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Palabra de honorCarmen Cordón

Todavía no

Como yo, aquí narcotizada por Calipso bajo mi sombrilla, o esta señora, la del pie en el agua, que se baña con sus niñas como si nada sucediese en España. Como si Ceuta no hubiese sido asaltada sin que opongamos resistencia. Como si, veintitantos días después de prometer una devolución inmediata de los invasores, nuestro gobierno no se hubiera revelado incapaz de cumplirla o, peor aún, sin voluntad de hacerlo

Llega el fin del verano. Algunos ya se han ido. Mar. Melancolía. La sombrilla aletea, hipnótica, sobre mi cabeza. Parece querer adormecerme el entendimiento, retenerme en esta pausa eterna, como Calipso a Ulises. Me enfrento a estas líneas sin ganas de escuchar los ecos de la vida real, de volver la mirada hacia ese panorama político envilecido por el cálculo y la mezquindad. Pero me reclama. Es mi Penélope, que ha seguido tejiendo mientras yo miraba a otro lado. Tal vez los desmanes, las desgracias, los abusos en Ceuta no terminen de existir mientras no los mire, no los lea, no los piense.

Riadas de hombres han arramblado nuestra frontera. Ceuta está invadida. Miles permanecen en la ciudad, deambulan; se hacinan en las playas, merodean por las calles; pandillean; duermen apiñados en las aceras de polígonos industriales; las fuentes policiales hablan ya de quince agresiones sexuales denunciadas desde la entrada masiva. Se multiplican los vídeos de ceutíes que confiesan tener miedo a salir de casa… pero también a quedarse dentro… No saben cómo defenderse. El Estado no puede garantizar su seguridad, su tranquilidad. Me pongo en su piel. ¿Cómo protegen sus casas? ¿Cómo abren sus comercios? ¿Cómo bajan a comprar el pan?

Hundo la cara bien dentro de la arena. Escucho pisadas sobre arena, ris, ras, ris, ras. Una madre con dos niñas se acerca a plantar su campamento a mi lado.

¿Cómo está el agua?

Hay preguntas que regresan cada verano con la solemnidad de un rito. ¿Cómo está el agua?, preguntamos, livianos y sonrientes, con un pie dentro y los brazos en jarras. Sus niñas chillan felices en la orilla.

Los veranos tienen sus asuntos propios. Ponemos la política en modo avión. Nos importa saber si mañana soplará levante o poniente, dónde están las gafas de snorkel que compré el año pasado. En verano queremos reencontrarnos, saber si vendrán los primos, hablar con Toni, el de Plaça Vuit, que a estas alturas ha sido padre y su hijo es un bombón con el que todos babeamos al verlo en su teléfono.

En verano queremos coger las grandes olas de poniente, revolcarnos entre la espuma y las piedras, recibir algún guijarro en la cara y salir riéndonos y escupiendo agua. Queremos vivir, mejor dicho, revivir lo de siempre, lo de cada verano; reencontrarnos con esta vida de aquí que avanza a saltitos, de verano en verano, retomando cada vez el hilo donde lo dejamos. Nos tranquiliza comprobar que la vida sigue como siempre.

¿Y si todo es un espejismo? ¿Una trampa? Tal vez esta continuidad hace invisible la amenaza.

Estos días no me quito de la cabeza Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Me ronda una idea del libro: ese extraño mecanismo del ser humano ante la amenaza, ante el peligro, que consiste precisamente en no reaccionar. En convencerse de que, mientras la continuidad no se rompa, todo sigue estando bien.

Como yo, aquí narcotizada por Calipso bajo mi sombrilla, o esta señora, la del pie en el agua, que se baña con sus niñas como si nada sucediese en España. Como si Ceuta no hubiese sido asaltada sin que opusiéramos resistencia. Como si, veintitantos días después de prometer una devolución inmediata de los invasores, nuestro gobierno no se hubiera revelado incapaz de cumplirla o, peor aún, sin voluntad de hacerlo; como si fuese normal que Pedro Sánchez y todos sus ministros mirasen hacia otro lado mientras allí se suceden robos, agresiones y denuncias por violencia sexual. Como si el Estado, a quien hemos entregado el monopolio legítimo de la fuerza precisamente para protegernos, renunciase a contener la situación, a devolver la seguridad a sus calles, a cumplir su parte.

Es el poder tocando la lira mientras Roma arde.

Marías describe esa extraña lógica del miedo que puede llevarnos a la perdición: quedarnos quietos y convencernos de que, mientras nada cambie, seguimos a salvo.

Es como cuando uno ve caer la vieja rama de un castaño en el Retiro y no se aparta, sino que se queda mirándola descender lentamente; o cuando caminas por la acera de una calle oscura y abandonada y no echas a correr aunque oigas los pasos amenazantes detrás de ti; o ves a un hombre con un machete avanzando hacia ti y no te mueves ni te defiendes, porque crees que, en el fondo, eso no puede estar sucediéndote de veras.

Todavía no. Seguimos mirando. Seguimos bañándonos. Y mientras sea «todavía no», mientras la continuidad no se rompa, seguimos vivos.

¿Será eso lo que nos está ocurriendo a los españoles?

Seguimos con nuestra vida hipnotizados por el aleteo de la sombrilla. Seguimos leyendo el periódico. Seguimos tomando café. Seguimos trabajando. Seguimos hablando de los primos, de fútbol, de la bolsa, de cualquier cosa.

Porque todavía no.

Todavía no nos ha tocado a nosotros. Ceuta está lejos. Todavía podemos pensar que mañana se arreglará. Que las instituciones funcionarán. Que alguien, en algún despacho, estará ocupándose de ello.

Pero quien ocupa el despacho también puede irse de vacaciones. A La Mareta, por ejemplo, a fumarse un puro rodeado de policías, escoltas y un dispositivo de seguridad que le permite seguir disfrutando, también a él, de su particular «todavía no».

Calipso me adormece; las ondas de aire ardiente desdibujan un horizonte incierto. Las niñas salpican libres en la orilla. Mañana quizá sople levante. Buscaré las gafas de snorkel y volveremos a preguntar cómo está el agua.

Todavía no.

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