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Palabra de honorCarmen Cordón

El elixir Pobler

Aquí el tiempo no se ha detenido; sencillamente, ha dejado de dar órdenes. Nadie ni nada parece recordarles a sus habitantes qué edad tienen ni las cosas que pueden o no pueden hacer. Tal vez el verdadero elixir consista en eso: en seguir perteneciendo al mundo, porque envejecer es eso: seguir vivo

Sa Pobla. Verano. Brisa leve. Aroma a tierra de albufera. Las hojas del algarrobo centenario de la placeta susurran, hipnóticas, sobre mi cabeza. Un lametón de sal seca sobre la piel bronceada. Nada sabe más a verano. Declaro inaugurada la estación.

El verano sabe a punto de inflexión, a cambio vital, a pausa eterna. Me hallo sumergida en el tórrido verano pobler. Desconozco si un gentilicio puede acabar nombrando una estación del año, pero solo quien haya pasado por aquí en el mes de agosto conoce el alcance de la palabra.

Pobler no describe únicamente un lugar, sino un ecosistema en delicado equilibrio: el silencio espeso de los campos, la luz blanca, desmesurada, cayendo a plomo durante el día e incendiándose naranja al atardecer; el olor de la tierra caliente; las persianas entornadas que esconden miradas secretas; el rumor remoto de un tractor antes del alba; los días eternos. El mundo real parece haberse quedado más allá de los cañaverales.

Pobler es una forma de vivir que permanece imperturbable, a salvo del tiempo, como si una gran bóveda acristalada hubiese protegido este lugar del avance del turismo y de sus exigencias. No es que aquí no lleguen forasters. Yo misma soy una de ellos, aunque, después de veinticinco veranos ininterrumpidos, empiezo a gozar de alguna prebenda vecinal en forma de una mirada que ya no pregunta quién eres. También aparecen, de vez en cuando, turistas, el escalón anterior al foraster: alguna familia de rubios acangrejados tomando Coca-Cola en la plaza del Ayuntamiento o ciclistas extraviados al borde del colapso térmico. Pero, pase quien pase, aquí nada cambia.

No cambian las generosas rebanadas de pan moreno que me sirven cada mañana en el café Vaumar, imposibles de liquidar sin ayuda; ni las legendarias banderilles de fetge de Casa Miss, endiabladamente picantes, con su aceituna ensartada, sus variats y sus vermús 'guapos'; ni la franca jovialidad de sus habitantes. Quizá sea por haber crecido en Aragón, donde el éxodo rural fue dejando tantos pueblos deshabitados, sin pulso, por lo que me conmueve esta obstinada vitalidad poblera.

Pero lo que más me fascina son sus mayores. Los hombres son altos, grandes, de una reciedumbre antigua; llevan la edad con una austeridad elegante. Se reúnen por las mañanas en la plaza, alrededor de mesas sembradas de tacitas vacías, y arreglan el mundo con cuatro frases, sentencias pronunciadas en esa habla de mallorquín profundo que suena a isla, a piedra románica, a medievo. La primera vez que lo oí me sonó a un italiano oscuro. El poso seco del café ejerce allí una suerte de magia cuántica: actúa como centro gravitatorio de animosas conversaciones, con más poder de atracción que el acelerador de partículas del CERN.

Las mujeres veteranas, libres, con sus frescas batas floreadas de algodón, reinan, fuertes e impasibles, sobre sus bicicletas, con las bolsas de la compra colgadas del manillar. No importa que tengan cien años: siguen pedaleando.

Me fascinan. He llegado a la conclusión de que los poblers son una estirpe aparte: alcanzan la vejez más enteros, más vitales, más erguidos, mejor plantados. ¿Cuál será su secreto?

Es como si aquí nadie les hubiera comunicado oficialmente que ya deberían empezar a hacerse a un lado. Siguen ocupando su plaza, haciendo la compra, pedaleando, arreglando el mundo, perteneciendo… No están retirados del paisaje; son su centro.

De donde vengo, los urbanitas de patinete eléctrico, edadistas y soberbios, se empeñan en convertir la vejez primero en una etiqueta y después en expulsión directa. Sa Pobla, en cambio, todavía gravita alrededor de sus mayores. Son su gente, su paisaje humano, sus cimientos; memoria y testigos del secreto arte de vivir.

En 1979, la psicóloga de Harvard Ellen Langer realizó un célebre experimento: reunió a un grupo de hombres mayores en un retiro ambientado como si aún fuese 1959. Televisores en blanco y negro, viejas radios sonando en el salón, teléfonos de disco con interminables cables en espiral, periódicos y revistas de la época, muebles de otro tiempo… No se trataba de que recordasen el pasado, sino de que lo habitaran; de que vivieran durante unos días como si el tiempo no hubiera avanzado, conversando sobre la actualidad de entonces y resolviendo por sí mismos los pequeños problemas cotidianos: bancos, supermercados…

El resultado fue extraordinario. Terminada la experiencia, aquellos hombres mejoraron en pruebas de memoria, fuerza, movilidad, visión y audición. Parecía que se les hubieran borrado veinte años de encima. El experimento dejó una intuición poderosa: el entorno, las expectativas y la percepción que tenemos de nuestras propias capacidades influyen de manera decisiva en nuestra forma de envejecer.

¿Será que Sa Pobla esconde la fuente de la eterna juventud? ¿Y si el secreto ha estado siempre en este entrañable lugar y solo ahora, cuando los años empiezan a contarme a mí, soy capaz de verlo?

Aquí el tiempo no se ha detenido; sencillamente, ha dejado de dar órdenes. Nadie ni nada parece recordarles a sus habitantes qué edad tienen ni las cosas que pueden o no pueden hacer. Tal vez el verdadero elixir consista en eso: en seguir perteneciendo al mundo, porque envejecer es eso: seguir vivo.

¿Y si fueran estas banderillas de Casa Miss sin más? Menos metafísica, más picante. Langer no las incluyó en su experimento. Grave fallo metodológico. Pediré otra, por rigor científico. Si amanezco diez años más joven, publicaré los resultados.

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