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TribunaFeliciana Merino Escalera

Dos y dos, necesaria unión

Dos y dos. Una unión necesaria. Una danza alrededor de la hoguera. Una promesa pronunciada en el tiempo. Una vida que comienza cuando dos libertades deciden entregarse. Casarse es decir que mi vida ya no termina en mí

«En ese campo abierto,
si no te acercas demasiado,
si no te acercas demasiado,
se puede a medianoche
en verano oír la música, débil
flauta y tamboril, y verles bailar
en torno a la hoguera, la asociación
del hombre y la mujer en danza que indica
matrimonio: honroso sacramento
y oportuno. Dos y dos, necesaria
unión en la que tómanse del brazo
o de la mano el uno al otro
y con ello significan concordia.»
Así aparece la escena en el segundo cuarteto de Eliot, East Coker, lugar en el que fueron depositadas sus cenizas. En ese campo abierto que es la vida solo hay música. Existen circunstancias capaces incluso de ensombrecer un día maravilloso. A veces les concedemos demasiado poder, generando confusión, dolor y miedo. Pero nada ni nadie puede vencer la alegría desmesurada de un acontecimiento que transforma el mundo y la vida de quienes lo celebran.
De esos acontecimientos cuya grandeza pone cada pequeña cosa en su lugar, el matrimonio sigue siendo uno de ellos. Una fuerza revolucionaria que atenta contra la lógica del egoísmo, de la codicia y del aburguesamiento; contra la búsqueda incesante de placeres inmediatos que nos hacen vivir mirándonos el ombligo.
El matrimonio no se opone a la autonomía. Se opone a la autosuficiencia como ideal humano. Porque solo quien es verdaderamente libre puede entregar su libertad. No hay sometimiento, sino donación. Lo que hay es un descentramiento del yo y no su desaparición. Dos libertades que no se anulan, sino que se comprometen; dos vidas que no se yuxtaponen, sino que inauguran algo nuevo.

No se trata de celebrar la dependencia ni de convertir al otro en un anexo de nuestras vidas o viceversa. No es lo mismo depender de otro porque no somos capaces de valernos por nosotros mismos que reconocer que nuestra vida está ligada a la de otro. Dependencia, vulnerabilidad y entrega son realidades distintas. La vulnerabilidad significa aceptar que el otro puede afectarnos; la entrega, en cambio, es un acto libre por el que ponemos nuestra libertad al servicio de un bien que nos llama y al que respondemos. Nuestro mundo exalta la independencia al tiempo que nos blinda contra la vulnerabilidad, pero una vida compartida comienza allí donde dejamos de protegernos de aquello que puede afectarnos.

El matrimonio es mucho más que la celebración de un sentimiento. Es la decisión de entrar en esa danza alrededor de la hoguera en la que la comunidad parece reconocer algo que la precede y la supera. «A compás, al ritmo en la danza como en sus vidas siguen el ritmo de las estaciones vivas, el tiempo de las estaciones y el de las constelaciones, el tiempo de ordeñar y el de cosechar, el tiempo del acoplamiento de hombre y mujer…», sigue diciendo Eliot. Una danza que es celebración de lo recibido y novedad radical.

Es difícil imaginar una imagen más alejada del individualismo contemporáneo. El sujeto autosuficiente no necesita a nadie. Puede entrar y salir de los vínculos, administrar sus afectos, calcular sus beneficios y mantener siempre abiertas todas las posibilidades.

Casarse significa adentrarse desde el «sí, quiero» en el campo abierto de una vida compartida. Es entender que una decisión de hoy tendrá que atravesar cambios, incertidumbres y estaciones. Porque prometer es decirle al futuro: «Cuando llegues, encontrarás en mí una decisión que ya ha sido tomada». El paso de los días podrá cambiarlo todo, como las olas borran en la orilla nuestras pisadas. Pero una promesa es confiar a la libertad aquello que no queremos que el tiempo borre.

El matrimonio no garantiza que mañana seremos los mismos. Hace posible que sigamos siendo nosotros aunque no seamos exactamente los mismos. La promesa convierte el cambio en una prueba de fidelidad, con paciencia y esperanza para seguir construyendo aquello que todavía no existe. Es una forma de entrar en una historia que no comienza ni termina en nosotros. Curiosamente, frente a una época encerrada en el carpe diem y replegada sobre sí misma, el matrimonio introduce una palabra subversiva: después. ¿Qué será de nosotros después de hoy? Después de la emoción, después de la dificultad, después incluso de nosotros mismos. La eternidad es el clamor del tiempo que a ella dedicamos.

También Tolkien, en una carta a su hijo sobre el matrimonio, escribió: «But the ‘real soul-mate’ is the one you are actually married to» (la verdadera alma gemela es aquella con la que te has casado). El matrimonio convierte al otro en alguien que no puede ser sustituido sin que algo esencial de nuestra historia se rompa. En la cultura del «busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo», casarse significa reconocer que el otro no es intercambiable, que la persona que tenemos delante merece ser cuidada y que la historia que comienza entre ambos merece ser llevada hasta su plenitud. El amor matrimonial no consiste en encontrar a la persona perfecta entre millones de posibilidades, sino en hacer verdadero el vínculo con alguien a quien rescatamos y que nos rescata de la masa informe. Por amor.
Pero para ello no bastan nuestras fuerzas. Necesitamos abandonarnos a esas otras que Rilke descubre en su conocida paradoja del amor entre hombre y mujer:
«Dos infinitos se encuentran con dos límites, dos infinitamente necesitados de ser amados se encuentran con dos frágiles y limitadas capacidades de amar… Y sólo en el horizonte de un amor más grande, el Amor de Dios, no se devoran en la pretensión, ni se resignan, sino que caminan juntos hacia una plenitud de la cual el otro es signo».

Dos y dos. Una unión necesaria. Una danza alrededor de la hoguera. Una promesa pronunciada en el tiempo. Una vida que comienza cuando dos libertades deciden entregarse.
Casarse es decir que mi vida ya no termina en mí.
Un acontecimiento demasiado grande para que lo alcance la mezquindad de nuestras pequeñas batallas. Ante el misterio de dos vidas que se eligen para siempre, todo lo demás se vuelve sombra.
  • Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche
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