¿Hay que ser rey?
Sinceramente, no me parece extraordinario que nuestros gobernantes hayan terminado comportándose como señores feudales. Lo verdaderamente extraordinario es que nosotros hayamos aceptado entregar más de la mitad de lo que producimos a cambio de apagones, trenes incendiados, plazas invadidas…
El cuerpo humano es una maquinaria prodigiosa capaz de dispensar droga de la buena sin necesidad de jugarse el tipo en el mundo del hampa. Fabricamos un surtido de sustancias que haría las delicias de cualquier camello, y lo mejor es que son gratuitas, legales y homemade. La única pega es que no funcionan por autoservicio: hay que aprender a activar el dispensador: qué te apetece una buena dosis de endorfinas o de tus propios endocannabinoides, una suerte de cannabis doméstico, pues te haces unas flexiones o te das unas carreritas por el Retiro.
Hasta los perezosos como yo podemos conseguir nuestro particular colocón haciendo precisamente lo contrario: quedándonos quietos, aprendiendo a contemplar. Basta con tumbarse sobre una cama de hierba alta, respirar el aroma de la tierra mojada por el rocío, sentir la brisa y maravillarse ante el prodigio de estar vivos y de formar parte de semejante glorioso despliegue.
En ese nirvana contemplativo siempre me maravilla pensar cuánto mundo se me debe estar escapando por culpa de nuestros limitados sentidos: los rayos ultravioletas, invisibles para mis ojos, los ultrasonidos que sí perciben otros animales o la agudeza visual de aquella águila que apenas distingo contra el cielo azul y que seguramente puede contarme las pestañas.
En fin, que, a pesar de nuestras limitaciones, tenemos a nuestra disposición un magnífico laboratorio de felicidad.
Lo que no había descubierto hasta ahora es que esta máquina expendedora de drogas también puede activarse, contra todo pronóstico, viendo la televisión. Y ahora, llevo toda la semana con la dopamina revolucionada: contemplando a Ceuta y Melilla teñidas de banderas españolas, entre aplausos, en una primavera de alegría y orgullo nacional fuera de temporada; viendo a los Reyes regalando sonrisas, buscando miradas, estrechando manos, acariciando la cabecita de un mofletudo bebé, pero, sobre todo, paseándose por esas calles como Pedro por su casa: que lo es.
Yo, como tantos ciudadanos de a pie que no entendemos ni participamos en los cálculos políticos, intereses particulares y estrategias geopolíticas que parecen discurrir tan lejos de nuestras necesidades, confieso que ver al Rey reafirmar que Ceuta y Melilla son España y que los invasores deben ser devueltos a su país de origen, mientras se alternaban, no sé muy bien por qué, imágenes del rey de Marruecos mirando al suelo detrás de unas gafas de culo de vaso, enfundado en un extraño abrigo con capucha amarilla, seguido de otros dos personajes vestidos prácticamente igual, fue un auténtico pelotazo de satisfacción patriótica.
Con la droga pasa como con las patatas fritas de bolsa, que una abre con la intención de comerse tres y termina buscando las migas en el fondo. Y apenas había terminado de saborear mi dosis de euforia monárquica cuando quise más.
Me atiborré de telediarios. Todos abrían sus informativos con la esperada visita y los preparativos para recibirlos. Ceuta, la invadida, era de nuevo tomada, pero esta vez por un hervidero de operarios de toda índole que arreglaban aceras, pintaban fachadas, llenaban jardineras de flores de colores y retiraban toneladas de basura. Hasta la playa del Trampolín, donde durante semanas se habían acumulado chabolas improvisadas, plásticos, neumáticos, desperdicios y toda suerte de instalaciones precarias, recuperaba milagrosamente su arena, sus aguas cristalinas y la dignidad de una playa que vuelve a ser playa.
Y entonces, cosas de la química, se me pasó el colocón de golpe. Pero vamos a ver, ¿por qué no está Ceuta limpia, pintada y llena de flores todos los días del año? ¿Acaso hay que ser rey para que te limpien la playa? Y, ya puestos a preguntar, ¿por qué no funcionan los trenes como lo hacían hace veinte años? ¿Por qué hay que mendigar una cita para realizar un trámite en una Administración que mantenemos entre todos? ¿Por qué lo que ayer parecía imposible se resuelve en cuanto aparece una comitiva oficial?
Porque pagar, pagamos. Está claro que, cuando interesa, medios hay.
No quisiera ser yo quien les dispare el cortisol a estas horas de la mañana del sábado, pero me temo que hemos acabado confundiendo lo extraordinario con lo que debería ser perfectamente normal. Y detrás de esa confusión se esconde algo bastante más grave que una playa invadida o unas aceras rotas. Nos estamos acostumbrando a comportarnos como súbditos en lugar de como ciudadanos.
El súbdito aplaude y agradece que le limpien la calle. El ciudadano exige que esté limpia porque para eso paga sus impuestos. El súbdito recibe con alegría, como una concesión, que le atiendan en una ventanilla. El ciudadano sabe que la Administración está a su servicio, no al revés.
El súbdito espera resignadamente a que alguien resuelva sus problemas. El ciudadano coge las riendas de su vida, cumple sus obligaciones y exige que quienes administran su dinero cumplan las suyas. Que se protejan sus fronteras y su propiedad, que las calles sean seguras, que sus hijos puedan educarse en libertad y que los servicios públicos funcionen. Y, sobre todo, no acepta que quienes debieran servirle terminen diciéndole cómo debe pensar, qué debe agradecer y a quién aplaudir.
Hace casi quinientos años, Étienne de La Boétie se preguntaba por qué tantos hombres aceptaban voluntariamente su servidumbre. Me temo que hemos tenido cinco siglos para responderle y seguimos sin encontrar una explicación demasiado honrosa: por interés, por miedo, por comodidad o porque resulta más fácil acostumbrarse a obedecer que asumir el riesgo de decidir.
Sinceramente, no me parece extraordinario que nuestros gobernantes hayan terminado comportándose como señores feudales. Lo verdaderamente extraordinario es que nosotros, después de siglos conquistando libertades, hayamos aceptado entregar más de la mitad de lo que producimos a cambio de apagones, trenes incendiados, plazas invadidas, reyertas callejeras, hospitales saturados, servicios públicos deteriorados y una corrupción que parece haber encontrado acomodo permanente en las instituciones. Y que, por añadidura, hayamos terminado aceptando que quienes nos gobiernan tengan derecho a equivocarse con nuestro dinero, pero ninguna obligación de responder por sus errores.
Supongo que la servidumbre voluntaria también debe de liberar alguna sustancia placentera. De otro modo, no se explica tanta adicción.
En fin, vuelvo a pensar en aquella águila que me observaba desde las alturas. Probablemente ella, con su agudo sentido de la vista, distingue lo que nosotros no alcanzamos a ver: que no hay que ser rey para exigir que te limpien la playa. A diario.