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TribunaLuis Javier Montoto de Simón

Tartufo, o el impostor

Me pareció que era un claro ejemplar de lo que considero un «oportunista impostor político» ; es decir, un verdadero «tartufo» en la más pura versión teatral. Un farsante que, fingiendo ser un colmo de bondades con la finalidad de conseguir el poder, se gana la confianza y el favor de los electores

Algunos espectadores, a los pocos minutos de levantarse el telón se mostraron inquietos.

Otros se movían en sus asientos y ellas hacían comentarios indignados con la que estaba a su lado. La representación teatral de El Tartufo de Moliére, en el teatro de la Comedia, en Madrid, llevaba varios días levantando el telón con llenos cotidianos.

Cerca de cuatro días antes, había un nuevo gobierno en España, el de los llamados tecnócratas afines a una prelatura católica. A primeros de octubre de 1969, Franco, orientado por Carrero Blanco, quiso cambiar de estilo y nombró a una serie de nuevos ministros de este corte político para pasar página sobre la crisis de corrupción del «asunto Matesa» destapado a principios del verano. Fue el dominio de estos últimos sobre el, ya en declive, grupo falangista y el renovador Fraga Iribarne que había permitido salir a la luz la información sobre «el caso». En ese ambiente político las representaciones se sucedían con gran éxito de público y evidente malestar de algunos. Adolfo Marsillach, como director e intérprete de uno de los personajes, se empleaba a fondo en esta adaptación de Enrique Llovet sobre el texto original. El tono de farsa era evidente, con ciertos toques de caricatura teatral que incidían en lo particular del símbolo del personaje de Tartufo en la España de entonces. Por todo ello, algunos críticos teatrales lamentaron que la repercusión general del personaje en el ámbito social perdiera fuerza al orientarse muy directamente hacia la burla directa de personajes políticos conocidos y, estableciendo un chiste social que quitaba contenido universal a la intención teatral del gran Moliére.

En estas últimas semanas la vida política española se ha visto inmersa en un escenario que bien pudiera considerarse como una pura «comedia humana» al estilo de Honoré de Balzac, pero si analizamos los hechos con la mínima visión objetiva que el sentido común nos procura, vemos que los hechos encajan más dentro del puro estilo literario de la picaresca española tan bien representadas en El Buscón, el Lazarillo o en Rinconete y Cortadillo.

El episodio judicial del expresidente Zapatero me ha confirmado la opinión que tengo de él desde los días previos a las elecciones que acabaron convirtiéndole, por vez primera, en presidente del Gobierno. Me pareció que era un claro ejemplar de lo que considero un «oportunista impostor político» ; es decir, un verdadero «tartufo» en la más pura versión teatral. Un farsante que, fingiendo ser un colmo de bondades con la finalidad de conseguir el poder, se gana la confianza y el favor de los electores que lo acogen plenamente por su aura de bonhomía y su propalado «talante conciliador». A lo largo de su trayectoria, en los años siguientes, pudimos observar, más bien, su tendencia al fomento de la destrucción de la convivencia, generada dentro del espíritu de la Constitución. Propulsó el Pacto del Tinell que incluía una clausula explícita para eliminar de cualquier pacto de gobierno en Cataluña y a nivel nacional al Partido Popular; de esta forma se radicalizó la política nacionalista en aquella región autonómica. Otro logro suyo fue el enfoque de la Memoria Histórica según su particular punto de vista, con una enorme falta de rigor documental y abundando en el sectarismo, rompiendo el consenso constitucional y, finalmente, dejando nuestra economía al final de su mandato en los niveles más altos de paro y endeudamiento nacional.

En una conversación con Pedro J. Ramírez, publicada por éste último, y no desmentida por Zapatero, aseguraba que al término de su ciclo en el poder del Estado se retiraría a vivir a León, concretamente a Eras de Renueva, en las afueras de la ciudad y convertirse en un expresidente completamente institucional alejado del primer plano de la política. Ya...

Paco Umbral, con su certera pluma afirmó que «teníamos un gobernante indeciso, inmaduro, rectificativo e inseguro». Comentaba que durante su gestión teníamos «una España trampeante, dirigida por un chico dubitativo como un Hamlet del ciclo gótico leonés». Indicando, además, que su socialismo estaba bastante crudo, casi vuelta y vuelta, sin que diera ninguna explicación clara del contenido del pacto muy opaco, sombrío, con «el carlismo marxista de las tierras vascas» en la terminología del eximio columnista. Esa ambigüedad suya para casi todo nos fue llevando por una senda domesticada y renovada de la Constitución; en realidad, por una puerta falsa.

Pero volvamos al personaje de la comedia teatral. Sabemos que le gusta vivir bien, que es un embaucador hábil, destacando su conocimiento del ser humano para sacarle, en beneficio propio, todo lo que pretende; es un estratega que se ampara en la protección del dueño de la casa. Pues exactamente como el caso que nos ocupa en la vida pública española; ni más ni menos. Capaz de engañar a los ingenuos, a los sectarios y a los ignorantes.

Se me dirá que esta figura política ha crecido profusamente en nuestra frágil e imperfecta democracia, aflorando personajes de consistencia líquida que brotaron con cierta fuerza populista hace pocos años. Pero el que se nos viene a la memoria de todos, era un caso más bien mostrenco, zafio y que se le veía venir enseguida; la evidencia demostró pronto que era un vendedor de humo y crecepelo. Este elemento, y su gritona pareja, son pecata minuta comparado con el Tartufo hábil, envuelto en su cinismo embaucador, que siempre insistirá en su extraordinaria entrega al bien de los demás, su generosa aportación en defensa de los pobres y desheredados de la Tierra. Defenderá de forma constante, cuando se descubre su farsa, que todo se debe a la envidia de los poderosos y a los poderes fácticos que su «fantasiosa» iluminación le lleva a vislumbrar entre las diversas «nubes» de su mágico universo. Pero todo llega a su fin, y el antiguo tinglado de la farsa baja el telón, dejando al espectador al cabo de la calle y al embaucador en manos de la opinión pública y la sala del juzgado. Sin más.

  • Luis Javier Montoto de Simón es médico y escritor
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