Sánchez y su coro
Hay que detenerse un poco en los brigadistas que secundan a su patrón
Llamar prensa a todo lo que apoya a Sánchez nunca fue fácil, pero ahora es imposible. En la cadena trófica del sanchismo mediático hay niveles, de arriba a abajo, como en el mar o en la selva, con sus leoncitos o escualos a un lado y sus hienas y salmonetes al otro.
En la cúspide está, claro, RTVE, que no repara en gastos para ejercer de Gracita Morales de su señorito y se permite, además, dar lecciones deontológicas que siempre recuerdan la sentencia de Huxley: cuanto más pomposas son las palabras, más siniestras las intenciones.
A la vera están los grupos de comunicación serios que siempre se consideraron progresistas y ahora son una copia vulgar de su pasado, depauperado por sus necesidades fisiológicas de supervivencia y el ritmo que les impone el patrón, infinitamente peor que la digestión de sapos: él obliga a derribar las barreras morales más sagradas y a defender lo indefendible.
El equivalente, siempre, a ponerse del lado del violador y no del violado; del atropellador y no del atropellado, del atracador y no del atracado, de Otegi y no de Marimar Blanco, por resumirlo. Lo hacen con algo más de oficio, pero ese oficio ya es también más de lupanar que de redacción, y lo saben.
Por último, está la clase baja del sanchismo, un coro de «analistas» hilarantes y de pseudomedios fangosos que hacen el trabajo más sucio, el que nadie quiere hacer en esos términos, el que requiere de una combinación de indecencia y necesidad tan deplorable como perfectamente comprensible: si no hicieran eso, no existirían, como los concursantes de un programa pornográfico no saldrían en televisión de no tener el trasero como un bebedero de patos. O eso o nada.
Todo deriva del mismo problema de origen, un pecado germinal que no se puede tapar con toneladas de perfume barato: Sánchez no tendría que haber sido presidente nunca, ni siquiera secretario general del PSOE, pero buscó los atajos y las trampas indignas necesarias para lograrlo y ahí hizo imposible que algo de su entorno tuviera dignidad.
Si no ganas en las urnas y le debes el cargo a un señor condenado por terrorismo, a otro por dar un golpe de Estado y a otro que no está en la cárcel por haberse fugado y, sí, a la vez, todos ellos te mantienen las constantes vitales con el único objetivo de que les ayudes a culminar sus planes; nada por debajo del rehén voluntario de un secuestro telegrafiado puede cumplir los parámetros democráticos, éticos y estéticos mínimos.
Sánchez es una ponzoña para la democracia que obliga, a quien quiera vivir de ella, a asaltar los mismos castillos que él asalta y a considerar que lo grave es denunciarlo en lugar de perpetrarlo: sostienen que se puede gobernar sin el Congreso y contra la Justicia, que el problema de Ceuta no es la invasión sino la xenofobia, que la ausencia de Presupuestos es irrelevante, que irse de vacaciones un mes con la familia y los amigotes con todo pagado y en plena crisis nacional es vida privada pero alquilarse un piso con tu dinero es un escándalo o que, en fin, se puede defender la abolición de la prostitución y haber medrado gracias a ella.
Sánchez tiene la virtud involuntaria de ser un espejo donde todo el mundo se refleja: él siempre el primero, en la soledad que nunca miente y proyecta la verdad incómoda. Pero junto a él, todas las especies que lo acompañan, en ese papel gregario que solo les deja la carroña, por muy aderezada que se la sirvan.