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Cartas al director

Sánchez y la sopa hirviendo

Cuando se debate sobre la decisión de Ábalos de no renunciar al escaño y pasar al grupo mixto, no está este haciendo nada que, a mi juicio, no sea aplicar el manual de resistencia que en distintos volúmenes viene publicando y predicando su césar, Sánchez: desde un punto de vista jurídico no hay motivos por los que deba renunciar a su acta de diputado en tanto en cuanto no está ni investigado, ni imputado, ni tan siquiera ha sido citado a declarar como testigo para tomarle declaración.

No obstante, bien distinta es la dimensión ética, la proyección de la moral que dicha decisión tiene por las responsabilidades políticas que como ministro durante el período en que se cometieron los presuntos delitos tiene Ábalos, pero ¿quién puede Sánchez y el PSOE exigir altura de miras a un político tal y como está el patio?

Y es que los socialistas han tenido que mudar los principios como una serpiente muda la piel tras el 23-J como el mismo presidente Sánchez reconoció en una entrevista en TVE con Silvia Intxaurrondo al ser preguntado sobre su cambio de opinión respecto a la amnistía: «Lo que ha pasado es el 23-J», Sánchez dixit, es decir, sus principios no pertenecen a ninguna ideología, a ningún partido político, sino que simplemente responden a la finalidad de perpetuidad en el gobierno a cualquier precio.

Y, aun así, asistimos a un grotesco espectáculo en el que Sánchez y el PSOE luchan implacablemente contra la corrupción «caiga quien caiga» señalando la puerta a Ábalos con una mano mientras que, con la otra, redacta una ley y retuerce el ordenamiento jurídico, no solo modificando «ad hoc» el delito de malversación para que sea menos delictiva si es un político quien la comete, sino haciendo equilibrios en el alambre para que todos los delitos por los que Puigdemont y su banda, que sí están imputados o siendo investigados, acaben en agua de borrajas y volviendo a España bajo palio con el grito «ho tornarem a fer»: un discurso basado en soplar y sorber la sopa.