ciudadanos de a pie y cuyos intereses parece que nada tienen que ver con los nuestros, estos pobres bichos tenaces en la supervivencia que protestamos, les votamos y nos dejamos las antenas cumpliendo sus leyes
En fin, hoy tengo encima de la mesa el tercer grado de un criminal de la dimensión de Henri Parot, el asesino de ETA, el que mató a 39 personas, entre ellas las niñas que jugaban esa mañana en la casa cuartel de Zaragoza. Treinta y nueve. Hay cifras que deberían conservar para siempre su capacidad de escandalizarnos. Este asesino, que no ha dado un solo nombre para esclarecer tantos asesinatos sin resolver. Ese elemento condenado a cerca de 4.800 años de prisión, ni siquiera un año de cárcel por cada vida arrebatada, pronto, si nadie lo impide, podrá tomarse sus txakolís en la barra de una herriko taberna, homenajeado por los suyos, ese bosque frondoso de Bildu y de Batasuna que campa a sus anchas en el País Vasco y se dedica a perseguir niños con la camiseta de España del Mundial.
Empiezo con él, pero mi hastío no viene solamente de Parot. Ni de las décadas de asesinatos, bombas, secuestros, extorsiones y vidas destrozadas, como la de Ortega Lara, 532 días enterrado vivo. O la del joven Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA después de un ultimátum que estremeció a toda España, del que hoy muchos jóvenes parecen no haber oído hablar.
Viene de la impunidad en general: de los confinamientos declarados inconstitucionales, que no han quedado en nada; de esas vacunas obligatorias que no impedían la transmisión como se había prometido; viene de cosas como ver a Chaves y a Griñán de veraneo después de ser juzgados y condenados por el mayor caso de corrupción de Europa; viene de que Jordi Pujol se libra por viejo; viene del «si necesitan ayuda, que la pidan», mientras más de 200 españoles se ahogaban en el barro de una riada que se podía haber evitado si se permitiesen las infraestructuras necesarias; viene de un bochornoso apagón a nivel nacional por el que no se han depurado responsabilidades; viene de golpes de Estado amnistiados; viene de 46 muertos en las vías de Adamuz por negligencias, falta de inversión, controles y mantenimiento; viene de las joyas en las cajas fuertes del PSOE; de los negocios de prostitución; de las fiestas de coca y putas en el Parador de Teruel; de las señoritas colocadas, y suma y sigue.
Y ahora, Ceuta es invadida. Y se confirma que los de arriba desoyeron las alarmas, mantuvieron desprotegidas las calles, asfixiando la seguridad de la ciudad autónoma sabiendo la que se les venía encima, y permiten que los invasores permanezcan en suelo nacional, enlenteciendo los trámites legales de expulsión mientras la fuerza y los recursos del Estado se emplean en levantar instalaciones para su acogida en lugar de restablecer el orden. Es como si el Ejecutivo trabajase para atemorizar y desanimar a la población de Ceuta, empujándola a abandonar sus propios hogares y sus negocios.
Me faltan tinta, alma y neuronas para asimilarlo todo.
Verán, la cosa sucede de la siguiente manera: tu padre es secuestrado por una banda terrorista que pide un rescate por su vida. El Estado, en lugar de cerrar las carreteras, fabrica relatos y maledicencias para diluir responsabilidades que terminan convirtiendo a la víctima en sospechosa. El poder toma decisiones que tú no entiendes cuando hay una vida en juego. Pasan los meses. Después, los años. Cuando pides explicaciones al nuevo Ejecutivo, la Policía aparece con una carpeta de gomillas de dos folios.
Dos.
El archivo de las investigaciones que ocupaba una habitación entera había desaparecido en los dos meses que se dan los políticos entre que salen los de un color y entran los del otro color.
Y se van de rositas.
Tengo la sensación de contemplar una y otra vez el mismo mecanismo: sucede la «pifia», los muertos ya no pueden hablar, los vivos protestamos, pasan los días, se administra el problema, se construye el relato y aquello que hace unas semanas parecía insoportable empieza a formar parte del paisaje de nuestra vida.
Nos lo tragamos todo a cucharaditas.
A cucharaditas acabamos acostumbrándonos a ver a Bildu condicionando la política nacional. A cucharaditas dejamos de recordar quién hizo qué durante los años de plomo. Y me temo que a cucharaditas nos tragaremos también lo de Ceuta. Nos acostumbraremos a que lo excepcional se vuelva cotidiano, a que aquella floreciente ciudad española que conocimos vaya convirtiéndose en otra cosa, un enorme CETI, en una suerte de Lesbos, y sólo quedaremos cuatro para explicar que eso no fue siempre así, como yo les explico a mis hijos quién fue Miguel Ángel Blanco o el asesino Parot.
Ceuta pinta mal, no sé qué será de la ciudad. Pero me temo que sí sé cómo termina esta historia. Pase lo que pase, ellos se irán de rositas.