Elogio de la gratitud
La gracia es el don; la gratitud, la memoria del don; la gratuidad, el modo de existencia que brota del don. La misma raíz, el mismo movimiento del corazón. Allí donde estas tres realidades se encuentran, la vida alcanza su verdad más profunda
La memoria de un hombre no se mide por sus elecciones tanto como por aquello que le acontece y por cómo responde ante ello. «Somos lo que hacemos y lo que nos pasa», decía Ortega y Gasset. Según él, vivimos desde creencias que rara vez elegimos y que, sin embargo, constituyen el suelo mismo de nuestra existencia. Quizá por eso los momentos de partida poseen una extraña lucidez. Nos permiten reconocer hasta qué punto estamos hechos de la huella que otros han dejado en nosotros.
Cuando la memoria se vuelve agradecida, descubre que casi todo lo decisivo ha llegado a nosotros bajo la forma de un don. Ya lo había advertido Séneca en De Beneficiis: los bienes más importantes de la vida no se intercambian como mercancías ni pueden devolverse en igual medida, porque no son deudas que deban saldarse. El verdadero «beneficio» no reclama devolución, sino reconocimiento. No sabemos «si hay más culpa en negar lo recibido o en pedir el retorno de lo dado», porque para considerarse deudor basta con un «ánimo agradecido». La ingratitud es, según Séneca, el peor de los vicios humanos, pues olvida que cuanto hacemos está precedido por lo que recibimos. No es casual que Cicerón llamara a la gratitud «la madre de todas las virtudes», porque quien aprecia cuanto hemos heredado aprende también a apreciar a los demás. «Es de bien nacidos ser agradecidos», reza el refranero español. Agradecer no consiste en pagar y devolver la deuda, pues los dones verdaderos son impagables. Se trata más bien de dejar que sigan viviendo en nosotros, de manera que aquello que nos fue dado encuentre un nuevo cauce por el que continuar su camino, crecer y dar fruto.
La gratitud es la memoria del bien recibido mucho más que del ofrecido.
Recordar es siempre distinguir qué merece permanecer. Por eso la gratitud no es simplemente una emoción añadida a la memoria, sino una forma particular de mirar la realidad. Allí donde otras miradas se detienen en la pérdida o la deuda, la gratitud reconoce aquello que ha llegado a nosotros y continúa fecundando la existencia. No falsea la realidad ni niega sus sombras, pero comprende que no pueden borrar el bien que ha hecho posible el camino recorrido, de modo que la memoria salva del olvido aquello que nos constituye. Allí donde la costumbre torna invisible el don, la gratitud lo rescata y lo devuelve a la presencia.
Porque lo que damos a otros no merece el recuerdo tanto como aquello que habita en nosotros y que ofrecemos porque rebosa. Puede que lo entregado permanezca en la memoria de otros, pero no en la nuestra. Quien agradece no vive del recuerdo de sus obras, sino de la presencia viva de cuanto le ha sido donado. El ingrato ajusta cuentas y se fija más en lo que ofrece que en lo que recibe. Al hacerlo, recuerda lo mucho que se le debe por lo que él ha hecho, deuda que el que se siente agradecido olvida. Hoy hemos sustituido la gratitud por la exigencia, por lo que nos deben por mérito nuestro y, con ello, apagamos y negamos el resplandor de la sobreabundancia con que nos llega todo: la vida, la luz del sol, el agua que sacia la sed, el alimento, el calor de una madre, el amor verdadero…
Por ello, cuanto ofrecemos no es sino respuesta a un regalo previo. Y la dádiva deja en nosotros una extraña deuda que no reclama devolución, sino fecundidad.
El que mucho recibe, mucho guarda. Pero guarda sin poseer.
Posee todo sin tener nada, porque sabe que aquello que conserva no le pertenece. Lo custodia solamente para entregarlo. Y descubre entonces la paradoja más antigua de la existencia humana: que ofrecer es vaciarse y que vaciarse es desbordarse.
Los antiguos llamaron «Gracia» a esa desproporción paradójica e inexplicable que es a un tiempo plenitud y vaciamiento. Es el exceso del don sobre toda medida, la imposibilidad de encerrar en propiedad aquello que nos constituye. Por eso la gracia invierte el sentido de la posesión. Lo poseído se consume, lo recibido se multiplica. Lo retenido se empobrece, lo entregado pervive.
Nada poseo y, sin embargo, nada me falta. Cuanto más reconozco que los bienes fundamentales no son míos, más profundamente me conforman. Son míos sin pertenecerme. Habitan mi vida sin quedar confinados en ella. Los llevo conmigo y, sin embargo, proceden siempre de otros.
La memoria agradecida nos recuerda que nuestra identidad no es una obra solitaria. Somos una trama de dones, una herencia viva, una conversación comenzada antes de nuestra llegada. Al final, cuando buscamos aquello que verdaderamente nos pertenece, descubrimos que lo único que podemos llamar nuestro es aquello que nos ha sido confiado, que custodiamos por un tiempo y entregamos después para que otros hagan lo mismo. Esa es la urdimbre de la vida. No somos dueños del tiempo, sino sus herederos. No somos propietarios de la vida, sino sus custodios. Poseer el puñado de horas que se nos ha dado implica el nacimiento de una forma de vida que transmite a otros lo que un día recibió gratuitamente, pues el mayor regalo es aquel que transforma a quien lo entrega en ofrenda de sí mismo.
La gracia es el don; la gratitud, la memoria del don; la gratuidad, el modo de existencia que brota del don. La misma raíz, el mismo movimiento del corazón. Allí donde estas tres realidades se encuentran, la vida alcanza su verdad más profunda.
El Ave María proclama esa plenitud con una belleza desarmante: «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo». Acoger precede a ofrecer; recibir precede a dar.
Como reza la antigua liturgia ambrosiana: «Señor Dios, en la sencillez de mi corazón, te he dado todo con alegría». Quizá toda vida lograda pueda resumirse así: agradecer lo recibido, custodiarlo con devoción y entregarlo con alegría.
Gracias a quienes habéis formado parte de esta historia compartida, hecha de memoria, gratitud y esperanza.
- Feliciana Merino Escalera es profesora adjunta del Departamento de Humanidades UCH-CEU Elche