Sánchez quiere violencia
Alaba al invasor, estigmatiza al ceutí verdadero, desarma al militar, maltrata y humilla al policía. Ahora deja que entren más irregulares, cuando consta que la cosa va a estallar. Eso es lo que quiere: violencia
El presidente del Gobierno de España busca un enfrentamiento civil en Ceuta. No es un juicio de intenciones sino una conclusión basada en sus decisiones, actos, omisiones, palabras, silencios, contradicciones, lealtades y deslealtades cruzadas. Tuvo conocimiento de que se venía una avalancha humana, y de cuándo se venía, pero dio orden de poner a seis policías, dos de ellos en prácticas, a ocuparse del problema. Algo sucedió entre la decisión gubernamental de tener a las tropas españolas de allí en sus cuarteles, vigilantes, suspendiendo permisos, y la trágica ridiculez de franquearles las puertas a los cien mil hijos del Mazhén a la vista del planeta. Los seis desbordados policías estaban para hacer ver… ¿Qué? Que Sánchez seguía creyendo que ahí había una frontera real, aunque en su mente ya no la hubiera. No por quedar bien con los españoles, eso le es indiferente, sino por cumplir con las apariencias ante la UE, que tiene su frontera sur donde la tiene España.
La dejadez o dejación fronteriza del fronterizo Sánchez no gustó a los socios europeos, como no les gustó la última regularización masiva. De ahí viene la caída en picado de su imagen en Bruselas. Ya sé que lo raro es que tuviera alguna imagen, pero así era. En mi mente retorcida, siempre lo he atribuido a Úrsula, mujer gachona que debía reconocer en nuestro improbable presidente el estilo, la figura, las maneras de algún remoto camarero de Mallorca, de cuando ella era joven. Les aseguro que Úrsula puede aguantar varias horas sin mover un solo músculo, e incluyo todos los músculos de la cara, que son bastantes, como los médicos y la IA saben con precisión. Yo no. Úrsula tiene la expresividad y la empatía de un pedrusco. Sin embargo, con Pedro se deshacía, sonreía (una cosa alarmante), se sonrojaba. Como fuere, ya nadie sonríe a Sánchez en Europa porque da demasiados problemas. Bueno, los socialistas sí le sonríen, pero dime cuántos gobiernos tienen.
Violada en manada la frontera de España, se simula un regreso. Pero quedan entre quince y veinte mil, que es lo que se pretendía. El Gobierno, tan solícito y eficiente para regalar la nacionalidad española a quien la quiera, se convierte en un elefante burocrático y da a entender que no va a poder hacer lo que debe: quince o veinte mil gestiones vertiginosas individualizadas con expulsión. Todo muy ligero. Todo lo contrario. Sánchez da a entender que, en realidad, no se va a echar a nadie. La manera escogida para el jarro de agua fría es comunicar a los ceutíes que deberán acostumbrarse a la nueva situación. Esto es discutible, como se verá en un futuro no lejano, cuando el autócrata, depuesto, tenga que acostumbrarse a las medidas de una celda y al horario de comidas. Alaba al invasor, estigmatiza al ceutí verdadero, desarma al militar, maltrata y humilla al policía. Ahora deja que entren más irregulares, cuando consta que la cosa va a estallar. Eso es lo que quiere: violencia.